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Yassir Zárate Méndez   
viernes, 23 de enero de 2009
 
 
 
 

Soy uno de los de los poco más de 600 mil tlaxcaltecas con problemas de sobre peso. La misma proporción (6 de cada 10) se repite en la escala nacional. Más de 60 millones de personas están por encima de su peso ideal o de plano presentan obesidad. Paulatinamente, México está rodando hacia el abismo de la gordura.

Un ejemplo sencillo: quienes arriesgamos la vida trepándonos a una unidad del servicio público de transporte, podemos constatar que, o las combis se han vuelto más estrechas, o la gente se ha vuelto más ancha. Las estadísticas y la observación a simple vista indican esto último. Somos un país de gordos. Y nada hacemos remediarlo.

Hace algún tiempo tuve la oportunidad de entrevistar a la directora del Programa Universitario de Alimentos (PUAL), de la UNAM, la doctora Amanda Gálvez Mariscal, para preguntarle sobre la dieta que deben seguir los atletas de alto rendimiento.

Inevitablemente, la entrevista derivó hacia un problema que salta a la vista: el del sobre peso y la obesidad en México. Vale decir que el PUAL es un programa de investigación, consultado oficialmente por el gobierno del país para todo lo relacionado con el manejo de los alimentos.

La investigadora universitaria me decía que se ha ido dando una concurrencia de factores hasta desembocar en la situación actual. Uno de ellos es el cambio de dieta. Si bien reconocía que la alimentación tradicional mexicana no es lo suficientemente rica para producir campeones olímpicos, al menos no genera las nefastas consecuencias que se viven ahora.

Me contaba que las comidas basadas en la tortilla tenía altos aportes de calcio, debido al proceso de elaboración del nixtamal, en el que se agrega cal (cocción alcalina), que de esta manera sustituye a la leche, desconocida en casi todo el continente americano hasta antes de la llegada de los conquistadores españoles.

A las tortillas se debe agregar el consumo de frijoles, que aportan proteína vegetal, además de fibra. Por último, verduras como chayotes (¡aguas!), verdolagas, quintoniles, calabazas, aguacates y jitomates, entre otras, así como el consumo ocasional de carne (pescados y aves, principalmente), dan como resultado una dieta que si bien no nos va a hacer ganar muchos campeonatos mundiales, al menos nos mantendría sanos, con un buen aspecto físico.

Gálvez aseguraba que si a este cuadro se agregan elementos como leche y carne de bovinos y ovinos, se tiene una muy buena alimentación que, esa sí, podría darnos algunas medallas y triunfos deportivos, pero sobre todo nos mantendría con una buena calidad de vida.

El problema es tratar de llevarse a la boca esos alimentos todos los días. Con lo que gana el grueso de la población es prácticamente imposible comer bien.

Y aquí es donde hace su aparición la industria de los alimentos. Poco a poco, la dieta del mexicano se ha volcado hacia productos con muchas calorías y grasas y poquísimos nutrientes.

Se trata de una alimentación basada en almidones y harinas blancas refinadas. Se han dejado de comer tacos (nada dañinos si no se utilizan demasiadas grasas trans o recicladas), para darle duro a las sopas Maruchan, auténticas “bombas” de la malnutrición, debido a su alto aporte calórico, pero con bajísimos niveles de nutrimentos.

Lorenzo Servitje no sólo es un felón, sino también un promotor de la gordura en este país. Cuando uno va a la tiendita de la esquina (o al súper, como cada vez más se acostumbra) está ante un escaparate que aparentemente presenta varias opciones y tipos de panes.

Falso.

Todos pertenecen a la misma empresa, Bimbo, que ha acaparado el mercado sin ningún control, y cuyos productos tienen mucho que ver en la actual epidemia de gordura.

A consideración de la investigadora de la UNAM, se ha permitido una publicidad brutal, la cual ha bombardeado a los consumidores y prácticamente los ha dejado indefensos, sin una guía que los oriente en el consumo de alimentos.

México es uno de los primeros consumidores de productos como frituras y golosinas, que se venden indiscriminadamente en las tiendas y cooperativas escolares; según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) 2006, uno de cada cuatro niños mexicanos ya presenta problemas de sobre peso o de plano de obesidad.

Por otra parte, el nuestro ya es el segundo consumidor mundial de Coca-Cola; además, a esta trasnacional le debemos a uno de los peores presidentes en la nefasta historia de los presidentes mexicanos.

El entreguismo del gobierno federal a los grandes consorcios (Coca-Cola, Sigma, Pepsico y demás) ya está teniendo sus consecuencias.

Lo más probable es que a este paso acabe ocurriendo lo mismo que sucedió con el tabaco: las grandes empresas van a querer lavarse la cara pregonando dádivas que luego no entregan, para paliar los graves problemas de salud pública que han provocado.

Hipertensión, mayor riesgo de padecer diabetes, síndrome metabólico y trastornos cardiovasculares y venosos; sobrecarga y mayor desgaste de las articulaciones y los huesos; más probabilidades de sufrir cánceres asociados al exceso de grasa en el organismo, como el de mama; impacto negativo en el equilibrio psicológico; y menos duración y calidad de la vida son algunas de las consecuencias de la gordura.

Además, la obesidad no sólo daña la salud física, al triplicar el riesgo de infarto, y la mental, al afectar las relaciones sexuales y la autoestima, sino que la grasa excesiva en las nalgas puede reducir la efectividad en la mujeres de las vacunas, anticonceptivos y fármacos, y los obesos tienen más posibilidades de morir en un choque automovilístico y además son más sensibles al dolor.

Y es que justamente las mujeres son el sector poblacional que presenta los mayores índices de este problema. La mala alimentación y el sedentarismo están haciendo de las suyas, para convertirnos en un país de gordos, cada vez más parecidos a los freaks que se ven en los Estados Unidos.

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