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Novatos restauraron la luz y fue posible rescatar a gente en 1985

Sociedad   /   
Dulce Liz Moreno  |
 Jueves, Septiembre 19, 2019

A lápiz y con teléfonos de monedas movilizaron 80 plantas de energía luego del sismo

A la incertidumbre de cómo rescatar a las personas atrapadas bajo los edificios desmoronados por el sismo, el jueves de hace 34 años, se sumó un obstáculo con el paso de las horas: la oscuridad densa de la noche en la Ciudad de México imposibilitó las labores y agravó la angustia de familiares, bomberos, socorristas, policías y todos los voluntarios que se solidarizaron, hasta que un grupo de hombres yendo a pie, calle por calle, hizo posible que hubiera luz.

Fueron horas de carencias sumadas. El gobierno de la capital del país únicamente tenía en su inventario 8 plantas generadoras de energía eléctrica y los sitios donde urgía alumbrado eran más de 200.

El terremoto de las 7:19 había afectado la red de servicios públicos y la destrucción que causó también había tapado, también, calles y avenidas. No era posible enlazar llamadas telefónicas de larga distancia hacia la ciudad.

Los años 80 estaban desnudos en tecnología de comunicación, si se comparan con los teléfonos móviles, la geolocalización y el internet de hoy. La protección civil ni siquiera existía como noción.

  • María Antonieta Rosales y Jaime, economista que en 1985 fue subdirectora de Servicios Urbanos del Departamento del Distrito Federal.

“Caos” es la etiqueta que usa María Antonieta Rosales y Jaime para señalar esas horas, pues tiene el inventario de tiempos y movimientos de aquella jornada bien fijados del lado izquierdo de la cabeza. Ella coordinó al equipo que hizo el primer mapa de localización de puntos críticos con el que se movilizaron las primeras 80 plantas de luz, solicitadas a empresas constructoras y de otros ramos para hacer posibles las labores de rescate.

La economista que dedicó casi toda su vida laboral al análisis de los datos estadísticos de la población en México narra aquellas horas de esfuerzo de una cuadrilla de trabajadores novatos y tres asistentes de labores de oficina, cuando su sentido de urgencia y su experiencia en encuestas le impulsaron a documentar y jerarquizar las necesidades de quienes más sufrían el desastre. Y su apuro más relevante: luz.

¿Será que no ha pasado nada?

—Mamá, estoy muy mareado.

María Antonieta ubicó la voz en la puerta del cuarto a mitad de temblor. Llevaba unos segundos afilando el oído, intentando definir si era momento de correr o de quedarse completamente quieta.

El niño cargaba su edad en una sola mano. ¿Sería seguro enviarlo en reversa a la almohada? El zarandeo, aunque moderado sobre el subsuelo más compacto de la Ciudad de México, no acababa.

En calma, le aseguró que estaba perfectamente sano, que aún no era hora de empezar el día y le pidió regresar a la cama.

Ella enfiló para el trabajo. Encargó el cuidado del hijo y que en el kínder le pusieran falta.

Todo parecía normal entre sus vecinos y en las calles más cercanas.

Pero se preguntaba: si la madrugada de aquel domingo de julio, 28 años atrás, había tirado hasta al mismo Ángel de la Independencia, ¿será que con este temblor tan largo no ha pasado nada?

Aceleró hacia la colonia Roma. La intranquilidad la apresuraba.

Tardó dos días en volver a casa.

Lápiz y “veintes”

Sentada a la mesa de un café, María Antonieta dibuja con las manos en el aire la jornada habitual de la treintena de hombres que entonces se encanchaban apenas en sus labores en la Dirección General de Servicios Urbanos del Departamento del Distrito Federal, que de 1928 a 1997 fue el la figura de gobierno de la capital del país.

“Tenían que reportar cuanta falla encontraran en calles y avenidas y zonas que tenían asignadas: perro muerto, coladera destapada, semáforo que no funciona, luminarias en la calle prendidas de día o apagadas de noche. Todo, todo lo debían apuntar, aclarando cuál era el desperfecto, exactamente dónde estaba y reportar lo más rápido posible a la oficina. Así que sus zonas se dividían en tramos cortos y en cuanto lo terminaban usaban el teléfono público más cercano, con monedas de 20 centavos, y dictaban los datos. Entonces, las unidades de atención de cada área, en esas zonas, iban prácticamente detrás de ellos arreglando las cosas”, cuenta.

De hecho, apenas 15 días antes de que ocurriera el sismo se había reconfigurado la batería de responsabilidades de esa oficina, de acuerdo con el Diario Oficial de la Federación. “Con ese cambio, le quitaron Mantenimiento y Conservación y Disposición Final de Desechos”.

María Luisa era subdirectora, bajo las órdenes de José Cuenca Dardón, desde 1984. Recuerda hasta el zoclo de las oficinas establecidas en un departamento, en la calle de Huatusco, en la intersección de Insurgentes y el Viaducto Miguel Alemán.

Aquella mañana de tragedia, en la ruta acelerada, ella había visto ya algunas de las construcciones vecinas vueltas manojo de tiras de hierro y lajas destrozadas. En el Centro, en Tlatelolco, en la Colonia Obrera y la Doctores, alrededor del Monumento a la Revolución sobre San Antonio Abad, las áreas más golpeadas, la confusión y la emergencia se sumaban y daban como resultado impotencia por falta de equipo y conocimiento para buscar a quienes no pudieron salir de las construcciones deshechas.

El jefe no pudo llegar a la oficina. Como miles de personas inmovilizadas por los bloqueos de calles, la confusión agravada por la confusión y la angustia colectiva. María Antonieta recordó el principio básico que sus maestros de Demografía del Colegio de México le infundieron desde las primeras clases de posgrado: “Si algún imprevisto pasa, lo primordial es la información; no puedes ayudar si desconoces los hechos, la localización y la forma de solucionar. Pero el primer paso es la obtención de datos”.

Organizó, entonces, a las cuadrillas en turno y todos los supervisores de a pie fueron convocados. La flotilla de 20 “vochos” de todos colores se trasladó a los lugares que por radio se sabía que habían resultado más dañados, concentrada en el centro de la ciudad.

Desde ese momento, la labor fue reportar todos los puntos que tuvieran a la vista, vapuleados por el terremoto, con los pormenores que pudieran dar familiares y vecinos.

María Antonieta tomó los croquis de las colonias afectadas, hizo un código de cuatro colores, y señaló circunstancias y prioridades.

Rojo, verde, azul, amarillo. En qué estado se encuentra la construcción, ¿hay personas atrapadas?, ¿alguien está ayudando?, ¿hay un riesgo adicional cercano?

Y estuvo al teléfono dos días, recibiendo los reportes pormenorizados, codificando, ubicando, y enviando los croquis al sitio donde el jefe de la Dirección General de Servicios, a unos kilómetros de distancia, convocaba con más claridad a propietarios de equipo necesario para auxiliar.

“Yo estaba en oficina; los que hicieron posible la ayuda más urgente fueron los muchachos, a pie, registrando y documentando. Con libreta, lápiz y el 20 para llamar. Y la gente en la oficina hizo de todo, también. Recuerdo perfectamente a Olga, que parecía que no se cansaba y siempre fue muy solícita, porque sabía que su trabajo se necesitaba”.

El servicio telefónico en las casetas instaladas en las calles funcionaba. Desde fuera de la Ciudad de México, las llamadas no entraban, pero los teléfonos callejeros sí. Una fotografía que refleja la dimensión de la tragedia ha sido testimonio repetido de esa circunstancia.

Ella no recuerda los nombres de los verificadores que trabajaron registrando calle por calle la magnitud de la desgracia. Describe las caras de algunos y repite los reportes que más le impactaron.

“Cuando ocurrió el segundo gran temblor, la noche del viernes, el pánico fue amortiguado un poco por el alumbrado de las plantas de luz; no es lo mismo estar completamente a oscuras, o con linternas de mano que en estas emergencias resultan insuficientes, que por lo menos mirar lo que está pasando y por dónde hay alguna oportunidad de ayudar”, subraya.

Y describe con la mirada el alivio colectivo que decenas de veces se sintió en la oficina de la colonia Roma. Saber que alguien había sido hallado con vida y regresado a su familia era en medio de la sequedad del desastre como un refrescante trago de agua.

Lo que más profundo impactó a los trabajadores que caminaron, dice, fue la importancia de movilizar las plantas de luz para alumbrar las labores de rescate de noche y de madrugada.

Rosales y Jaimes defiende el valor de los datos para tomar decisiones informadas. “Celebramos la Independencia el 15 de septiembre, pero poco recordamos que Benito Juárez y Lerdo de

Tejada, con las Leyes de Reforma, nos dieron patria civil al independizarnos de la iglesia, que hasta el siglo XIX tenía el control de los nombres, los nacimientos, las defunciones; antes de la separación de Iglesia y Estado, no teníamos libertad espiritual, de conciencia, y la información más valiosa, la de la población, estaba en cuadernos de parroquias y conventos”, asegura.

Tiene 70 años y más de la mitad de su vida la dedicó a la información estadística en el INEGI y en otras instituciones y proyectos. Dice que le gusta pensar que alguna lección de información, registro, documentación y acción ante las emergencias hayamos aprendido en colectivo en dondequiera que un desastre ocurra de nuevo.

  • Tras el sismo, no hubo comunicación telefónica de larga distancia hacia la Ciudad de México, pero sí servían los aparatos instalados en las calles.

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