Aunque los niños tienen un riesgo bajo de sufrir complicaciones por Covid-19, a los especialistas les preocupa su papel como reservorio del virus, lo que podría evitar el control de la pandemia, expresó Ángela Rasmussen, viróloga de la Universidad de Georgetown, Washington

El reservorio es el hábitat donde el virus reside normalmente, crece y se multiplica. Los reservorios incluyen seres humanos, animales y medio ambiente. Los humanos pueden convertirse en portadores asintomáticos o personas con manifestaciones clínicas. Aunque sigue sin determinarse con claridad el papel de los niños en la transmisión, los especialistas consideran que para limitar el paso al virus se tienen que contemplar todos los grupos.

Rasmussen dijo que independiente de la edad, las vacunas deben abarcar la mayor cantidad de individuos posibles. Esta también es una forma de evitar mutaciones.

En un estudio publicado por los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades en EU, citado por el diario El Universal, se analizaron muestras aleatorias de menores de 18 años, recabadas entre mayo y septiembre de 2020.

El hallazgo fue que esta población se había contagiado 13 veces más de los registros que se habían recibido. El virus sigue circulando con fuerza en todo el mundo, aún en poblaciones sin complicaciones graves. Los problemas no están descartados totalmente para estos grupos. Los riesgos se intensifican en niños con asma, diabetes, afecciones cardiacas, obesidad y enfermedades genéticas, neurológicas o condiciones metabólicas. Una de las mayores preocupaciones sobre el desarrollo de la enfermedad, son las respuestas raras pero preocupantes en algunos niños contagiados de Covid-19, como el síndrome inflamatorio multisistémico (MIS-C). Se trata de una afección en la que diferentes partes del cuerpo pueden inflamarse, incluidos pulmones, corazón riñones, cerebro, piel, ojos y órganos gastrointestinales.

Probada la seguridad de las vacunas en los adultos, el siguiente paso ha sido realizar ensayos para incluir nuevas poblaciones, como los niños. Los menores de edad tienen un sistema inmunológico en proceso de maduración, por lo que podrían reaccionar diferente o manifestar otros efectos secundarios. Los especialistas necesitan realizar nuevas observaciones, pero aprovechan el conocimiento con adultos, sin que se requieran grupos tan grandes de niños para ensayos.

Tanto para niños como para mujeres embarazadas, los estudios clínicos no requieren decenas de miles de participantes como los trabajos iniciales para obtener la autorización de emergencia para adultos. Se basan en marcadores inmunes, tales como indicadores de la eficacia de la vacuna. Según informes del Centro de Investigación de Vacunas Gamble en el Hospital Infantil de Cincinnati, un marcador muy utilizado es el de los anticuerpos neutralizantes medidos en la sangre que impiden que los virus entren en las células y se repliquen. En los ensayos en adolescentes de Pfizer y Moderna, los anticuerpos se están midiendo un mes después de la segunda dosis. El objetivo es ver si en un grupo más joven la vacuna estimula adecuadamente los niveles de anticuerpos en coincidencia con los resultados mostrados en los adultos.