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Opinión



Filosofía política y derecho

Miércoles, Enero 14, 2015 - 21:21
 
 
   

A mi hijo Rubén,

mi tercergénito,

en su cumpleaños.

Pensar es distinguir, ya lo escribía Jean Guitton en El nuevo arte de pensar (Encuentro), más cuando el lenguaje mismo exige que así se haga, por su lógica, su dinámica, su ritmo, como ocurre exactamente en las esferas disciplinares de la filosofía política y de la teoría jurídica. Es eso lo que han hecho pensadores como Norberto Bobbio, Michelangelo Bovero o Luigi Ferrajoli, aunque no sólo ellos, que vienen de las perspectivas italianas, también lo han hecho otros en otros países; a mí me gusta mucho por ejemplo Paul Ricoeur porque no sólo analiza y sistematiza, sino por su enfoque multidisciplinar que abarca además de la filosofía política, también la filosofía de la historia y la teología, para analizar el fenómeno del poder y sus diversas relaciones con la acción humana y el derecho.

Mi pretensión es, por tanto, hacer unas pocas distinciones para aclarar, de manera rápida y sucinta, lo que es y lo que aporta la filosofía política al estudio de la cosa pública y la relación que guarda con el derecho para que éste tenga no sólo una fuente de inspiración para la reflexión teórico-jurídica, sino el nutriente más relevante para volverse conocimiento científico (en el sentido clásico griego de epistéme y no de doxa). Lo anterior surgió motivado por dos invitaciones que recibí, una hace algunas semanas y, la otra, hace algunos días. La primera invitación fue para impartir una asignatura (Filosofía política del derecho) en el doctorado en derecho de la UPAEP, y al echar ojo al programa me vinieron a la mente algunas elucubraciones y algunos textos para enriquecerlas. La segunda invitación la recibí de Juan Carlos Canales para estar con él y con Alejandro Guillén en su programa de radio BUAP el domingo 18 de enero a las 10 de la mañana. Hablaremos de la filosofía política de Bobbio.

Sentaré mi premisa en que, cuando surgió la necesidad de ponerse de acuerdo para resolver los problemas, los seres humanos tomaron la determinación de dialogar y, a partir de ahí, tomar las acciones tendientes al cumplimiento de lo acordado. Esa determinación marcó la diferencia  entre resolver problemas buscando consensos o hacerlo vía la ley de la selva, es decir, con la violencia, la arbitrariedad y la barbarie. Significó, por tanto, la apelación a la razón (el verdadero diálogo no puede darse sin ésta) y a la buena voluntad. Al final, cuando los hombres decidieron sentarse y deponer el garrote, sentaron las premisas básicas del surgimiento de la política: ser razonables, o sea, acudir a la razón y asumir los acuerdos con la voluntad.

En el camino de la razón, el diálogo, el acuerdo, se volvió saber, conocimiento y ciencia. Pasó de la mera opinión (doxa, le llamaba Platón) a ser ciencia (epistéme), y no sólo técnica y arte. Al grado que hacer política y gobernar, explicaba Sócrates en sus diversos diálogos sobre la república, requiere y exige conocimiento, como el capitán de un barco que, aunque se enfrente a las tempestades, sabe, conoce y tiene toda la experiencia para llegar a buen puerto, con la tripulación sana y salva. El timón no se le deja a quien sea, a quien quiera, o a quien la mayoría elija, no, sino a quien sabe, a quien conoce y a quien tiene toda la experiencia (lo que pasa es que experiencia, empereia, también es un tipo de conocimiento para los griegos, en particular para Aristóteles).

La razón está en el origen mismo de la política, el logos en el inicio mismo del diálogo: se construye con la palabra y con la razón. Ahí la reflexión filosófica pasó de la naturaleza, del cosmos y de su orden, a los asuntos humanos. En una primera instancia se enfocó en la palabra: los seres humanos, en primer lugar, hablan y con ese hablar construyen la sociedad y dirimen sus problemas, de ahí la importancia que tuvieron los sofistas (los filósofos de la palabra, del buen decir, del hablar bien y para convencer) y luego los filósofos de la verdad, de la episteme, comos Sócrates, Platón y Aristóteles: más que hablar bien, hay que buscar la razón, la verdad de las cosas y, a partir de ahí, tomar las acciones correspondientes. Palabra y logos, verbo y pensamiento, se tornaron tópicos relevantes y suscitaron ya no tanto la política (que se seguía haciendo para hacer la paz y la guerra) sino la filosofía y la teoría: más allá del hacer, lo relevante es el conocimiento. Hacer política es, sobre todo, estamos hablando de cuatro siglos antes de nuestra era, buscar la razón y, por ende, también la verdad. Sólo a partir de esto se podrá construir la polis, la ciudad, que no es otra cosa que la justicia y sus diversos órdenes y formas. Siglos después, en 1513, Maquiavelo añadiría: o al menos aparentarlo. Ningún político puede presentarse y decir: no quiero la verdad, o no digo la verdad, o no me interesa la verdad ni la razón. Por el contrario, siempre hablará con verdad, al menos en su publicidad.

Bueno, estábamos con los griegos, con los pensadores griegos, que eran unos genios en ese arte nuevo que era el de pensar y el de hacer filosofía. Cuando uno o dos siglos después los romanos conformaron un imperio que prácticamente sostuvo la antigüedad clásica, vieron esos ideales y dijeron algo así: qué bonito, qué bello, qué genial, pero si todo eso no se traduce en leyes, de nada vale: sólo se quedará en buenas intenciones. Y consolidaron, si no es que lo inventaron, el derecho. De ahí la relevancia del derecho romano como una de las fuentes para todo saber jurídico. En otras palabras, sólo habrá justicia cuando haya buenas leyes. La civitas, la ciudad, añade entonces un nuevo elemento: a la política ahora se le planta el ciudadano, el habitante de la ciudad. Al gobernante, ahora se le coloca el ciudadano, el cives. Sin derecho, sin ciudadano, no hay buena política. Y esta es una aportación netamente romana. Podría decirse que los griegos inventaron al político y los romanos al ciudadano.

La filosofía política dio paso también a la teoría jurídica y ambas, a lo largo de los siglos, han venido cruzando caminos a veces paralelos o a veces enlazados; bajo la convicción de la polis o la civitas, el espacio público, ha de regirse por la razón y por las leyes. Podría decirse que esta es la primera vinculación entre filosofía política y derecho, y también de que ambos están empeñados, por sus orígenes históricos y por sus fundamentos epistemológicos, en que la razón rija la cosa pública. Representan el lado luminoso de los asuntos políticos y sociales, la parte racional.

Pero la política, podría decir cualquiera, es otra cosa: no se rige por la razón, la verdad o el diálogo que busca consenso, sino que se torna una pragmática lucha por el poder, o a veces llega al extremo de lucha descarnada y salvaje. El caso extremo es la exclusión, o mejor dicho, la eliminación del otro: Auschwitz, donde incluso el derecho, esto es, las leyes y el orden jurídico, están al servicio del poderoso. De ahí que el tema de los derechos humanos, en toda filosofía política y en toda teoría jurídica sea muy relevante para sostenerse como disciplinas humanas y humanísticas. Pero también como una suerte de conciencia crítica ante el poder.

Por cierto, quizá también otro de los aportes de la filosofía política en la reflexión teórico-política y teórico-jurídica sea la de introducir nuevos elementos de análisis y hermenéutica. Las reflexiones de Romano Guardini, que era teólogo sobre todo, no dejan de tener una gran connotación fenomenológico-filosófica en sus estudios acerca del poder: el poder no sólo es el que ejerce quien manda en la política, también lo tiene el que guarda con la verdad un vínculo estrecho. O el desvalido: el poder de despertar lo humano en los otros. El análisis de Guardini sobre el poder nos ayuda también a entendernos como sociedad y como época: vivimos la época del endiosamiento del poder y de los poderosos. Pero también existe un poder auténtico: aquel que despierta todo el potencial humano que hay en nosotros, incluyendo la búsqueda de trascendencia.

El hombre veraz, el hombre ético (digo hombre pero también digo mujer), el pobre, el desvalido, el niño, el anciano, también tienen poder, el poder de movernos y conmovernos para desear una mejor sociedad, y no sólo desearla sino sobre todo edificarla. Ese poder también opera, aunque sin las carretadas de dinero para el despliegue de publicidad. Es un poder discreto pero efectivo también, a veces más que el poder publicitario.

Per viam (by the way)

Si es que las hubo, por motivo del Informe, no llegaron las invitaciones a los consejeros del IEE, salvo la del presidente y la del secretario ejecutivo. En un evento republicano las instituciones del estado conforman la dinámica de rendición de cuentas de un régimen democrático.

El tribunal federal electoral resolvió ordenar al IEE la acreditación de los partidos políticos Morena y Humanista, negativa que fue apoyada por la mayoría de los consejeros electorales, incluido el presidente. Uno de los argumentos de los magistrados, similar al que utilicé en la sesión donde se discutió el asunto, el 28 de noviembre, fue que los consejeros interpretaron mal e inexactamente el artículo 31 del código comicial local, que a su decir implicaba acreditar a los mencionados institutos políticos hasta febrero del 2016 (argumento esgrimido por la directora de prerrogativas del propio instituto para sugerir la negativa de acreditación a nivel local de los partidos políticos mencionados). Señalé entonces que tarde o temprano, porque no es un asunto de tiempo –y ahí estaba la inexactitud de la mayoría de consejeros-, debía acreditárseles a Morena y al Partido Humanista, cosa que ocurrirá con la resolución del mencionado tribunal.


Semblanza

Fidencio Aguilar Víquez

Doctor en filosofía, escritor y profesor universitario. Ha escrito, entre otras obras, Orígenes del liberalismo (1992), La comprensión de nuestro tiempo (1998), El hombre y su destino (1999), Mística y política (2000) y La modernidad limitada (2008), así como diversos artículos especializados en varias revistas nacionales y del extranjero, y de opinión editorial, principalmente en este portal electrónico, e-consulta. Ha trabajado la filosofía política de John Locke, la filosofía de la historia de san Agustín y el pensamiento moderno a la luz de la filosofía de Michele Federico Sciacca. Ha realizado también estudios doctorales de literatura hispanoamericana y lleva a cabo una investigación sobre las imágenes antropológicas en la poética de Octavio Paz.

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