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Opinión



Mis ojos no dejaron de llorar por cinco meses

Jueves, Febrero 7, 2019 - 23:21
 
 
   

El llanto era su voz y su silencio, llorar era su forma de respirar la vida.

Alejandra Fonseca

 

Se le ve el sufrimiento, menguado. Lo ha consolado a su manera, en sus tiempos, con su misma inconsciencia, por lo que no termina de ceder.

Su historia es muy particular, como ella. No podría ser diferente: Se casó y ya con un niño de cuatro años, asistía a la universidad donde se enamoró de un profesor: así, de la nada, de inmediato, por el “na’más”, y él le correspondió. Eso no implicó cambio alguno en la vida de los enamorados: tenían la universidad y el pretexto de estudiar para verse de manera cotidiana y de esa relación nació una niña, igualita al maestro, con rasgos físicos opuestos a los del marido quien la reconoció como suya. Cuando se graduó, salió de ahí para encontrarse a otro maestro, ahora albañil y ahí emprendió una vida de mezcolanzas y concupiscencia con cada hombre que se le atravesaba en su camino.

Su marido era omiso, ausente, indiferente, lejano, tibio. Hijo de ‘mami’, de quien dependía económicamente, no hacía otra cosa más que ser quien la madre quería que fuera. Con ocho años de casados, ella le pide el divorcio y él acepta, siempre y cuando su mamá no se enterara porque le dejaría de dar ayuda económica.

Así, con un divorcio a escondidas, duraron cuatro años más, separados en cuerpo, retirados pero viviendo juntos, un día ella le preguntó por qué no se iba y él respondió que se quedaba para que “esto no se vuelva un putero”. Esa fue la flecha que rompió la cuerda y el señor se fue con el hijo adolescente que decidió irse con él. Ella se quedó con la hija.

Fue en el mes de enero, diez años después de haberse separado definitivamente, cuando a ella le llegan noticias nuevas: su ex marido ya tiene una nueva familia y su hijo vive feliz. Ahí es cuando confiesa que a partir de ese momento: “Mis ojos no dejaron de llorar por cinco meses”; llanto insistente, interminable, inflexible, contumaz. Dormía, llorando; despertaba, llorando; el llanto era su voz y su silencio, llorar era su forma de respirar la vida. Su hija la invitaba a ver películas, sus ojos lloraban; le platicaban cualquier cosa, sus ojos lloraban; salía a la calle y sus ojos lloraban. Nada la consolaba, su alma estaba muy dañada. Estaba enferma de llanto.

Al no dejar de llorar e intentar con la meditación, con el manejo de energía donde nada le funcionada, le sugirieron ir a ver a una amiga con poderes de sanación. Fue a la casa de la mujer, llorando; entró llorando; la mujer la sentó en una silla y ella lloraba. Fue en aquel momento que esta mujer posó suavemente su mano sobre los ojos de ella, tocándoselos, y vio a su redentor. Ahí dejó de llorar definitivamente. Entonces descubrió que la salvación estaba sólo ahí, así, con su redentor.

Desde ese día dejó de llorar pero el sufrimiento, permea. Continúa tratando de sanar a su alma: ayuna, medita y está entregada en cuerpo y alma al poder de la sanación de su redentor.

Pero no ha logrado superar el daño. Cuenta su historia muy dolida porque hasta hoy nadie ha puesto frente a ella un espejo para que, sus ojos que no dejaron de llorar cinco meses, por fin vean la imagen de por quién llora.

 

alefonse@hotmail.com


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Alejandra Fonseca

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