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OPINIÓN

La pedagogía ignaciana, una apuesta al (buen) ser y (con)vivir

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Rocío Barragán

Maestra en Mercadotecnia, Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Académica certificada por ANFECA. Diplomados en Innovación para el aprendizaje, Desarrollo integral. Coordina la Maestría en Mercadotecnia en la Ibero Puebla 

Miércoles, Junio 8, 2016

La propuesta pedagógica de cualquier Institución académica constituye el basamento de su calidad; sin ésta la educación anula el proceso reflexivo que le anima y entonces la formación que brinda puede privilegiar el conocimiento por sí mismo, pero no logra su encomienda.

Para la Compañía de Jesús, la educación se teje a través de certezas/contradicciones, vacíos/verdades, sueños/realidades, desafíos que distinguen sus procesos formativos y que tienen como finalidad generar tensiones que pongan en juego las capacidades para indagar, dudar, contrastar, argumentar, decidir. No se trata pues de entender qué hace la pedagogía Ignaciana sino cómo vivirla en plenitud.

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El profesor debe (re)conocer debe desarrollar la capacidad de generar lo que los jesuitas reconocen como “sano eclecticismo”; esa capacidad para identificar de manera individual su intencionalidad educativa, su concepción de ser humano y del mundo para con ello gestionar una didáctica y metodología propias que se fundamente en la espiritualidad, pero también en la ciencia.

La pedagogía Ignaciana genera horizontes de sentido a través de áreas específicas de cada disciplina, arte y/o ciencia; desarrolla una particular perspectiva al conocimiento fundamentada en su didáctica, tomando en cuenta los actores educativos y la dimensión social de toda actividad académica.

Así pues, el desafío pedagógico consiste en enseñar a aprender y a tomar iniciativas, lo que implica que el profesor esté en constante proceso de investigación y actualización a través de programas de formación personal e innovación permanente de planes de estudios, métodos de enseñanza/aprendizaje; formas de convivencia, comunicación y relación humana; diseñar cursos integrales que posibiliten la integralidad de conocimientos, habilidades y actitudes. En resumen, mejorar sus competencias docentes, pero también las condiciones profesionales y financieras apropiadas.

El currículo académico que diseña cada profesor organiza e integra oportunidades, experiencias y actividades que posibilitan la formación integral del estudiante a través de cuatro intencionalidades: formación humana (compromiso social, con el colectivo y con el otro), formación basada en valores del cristianismo (amor, contemplación, gratuidad, paz, honestidad), formación profesional con aporte social y formación orientada a la excelencia y a la justicia (compromiso ciudadano); mismas que se ven dinamizadas a través de la interacción de tres componentes clave: su carácter experiencial (generación de aprendizaje real, significativo y situado), reflexivo (trasciende el hacer, el conocimiento) y transformador (de los sujetos y la realidad).

Concebir la educación como un todo permite la comprensión integral de los procesos evaluativos: persona, capacidades y decisiones sobre lo que es, conoce, investiga, reflexiona y hace. También se desarrolla la capacidad de ponerse al servicio de y para los demás, con una actitud personalizante que cree en el otro, identifica lo construido y asume lo pendiente.

Desde esta perspectiva la clave de la educación no está en el aprendizaje del conocimiento sino en enseñar a aprender a aprender, aprender a tomar decisiones con lo que se aprende (a ser, conocer, hacer y convivir), y, - en el ejercicio de lo aprendido -, a responsabilizarse de las consecuencias y resultados derivados de la toma de decisiones.

De este modo el desafío docente va más allá de saber sobre una materia o disciplina; se trata de aprender a dinamizar las capacidades intelectuales, emocionales, valorales, volitivas de los estudiantes para que éstos sean capaces de integrarlas en la toma de sus decisiones y (re)conocer(se) en su entorno, entre sus semejantes y con ello ser capaces de asumir en plenitud su compromiso ciudadano y social.

Ser un profesor jesuita implica comprometerse a diseñar una planeación más allá de la ciencia, la técnica y el conocimiento; se trata de generar actividades que posibiliten la comprensión, aplicación y/o reflexión sobre lo aprendido en clase y su impacto en el entorno (local, regional, nacional o global); también es importante promover el intercambio de ideas para enriquecer la perspectiva sobre el tema y la diversidad del mismo; pero sobre todo, es menester sembrar la inquietud de la vinculación social, la causa con los desfavorecidos y el compromiso de contribuir con un mundo más justo, más solidario y más humano; darle sentido a la existencia al ser y compartir; como dijera el Padre Arrupe SJ; “No quiero vivir pensando que al morir el mundo siga como si yo no hubiera existido”.

La autora es profesora de la Universidad Iberoamericana Puebla.

Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com

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