La palabra Maestro ha venido sufriendo una tremenda devaluación por un abuso en su utilización. Un desgaste que le ha convertido para sustantivar prácticamente a cualquier tipejo. Que tiempos, por memorables, cuando les llamábamos “Maestro”. El mejor de todos de la Curricula con 40 titulares, el tiempo nos ha hecho olvidar a la gran mayoría; de esos cuarenta recordamos con especial afecto a aquellos que mucho influyeron en organizar nuestras vidas. Se puede decir “los que cambiaron nuestra forma de ver la vida”, de esos, serán 2 o 3. Claro que los años transcurridos cuentan en el borrado de la memoria. Son ya 45 años de egreso de la Facultad de Medicina.

Uno de ellos, inolvidable; su imagen, presencia con impactante personalidad. Daban puntualmente las 7 de la mañana, o pocos minutos antes descendíamos del transporte urbano en la esquina de la vieja Escuela de Medicina en los fríos días del invierno. Las clases entonces se suspendan únicamente un par de días antes del 24 de diciembre y para el 6 de enero ya estábamos de nuevo, abrigados como para el Polo Norte. A esa hora ya estaba en la puerta del vetusto e imponente anfiteatro de la Facultad, vistiendo sobre la ropa diaria la bata de disección quirúrgica. Ninguna otra protección, ni abrigo, o bufanda. Guantes, sí, los de látex de cirujano.

Junto con el imborrable recuerdo del Maestro, cubierto ya con el polvo mágico de los que nunca olvidaremos; perdura la impactante primera vista y las de días posteriores del anfiteatro. Eso era un anfiteatro casi circular con los asientos en tribunas escalonadas. Abajo, en el centro; la fría mesa de disección, de blanco azulejo y con un par de llaves de agua en sus extremos para el lavado del cadáver que tenía un intenso, penetrante olor a formol, enegresido por la permanencia en las urnas del refrigerador en el mortuorio. Los alumnos del equipo de disección en turno eran quienes se encargaban de sacarlo del su cajón y llevarlo a la mesa, similar a las de autopsias.

El Maestro Montaño con la punta del índice se ajusta el arco de los lentes de redondos cristales en montura delgada de oro blanco, sobre el puente de la nariz y pregunta…La pregunta era la misma, eran los mismos temas expuestos por más de 30 años de impartir la clase de Técnicas Quirúrgicas con Disección: - ¿A qué altura se bifurca la Aorta abdominal? Los compañeros del equipo en turno intercambian miradas y por detrás del hombro aparece el rostro de su esposa, con las listas de asistencia en mano. –  ¿Digo Eulogio, digo…? Una simple mirada del Maestro hacia atrás y la orden. ¡Silencio…Alicsia! -  Déjalos a ellos… y doña Alicia callaba, aunque en momentos más tarde el Maestro la invitaba a participar con un atento: - ¿Tú qué opinas Alicsia…?

Durante esas clases era frecuente que el Maestro nos dijera: - Tienen que tener todos su lápiz No. 2 de punta fina, vamos a hacer anotaciones al margen de su Marión, “Manual de Técnica Quirúrgica”,  - el clásico libro galo que nos pedía, obvio;  en francés. Reimpresión de la edición 1924.  – No son correcciones, son actualizaciones que el tiempo nos ha enseñado. De verdad se lucía don Eulogio citando frases y sentencias en un correcto y muy bien pronunciado francés, acompañado de enfáticas y expresivas gesticulaciones.

El Maestro por su horario de “tiempo completo” permanecía en la Facultad, anexa al Hospital General que data de los años 20 del siglo pasado, desde antes de las 7 a.m., hasta después de dadas las 3 de la tarde; incluso tomaba y compartía sus alimentos y refrigerios que eran llevados por su esposa y eterna acompañante doña Alicia. Se le veía en el anfiteatro; aulas de la Facultad, por los pasillos, siempre rodeado y seguido por grupos de alumnos. Se desempeñaba como Jefe del Área Quirúrgica, por ello parte de sus funciones era también dar clases prácticas en los quirófanos del hospital para internos y cirujanos en formación.  En nuestras horas libres, subíamos a la azotea del hospital y en grupos, tumbados boca abajo sobre los enormes ventanales que daban, inundaban de luz los quirófanos. Asombrados, no veíamos, admirábamos con bocas abiertas las intervenciones quirúrgicas. En las operaciones que intervenía el Maestro, fuimos testigos presenciales de un ceremonial nunca olvidado y jamás vuelto a presenciar. Al entrar a la sala quirúrgica, en medio de un silencio absoluto, antes de vestir la bata quirúrgica y de pasar al aseo exhaustivo de manos. Él, como primer cirujano, entraba de último con todo ya listo. En medio del silencio se quitaba del dedo índice izquierdo la sortija de oro.  La jefa de enfermeras de cirugía, con una pequeña charolita de plata en mano se acercaba y recibía el anillo de bodas saludando con una respetuosa inclinación de cabeza.

Concluimos con lo dicho al principio: en todos los ámbitos, ahora a cualquiera se le llama maestro, quizá porqué algo enseña. Pero Maestro es algo mucho más que enseñar; es transmitir a generaciones que vienen atrás, una forma de ser, de ver y actuar frente a la vida, ejemplar actitud que solo se transmite con el ejemplo. #MiMejorMaestro que no olvidaré mientras siga viviendo.