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Opinión



Las Sucesiones de los bienes

Viernes, Enero 11, 2019 - 16:58
 
 
   

Dos sucesiones distintas sin mayor complejidad.

Por: Atilio Alberto Peralta Merino

En las postrimerías del siglo décimo de la era cristiana, en un monasterio benedictino de Bolonia, un monje llamado Irnerio descubrió en la biblioteca del recinto un ejemplar del “Digesto”, la célebre recopilación de diversas conclusiones judiciales de la época clásica de Roma, recopiladas en Anatolia varios siglos después de haber sido emitidas por “sabinianos y proculeyanos” en la Ciudad eterna, por los juristas griegos Teodoro y Doroteo, siguiendo los lineamientos y las indicaciones que fueran emitidas al respecto por Justiniano, el célebre Emperador Cristiano de Oriente.

El estudio de la legislación romana a partir del hecho en cuestión, permitió, entre otras cosas, consolidar de manera paulatina el poder de las casas reinantes, al dotarles de preceptos claros y precisos que favorecieron la de sucesión más o menos pacífica de las prerrogativas, los cargos y los honores en disputa a lo largo de siglos

Los estudiosos de la ciencia romana, formada por una pléyade de glosadores de una primera etapa y subsiguientes postglosadores, desembocaría en la formulación de documentos tan estructurados como el propio “Digesto” tal como lo fueran las “Siete Partidas”, formuladas en la Corte Toledana de don Alfonso “el sabio”.

Un siglo después, Alfonso Once, el sórdido personaje de la trama de la Ópera “La Favorita” de Gaetano Donizetti, sancionaría a las “Siete Partidas” como legislación aplicable del reino, motivo por el cual, Juan Ruiz Arcipreste de Hita, dedicaría a plasmar los intríngulis de un litigio en forma de fábula protagonizada por zorros y tejones en “El Libro del Buen Amor”.

Las disposiciones concernientes a la “sucesión” contenidas en “el Digesto” de Justiniano” jugarían en consecuencia un papel clave en la conformación del estado moderno y en la configuración del poder público.

Nada tiene de raro dado los hechos expresados, que empiece a despertarse la inquietud en torno a “la masa yacente de bienes” de una gobernadora y un senador que fallecen intestados.

Al haber sobrevenido el fallecimiento en “conmorencia” como diríase en el Derecho Civil de sucesiones aplicable al caso, no resultarían invocables las disposiciones concernientes a los “beneficios del cónyuge supérsite” y por ende se trataría de dos sucesiones distintas sin mayor complejidad.

Hijos del marido, cuya presencia en escena dejó desconcertado a los diversos actores políticos que circundaban en vida al occiso, reclamarían los haberes del padre, en tanto que los hijos adoptivos de la esposa harían lo conducente con los bienes de ella sin que al respecto mediara mayor problema, dado que éstos desplazarían las eventuales pretensiones de ascendientes y colaterales.

 Salvo que, claro está, por una parte los “de cuyus” hubiesen contraído nupcias bajo el régimen de bienes mancomunados, caso en el cual, los vástagos de ambos habrían de enfrentarse en una compleja operación de “partición de bienes de la masa yacente de la sucesión”, o, en otro caso, de que ascendientes y colaterales emprendieran las acciones concernientes a desconocer el carácter de herederos legítimos que aquestos pudiesen reclamar.

No pocos aspirantes a ocupar las vacantes en los cargos públicos, dado los cuantiosos bienes objeto de una o varias sucesiones intestadas que habrían de interrelacionarse, podrían muy bien  aspirar a su vez, a que nuevamente “El Digesto” del Emperador de Oriente, volviese a quedar sepultado en la biblioteca de algún antiguo monasterio de Bolonia, dada la potestad pública de nombrar interventores públicos en albaceazgos de tal índole , tal y como la que fuera decretada a favor del entonces secretario de hacienda Antonio Ortiz Mena por el presidente López Mateos en el caso de la sucesión del General Joaquín Colombres denunciada a casi un siglo de su defunción por el abogado lozano Quintana.

 

Intervención que, dado el caso, podría alejar o al menos neutralizar las actuaciones impertinentes de zorros y tejones, como las que al efecto desempeñan estos simpáticos animalitos en una peculiar parte de la trama del “Libro del Buen Amor”


Semblanza

Atilio Peralta Merino

Nací en ésta ciudad, en la sala de maternidad “Covadonga” de la Beneficencia española, “tal vez un jueves como hoy de otoño”, dijera parafraseando a Cesar Vallejo, y de inmediato me trasladé a las islas del Caribe, entre brumas mi primer esbozo de recuerdo es el vapor de un barco que desembarcó en la Dominicana, Isla a la que jamás he vuelto y que no registro en la memoria consciente, desconozco si habríamos arribado a “Santo Domingo” o si todavía sería “Ciudad Trujillo” acababa de tener verificativo la invasión auspiciada por la OEA y, al decir de mi señora madre, era en ese momento el lugar más triste que habría sobre el planeta tierra. Estudié orgullosamente con los jesuitas hecho que me obliga a solazarme en la lectura de james Joyce, y muy particularmente en “El Retrato del Artista Adolescente”, obra que conocí gracias a mi amigo y compañero de andanzas editoriales juveniles Pedro Ángel Palou García, y asimismo orgulloso me siento de mis estudios en leyes en la Escuela Libre de Derecho pese a los acres adjetivos que le endilga a la escuela José Vasconcelos en su “Breve Historia de México” al referirse a otro egresado de la “Libre” como lo fuera el presidente Emilio Portes Gil. Crecí escuchando los relatos de mi abuelo sobre su incursión en los primeros años de su adolescencia en las filas del ejército constitucionalista, sus estudios de agronomía en “Chapingo” junto a los Merino Fernández, su participación en la “Guerra Cristera” al frente de cuadrillas armadas bajo la indicaciones del General Adrián Castrejón quién años después crearía los servicios de inteligencia militar y se convertiría en el gran cazador de espías nazis durante los años de la conflagración mundial, y por supuesto, de los días aciagos del avilacamchismo de cuyo régimen perdería el favor dadas las intrigas que suscitarían su parentesco con el líder obrero Manuel Rivera Anaya. Mi padre por su parte, llegaría a éste país mitad en vieja de estudios, mitad exiliado, habría corrido a su cargo el discurso que en representación de los jóvenes fuese pronunciado ante la multitud reunida en Caracas el 23 de enero de 1958 con motivo de la caída de la Dictadura de Marcos Pérez Jiménez, suceso al que alude Gabriel García Márquez en “El Otoño del Patriarca, matriculándose en la entonces Escuela Nacional de Economía que, muy pocos después, se transformaría en la “facultad” gracias a la brillante intervención de la maestra Ifigenia Martínez. “Soy todas las cosas por las que voy pasando”, he tenido en suerte el haber colaborado, o convivido de alguna manera con hombres cuya actuación ha resultado clave en la historia reciente del país, mencionaré a manera de ejemplo y obligado por la más elemental de las gratitudes a los senador José Ángel Conchello y Humberto Hernández Haddad así como y mi entrañable maestro el constitucionalista Elisur Artega Nava ; transformación que conduce por un lado , a darle cabal cumplimiento al deber bíblico de dar testimonio de los sucesos que corren en el siglo, y por la otra a convertirse en un hombre sencillo como dijera Borges: “ que aprecia el sabor del agua, el caminar pausado y la conversación con los amigos”.

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