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Entrevista exclusiva con Carlos Cuarón PDF Imprimir E-Mail
Yassir Zárate Méndez   
jueves, 15 de enero de 2009

 
 
 

La fortuna de las óperas primas

Entrevista exclusiva con Carlos Cuarón


En esta tercera y última entrevista con los personajes principales de Rudo y cursi, toca el turno al debutante Carlos Cuarón, quien da cuenta de las rudezas innecesarias con que se realizó ésta, su ópera prima.

En lo que es una auténtica radiografía del espíritu kitsch del mexicano, la cinta de Cuarón saca a relucir diferentes maneras de ser cursi, sin ser rudo en el intento.

En esta entrevista exclusiva para @rteri@, Cuarón da cuenta de la temática de la película, pero también ofrece un atisbo de sus obsesiones como guionista y ahora como director.

–¿Qué tan rudo fue hacer esta película?

–Fue rudeza extrema, como son todas las películas. Hacer películas no es nada fácil. Ésta fue  complicada de realizar porque tiene muchos elementos, y es que entre más tienes en una producción, más complicada se vuelve y con esto me refiero a un gran número de locaciones, de actores, de extras y de partes. Eso complica la producción porque se vuelve más compleja. Fue complicado filmar en cuatro lugares distintos, como se dio en Colima, Jalisco, el Estado de México y el Distrito Federal. Todo eso ayuda a que sea una película más compleja. Fue una experiencia muy ruda pero muy gozosa y en ese sentido muy cursi.

–¿Para ti qué es lo kitsch?

–Justamente lo que veo en el personaje de El Cursi, pero también en El Rudo. Para mí el kitsch puede ser un video como el que canta Tato El Cursi Verduzco. Pero también puede ser la estética que responde a eso o la inocencia del personaje. Incluso el matrimonio de El Rudo con su mujer. Hay muchos elementos kitsch cursi. La estética mexicana es muy kitsch en general.

–A eso iba justamente. En buena medida retrataste lo naïve, lo kitsch, lo cursi de una gran parte del pueblo mexicano. ¿A qué responde ese interés?

–Porque quería realizar un retrato social del México actual a través de dos contextos que conozco, y esos contextos son el campo platanero en el Occidente de México y el fútbol profesional.

–¿Por qué conoces los campos plataneros?

–Pues porque desde niño he ido a la zona. Entonces conozco los platanares y la gente que trabaja ahí. Y del fútbol, pues porque soy aficionado y tengo muchos amigos que están involucrados de alguna manera en el fútbol profesional. Eso es parte del ser rudo y cursi, en el sentido, digamos, de inocencia. La pureza del campo es cursi. La dureza y la corrupción urbanas son rudas.

–¿Conoces de cerca la corrupción en el fútbol, el manoseo de jugadores, el asunto de las comisiones entre promotores, entrenadores y directivos?

-No puedo decir que la conozco de primera mano porque no soy futbolista. Entonces no puedo decir “A mí me sucedió”. Lo que sí puedo decir es que a mí me lo contaron, particularmente gente que está metida ahí en el ajo. Lo otro es que hay muchas cuestiones que son del conocimiento público, como por ejemplo que desaparezca un equipo de primera división y luego un equipo de segunda compre esa franquicia.

–Que ese es un mal endémico del fútbol mexicano.

–Y eso es increíblemente mexicano, en el sentido de que el actor, Guillermo Franchela le dice al personaje de Diego “!Estás ahora en Primera!”. Pero no era el personaje de El Rudo el que no entendía, era justamente Guillermo, como persona. Me decía “Explicame (sic). No lo entiendo”. Y le tenía que explicar. Le costó como media hora de decirle yo, y luego me ayudaron Diego y Gael. No entendía que en México suceden estas pendejadas. El tipo no daba crédito. Esto no sucede en Argentina. Hay otra clase de corruptelas, pero no eso.

–A final de cuentas no hay arraigo.

–Eso me parece el típico mal manejo de los federativos, porque efectivamente, para poder generar público, y por lo tanto negocio, se necesita de arraigo. Creo que el Atlante no fue negocio hasta que encontró el nicho en Cancún. El Necaxa hasta que se fue a Aguascalientes. Es como muy triste, muy patético, pero esa es la realidad nacional.

–Imagínate al River Plate jugando en Tucumán.

–Impensable. El River Plate juega en el Monumental y el Boca juega en La Bombonera y no hay de otra manera. Sí hay una polémica en cuanto a las comisiones de los entrenadores, que eso sucede en todo el mundo. Cada vez se sabe más, cada vez se habla más de eso. Pero hay otro tipo de corrupción que responde a una idiosincrasia muy nuestra.

–Y eso es a final de cuentas un reflejo de la sociedad mexicana, particularmente la corrupción.

–Totalmente. Es el juego como reflejo de la sociedad y la sociedad como reflejo del juego. Nosotros vivimos en una sociedad en el que el modus operandi es la corrupción, desgraciadamente. No estoy de acuerdo con eso, simplemente es un hecho verificable por muchos índices. Y culturalmente lo sabemos todos, no estoy diciendo nada nuevo.

–Además, como dice Juan Villoro, son los once de la tribu.

–Así es, son los once de la tribu, viéndolo, como dice el mismo Juan, en el sentido futbolístico, como el origen y como el regresar a nuestra infancia, que eso es lo que implica el fútbol para los aficionados cada domingo. En el sentido social son esa tribu muy compleja, muy diversa, porque cada jugador es muy disímbolo entre sí.

–Se habla de tres tiempos en el fútbol: el previo, donde se piensa lo que va a ocurrir, cómo le va a hacer el jugador, cómo va a tocar la pelota; luego sigue el momento del partido; por último, y quizás el más importante, cómo se recuerda el fútbol. ¿Tú pasaste por esos tres momentos para perfilar a tus personajes?

–Pues mira, antes de los personajes, cada sábado paso por esos tres momentos, porque juego el primer tiempo, el segundo tiempo y luego el tercero lo hago con mezcal. Es generalmente el tiempo que más disfruto.

–El momento de la evocación.

–Exacto. Cuando dices “Cómo soy pendejo. Cómo fui a fallar” o “¡Puta, qué golazo!”. En el caso de los personajes, esos tres tiempos los trabajamos en realidad. Los tres tiempos se prepararon muy cuidadosamente, con todos los actores. Por ejemplo, en el caso de Diego y Gael, fueron a clases de fútbol para aprender a ser portero y delantero de una manera  más profesional, que se viera, que supieran mínimamente, aunque hay muy poco fútbol en la película. Gael  también fue a clase de música y de acordeón, mientras que Diego estuvo practicando la cuestión de las apuestas. En ese sentido sí hubo ese primer tiempo de preparación. El segundo tiempo, que sería el rodaje en sí mismo, fue muy intenso, muy divertido y de mucha colaboración. Todo mundo aporta y en general nos la pasamos muy bien. Y el tercer tiempo, pues estoy empezando a vivirlo finalmente, porque el segundo tiempo aparentemente es el rodaje, pero finalmente el segundo se alarga, tienes este tiempo de compensación, hasta que terminas la película. Ya no tienes a los actores ni ese tinglado. Estás nada más con tres monitos ayudándote a terminar la película, pero uno sigue en la misma chinga, esa es la verdad.

–Hay temas recurrentes en la película, como el mar, la idea de la inmensidad, de la felicidad. Hubo un momento en que parecía que ibas a dejar un happy ending y le diste la vuelta y la terminaste de una manera muy cruda.

–No me parece una manera cruda. A mí me parece que es la manera en que es la vida. La vida no es el happy ending del cine hollywoodense. O no para todos. Tal vez para el señor Slim. Pero para los humanos normales como nosotros, nos pasan cosas muy agradable y muy desagradables, y generalmente van de la mano. Es un final agridulce, donde a los personajes les suceden cosas muy agradables en términos de la trama, pero al final terminan siendo hermanos que se quieren a pesar de todo. Y eso es lo importante.

–¿Te hubiera gustado ser futbolista profesional?

-Ah, en algún momento de mi vida seguro sí, sobre todo cuando era chavo, pero me volví güevón muy joven. Ya no estoy ahorita para decir “¡Puta, es que yo debería estar en un mundial”. Eso nunca me pasó. Aunque yo, a la edad de ocho años, era Johan Cruyff y nadie lo puede negar.

–¿Así las metías?

–No (risas). Pero lo intentaba.

–Te hubiera gustado ser Johan Cruyff.

–No, qué güeva ser Johan Cruyff. Ser holandés y fumar. No, lo que pasa es que no envidio la vida de los demás. Cuando era niño todo mundo hablaba de Pelé y yo era el único pendejito que decía “Cruyff”, porque era la época de la Naranja Mecánica. En ese entonces le empecé a ir al Barsa por culpa de Cruyff, que sí fue mi ídolo infantil. Extrañamente no lo fueron Pelé, ni Didí, ni Di Stéfano.

–¿Y qué te parece Maradona?

–Maradona, la neta es que cuando el cabrón se mamó ese gol en México 86, me cagaba, pero no puedes negar el talento. Pero uno madura y ahora Maradona me parece un tipo genial. Fue un jugador genial, pero como personaje de película, es decir, para hacer una película, no el documental de Kusturica, una película sobre alguien como Maradona, no te la acabas. Tienen mayor complejidad que este cabrón.

–¿Rudo y cursi?

–Pues a lo mejor.

–¿Va a haber una segunda parte?

–No, qué güeva hacer otra de futbol. No, no habrá segunda parte.

 

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