Frank McKenzie, jefe del Comando Central de Estados Unidos, confesó que en el ataque con drones ejecutado el 29 de agosto en Kabul, Afganistán, murieron diez civiles inocentes y no extremistas del Estado Islámico (EI) como aseguró al principio.

El Pentágono se retractó de su defensa sobre el acto y señaló que su investigación detalla que fallecieron 10 civiles, incluidos siete menores, por lo que concluyó que “el ataque fue un error trágico".

"Este ataque se realizó con la convicción de que evitaría una amenaza inminente para nuestras fuerzas y los evacuados en el aeropuerto, pero fue un error y ofrezco mis más sinceras disculpas", dijo Mckenzie.

Señaló que, si bien se basaron en un “estándar de certeza razonable” para lanzar el ataque contra el vehículo, sin embargo, “trágicamente, era el vehículo equivocado”, por lo que el ejército estadounidense "explora opciones" para indemnizar a las familias sobrevivientes.

El Pentágono había sostenido que al menos un facilitador de ISIS-K y tres civiles murieron en lo que el presidente del Estado Mayor Conjunto, el general Mark Milley, había llamado previamente un "ataque justo".

En el período previo al ataque, los operadores de drones vigilaron el lugar durante 4 o 5 minutos. En ese momento, un conductor masculino abandonó el vehículo, mientras un niño permanecía en el vehículo y otros niños estaban presentes en el automóvil y en el patio.

Días después del hecho, funcionarios del Pentágono afirmaron que el ataque se había llevado a cabo correctamente. Más tarde, se plantearon dudas sobre esa versión de los hechos, informando que el conductor del vehículo objetivo era empleado de una organización humanitaria estadounidense, sumado a la ausencia de pruebas para respaldar la afirmación de que el vehículo contenía explosivos, como sostuvo el Departamento de Defensa.