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Opinión



El crepúsculo de la autoridad y de la ciencia

Miércoles, Diciembre 5, 2018 - 14:03
 
 
   

Lacan había trabajado en los últimos años de la década de los 60 en una suerte de caracterización

La revuelta de las juventudes en el siglo XX dirigió su animadversión a toda figura de autoridad: en la casa como en la escuela y el gobierno. El resultado fue lo que el psicoanalista Jacques Lacan identificó a mediados del siglo como el decaimiento de la de la figura paterna en la sociedad contemporánea. Por supuesto, no es que el mundo se volviera con ello más libre, que disminuyese el malestar en la cultura o incluso que los amos hubieran dado un paso atrás. Simplemente se volvieron más sutiles los mecanismos de dominación. En esta óptica, los análisis de Foucault sobre el control autoritario ejercido por la escuela, la universidad o el hospital a través de mecanismos de encierro y disciplina resultaban más bien ilustraciones de un almanaque tiempo ha caduco, más que una crítica acorde a su tiempo. Mas terribles serían las versiones privatizadas de esas instituciones, bastiones del interés privado y, sobre todo, sin ningún mecanismo que les pudiese controlar, ni exigir la más mínima cuenta. Pero volveremos a ello.

Lacan había trabajado en los últimos años de la década de los 60 en una suerte de caracterización de los diferentes lazos sociales posibles, que llamó discursos. Un discurso es un modo de lazo social a partir de ciertos conceptos psicoanalíticos. Es aquí donde el psicoanálisis aparece en abierto diálogo con el marxismo y la política. El discurso llamado del amo se caracteriza por un dominio de una figura simbólica que coloca al sujeto en una posición de servidumbre, siendo el resultado la producción de un “saber” cuyo plusvalor es un goce que no puede apropiarse el sujeto. No vale la pena entrar en detalles, diremos simplemente que este modelo más próximo al funcionamiento del inconsciente. Hay otro discurso, llamado de la universidad, donde lo que comanda el movimiento es el saber. Podríamos decir que aquí lo que gobierna es el conocimiento o la ciencia. El saber, supuestamente vence al amo o a su función, porque todo saber promete un poder y una liberación. Pero el resultado es una producción de conocimiento descontrolada que lo único que logra es producir un sujeto incapaz de parar frente a esa producción y que termina borrado o sepultado en ella. Lo que ello quiere decir es que el discurso del amo no encuentra en el conocimiento su “superación”, sino que el saber produce su propio modo de servidumbre. Pero lo que reconoció Lacan es el surgimiento de un pseudo-discurso llamado capitalista, que combinaba de alguna manera el discurso del amo y el discurso universitario. Era fácil reconocer en el capitalismo tanto la dominación, como su constante legitimación ideológica en la ciencia. Lo curioso del este famoso discurso capitalista, es que produce el efecto de un sujeto liberado, que comienza el movimiento social, como si fuera su verdadero agente (aunque en verdad ello solamente sea un semblante). Este sujeto liberado parece colocarse por encima del amo. El mercado promete precisamente eso: una radical liberación de los deseos humanos en el escenario ideal del flujo continuo de ofertas y demandas. De algún modo, todos los discursos que propone Lacan, excepto el capitalista, ofrecen un límite, una imposibilidad que “frena” la libre circulación de la exigencia de producción. Este límite se llama castración. El discurso capitalista “levanta” esa castración de tal modo que la producción en general de mercancías retorna al sujeto, pero eso no le queda al sujeto, sino que lo “da” a un amo insaciable, que es la verdad de este movimiento y que va a desembocar en un “saber”, la ciencia, que justifica en última instancia este ciclo. Lo que Lacan dice, es que en el discurso capitalista se despoja a la palabra de función de verdad y reguladora, para transformarse en una función instrumental, que alimenta también una ciencia instrumentalizada, que sostiene a un sujeto en la apariencia de comandar este movimiento.

De alguna manera, el discurso universitario (principio legitimador) y el discurso del amo (verdad del movimiento) colaboran para generar este quinto discurso llamado capitalista. Lo que Lacan había identificado como debilitamiento de la figura paterna puede apreciarse en su diagrama (que puede buscarse en internet fácilmente), pues el amo está debajo del sujeto, como si hubiese sido subyugado. Pero este alzamiento del sujeto en realidad se asienta en la fantasía de que puede prescindir del discurso intersubjetivo, de la institución del lenguaje. Ahora, Lacan dice que este movimiento está animado por un saber, pero este es un saber técnico. Para dar el cuadro completo: hay un saber técnico puesto al servicio de producción de mercancías, que se ofrecen a un sujeto para su satisfacción, pero esto solamente sirve a un mandato sordo de aumentar la producción, porque se amo es insaciable, por lo que se convocan nuevas investigaciones que permitan inventar nuevas mercancías, las cuales, además, ya no son solamente objetos de mero consumo, sino aparatos (gadgets) que sumen la vida más y más en una sombra tecnológica que no conoce límites. La astucia del capitalismo, y eso lo había visto ya Marx, consiste en producir un movimiento de producción que se potencia, que no tiene freno de ninguna clase. Si el creyente dice: “muero porque no muero” (San Juan de la Cruz) es porque se duele de la separación entre su mundo y el más allá, entre el Dios prometido y el Dios que vendrá. El sabio puede tener la hybris de saberlo todo, pero su saber siempre se queda corto, mundo y acaba por revelar un límite, un “no-saber”, una oscuridad que alimenta su propio saber. El mundo capitalista no es un mundo del discurso solamente, sino un mundo esencialmente práctico, movido por el trabajo y a producción. Mucho se dice sobre la legitimación ideológica del capitalismo por parte de la ciencia y la técnica, pero de alguna forma, es el primer sistema social que puede darse el lujo del cinismo. Dice Marx en el Manifiesto del partido comunista, que el capitalismo muestra por primera vez la explotación de forma descarnada, dolorosamente evidente. No es entonces que el capitalismo no necesite de ideología para sostenerse, es que su ideología en vez de recaer en una verdad que deba argumentarse (o revelarse o descubrirse científicamente), sino en su efectividad. El capitalismo produce efectos inmediatos: el regocijo de la comida, del sexo, de la comodidad y ahora de la directa estimulación cerebral en los gadgets. Intensificación de las sensaciones, creación de nuevas experiencias, virtualidad, exceso, potenciación: es eso lo que se ha convertido en el objeto del deseo. El deseo no desea otro deseo, sino que desea potenciarse como deseo, desear más y, para ello, necesita producir más objetos de deseo, que, paradójicamente, solo defraudan más y más la satisfacción. La estructura es con toda claridad la de una adicción creciente, que no le importa la cosa que consume, sino el hecho de consumir y no se interesa solamente en ello, sino en el hecho de consumir cada vez más. La era de la finitud del mundo ofrecía límites infranqueables, imposibles, fracasos. Hoy, los lemas clave son “you can”, “just do it” y “do more”. Todo se puede, hay que hacerlo y cada vez mejor.   

Lo que se puede entender de todo esto es que el lenguaje ha perdido su valor intersubjetivo. La palabra no vale nada. Es por ello que la mentira de un personaje como Trump no produce ya escándalo. El asentamiento de la mentira, la farsa y a exageración son posibles donde no importa la posición desde la que se enuncia lo que se dice, sino solamente el “obtener resultados”. La función de verdad del lenguaje y la institución que arropa a un sujeto que sostiene una palabra son indisociables si que quiere reservar al lenguaje alguna función en la constitución y operación el lazo social. La economía ha realizado su propio giro lingüístico, ella existe en símbolos, aunque privados de toda relación con una verdad subjetiva. En ello, la economía parecía acercarse al simbolismo matemático, encontrando en la ciencia su sitio y lugar de justificación. Algo que pasó por alto Lacan es que el saber no solamente se instrumentalizó en el capitalismo, sino que jugó un papel de legitimación clave. Frente al “materialismo dialéctico” que clamaba cientificidad, el polo capitalista se adhería y sofisticaba la ciencia económica liberal, al punto de desalojar la política (en cuanto instancia legítima de deliberación) para dar lugar al “saber económico”. De Keynes a Hayek y más allá, el destino del mundo y, sobre todo, su libertad, pendía, supuestamente, de la libertad económica propia del libre mercado (que nuca fue libre, claro está, pero que al menos, de derecho, lo proclamaba).

No solamente la economía debía amparase en la cientificidad de la economía, sino que toda empresa debía entrar en reingeniería social según un taylorismo nunca antes imaginado; los números cobraron dominio en todos los campos del intercambio social, pero, de manera más patente, penetraron en el halo de las mercancías. Hoy cualquier mercancía que anunciada en televisión o internet se ofrece como científicamente comprobada, avalada por estudios o que trae beneficios para el cuerpo humano. Los juguetes para niño estimulan su desarrollo intelectual, las toallas sanitarias poseen microcápsulas que modifican la composición química de la sangre, los pañuelos desechables matan el 99% de los gérmenes de la influenza, la gasolina para el coche contamina 30% menos que el diésel, etc. Y absolutamente todo se ordena en listas de calidad: los países más productivos, las mejores universidades, las mujeres más bellas, los atletas más rápidos, las personas más fuertes, las más inteligentes, las más altas o las más enanas. Top ten, top twenty, the most, the least...

Podríamos decir que todo esto obedece a un principio “científico” muy general de ordenación, de clasificación y de legitimación por algún saber. Es correcto, sólo que con ello pasamos por alto el hecho de que ha comenzado el declive de la función autoritativa de la ciencia. La técnica seguirá, es claro, pero no la ciencia. La ciencia nunca se ha reducido a la técnica. Por el contrario, en sus inicios proclamó la libertad del saber frente a iglesia y Estado y desalojó las supersticiones gracias a sus fórmulas abstractas. Este mundo natural que no tiene consideración por los hombres o sus verdades solamente pudo conquistarse por la ciencia y permitió no solamente combatir el antropocentrismo, sino también los abusos de imágenes y figuras en manos de líderes de toda clase. Pero la ciencia está en declive. No solamente ella es sostenida económicamente y comandada ya en gran escala por intereses empresariales (o de dominio militar y tecnológico en general), sino que sus propios intereses están cada vez más atados a la utilidad (inmediata). Es un abuso decir que la ciencia preparó el camino a la técnica. Es todo lo contrario, la instrumentalidad es más vieja que la ciencia y más poderosa.

Lacan veía ya en los años 60 el claro declive de la figura paterna en la sociedad, es decir, de la autoridad del profesor, del padre de familia, del cura o del gobernante. Pero en esos años de las revueltas estudiantiles tenía lugar también una crítica implacable a la ciencia, en buena medida motivada por filósofos. En el siglo XX se reivindicó al arte por encima de la ciencia y entregó la estafeta de la reflexión a los poetas para quitársela no solamente a los científicos sino también a los filósofos. Las revoluciones políticas fracasadas animaban a los artistas a llevar adelante su propia revolución en el lenguaje y el deseo, en instancias más “profundas” u “originarias”. Las razones eran claras: la ciencia era un producto burgués-occidental-metafísico que debía ser deconstruido. Al mismo tiempo, era la ciencia la que nos ofrecía un mundo gris capturado en fórmulas matemáticas que no decían nada a nadie. ¿Quién podía ya hacer ciencia fuera de la universidad y, sobre todo, quién podía entender algo de ella que no fueran vulgarizaciones de cómic? Así como la función del dinero consistía en el capitalismo en volver las cosas más diversas en algo homogéneo, comparable y, así, intercambiable, la función de la ciencia consistía en volver también todos los entes fórmulas abstractas comparables y sin color. Era el momento de reivindicar el sentimiento, el deseo, la imaginación; el arte y la intuición y otras formas no-occidentales de relacionarse con las cosas. Era el surgimiento del new age. No es que la ciencia no requiriese o mereciese semejante crítica, sino que, al minarla sus detractores invocaban poderes aún más oscuros que ella.

Lo que nadie pudo anticipar es que el debilitamiento de la figura de autoridad no traería la anhelada emancipación, sino modos más perversos de dominar tamizados por el anzuelo del deseo. Desear la propia dominación, anhelar el propio desecho, admirar a quienes triunfan a costa propia, esa fue la astucia inaudita y para formularlo de otra manera: se logró instalar un odio al sistema (que funcionaría como alimento para consumir más, para superarse, para reinventarse), pero también un odio más vehemente a todo lo demás que amenazara a ese sistema. El capitalismo es insoportable, excepto cualquier otro sistema. Pero al mismo tiempo que se desvencijaba la autoridad, pero no la dominación, se debilitaba también la legitimidad de la ciencia, para dar lugar a formas vulgares y simples de superstición, lo que no podía sino rehabilitar la dominación por parte de figuras carismáticas, como gurús e iluminados. Lo que el debilitamiento de la ciencia produjo fue la rehabilitación de nuevos amos, no provenientes del Estado, sino del mercado. Los pescadores de almas aprovecharon el río revuelto para salir con redes rebosantes de crédulos y desesperados. La autoridad que se reprimía en el campo político formal se rehabilitaba en el ámbito espiritual; las masas podían dejar a los Führers para adorar a yoguis y místicos. En vez de Wagner, un poco de cánticos al ángel de la guarda y listo.

Hoy los libros de autoayuda, los libros de limpias espirituales, los tratados sobre Ángeles y la higiene del aura pueblan las librerías y se han convertido en el discurso principal para afrontar las desazones de la vida y de la sociedad. Es verdad, los pescadores de almas viven del malestar en la cultura, pero también vienen a ocupar el vacío de poder dejado por los políticos y las instituciones. Pero era cuestión de tiempo para que los nuevos políticos se disfrazaran de gurúes y validaran en la arena política contemporánea la vieja dominación carismática. Hoy el padre, el maestro y el gobernante no poseen autoridad por su cargo sino por su carisma lo cual los hace mucho más peligrosos que nunca porque no están sujetos a ningún criterio social de impugnación. Ellos triunfan si logran hacer reír, si atraen “likes”, si son noticia. Hoy cualquier gobernante del mundo está muy por debajo de las viejas figuras de líder de Estado, pero es, a cambio, un buen payaso un buen material para las redes sociales. Un buen profesor es el más divertido y alguien capaz de transmitir una pregunta que arda.

En el campo de la vida diaria el ciudadano va al médico, pero no está dispuesta a creer en él. Entonces, no sigue su tratamiento o no lo toma en serio y simplemente lo visita en el caso límite de una urgencia. El problema no es que coexistan el médico y el chamán (hay buenas razones para sospechar de la institución médica, pero de manera matizada) lo cual no solamente es comprensible sino incluso quizá necesario. El problema es cuando una población utiliza los fármacos como hierbas, haciendo uso de impune automedicación, cosa muy grave en el caso de los antibióticos, pues ello no concierne solamente al cuerpo propio, sino que compromete su efectividad en la población del planeta. Hoy capas supuestamente ilustradas de las sociedades industrializadas deciden no solamente no llevar a sus hijos a la escuela por tratarse de un “mecanismo represor” y educarlos en alguna granja de juguete, sino que deciden no vacunarlo porque “no creen en los médicos”. Así, muchas enfermedades hacen un triunfal retorno a Europa y Estados Unidos, las cuales estaban erradicadas o controladas. Pero, como vimos, este descrédito de la ciencia ha llegado a la política finalmente. El corolario se puede apreciar en un líder mundial como Donald Trump quien se atreve a negar el cambio climático, rompiendo así un consenso mundial, que daba su lugar a los científicos, por más marginal que fuese. Que los datos y las cifras no importen no es una mera estrategia política, la ocurrencia de un líder sin cabeza, sino el resultado de la desligitimación de la ciencia, comenzada por los pensadores románticos del siglo XX, continuada por los hermeneutas y consumada por los posmodernos. Desde luego que el new age pretende vestirse de ciencia, haciendo “coincidir”, por ejemplo, la física cuántica con los chakras, pero este gesto lo que busca que extender aquel dentro de los terrenos de la física. La cosmología se ve pronto reemplazada por un mundo de hadas y duendes.    

Gracias a estos procesos ha vuelto también el poder de la religión, pero bajo el modelo de la empresa. La iglesia de la cientología, junto con muchas otras, pueden poner en duda la evolución a nivel masivo (y avalado por artistas de la gran farándula) sin demasiada oposición, prometiendo la salvación por unos cuantos dólares. La iglesia misma ha abandonado el carácter autoritario y anquilosado del catolicismo, para convertirse en una estructura piramidal de negocios. Obtener nuevos adeptos significa obtener nuevos clientes y mientras más clientes se ganan, uno ascende en la pirámide y gana poder político y económico sobre las almas. No es difícil ver que la iglesia, la educación incluso, la salud y la misma seguridad, después de la crítica del siglo XX, que los veía como aparatos de control estatal, fueron entregados a la sociedad, pero bajo la regla del capital; es decir, fueron privatizados y comenzaron a funcionar bajo las reglas del mercado. Pero si el mercado parecía gobernado en un principio por una ciencia como la economía, por más cuestionable que fuera ésta, los gobernantes comenzaron a criticarla, pero no en nombre de la política, sino haciendo volver las figuras carismáticas a través de la manipulación de intensidades afectivas como las que pululan abundantemente en el chovinismo, el nacionalismo y la xenofobia.

El riesgo de toda crítica es que si no ofrece alguna alternativa a lo que denuncia corre el riesgo de hacer regresar lo peor, de hacer regresar figuras arcaicas. Tal es el caso de nuestro presente, donde las estructuras burocráticas estatales y la estrechez de la ciencia, duramente criticadas y con razón, corren el riesgo de perderse, pero no para dar lugar a una sociedad democrática, ni a un saber más abierto. Por el contrario, el resultado es el retorno del autoritarismo (disfrazado de carisma) y todo tipo de pseudociencias y supersticiones. En la tradición hegeliana existe una diferencia entre una negación abstracta y una negación determinada que podríamos ponerla en los siguientes términos: existen críticas a los sistemas sociales o de creencias puramente negativas es decir que se detienen en el momento de la denuncia y la deconstrucción, pero son incapaces de ver lo que hay de positivo en ello. Una crítica determinada o concreta no solamente dirige sus esfuerzos a desmontar la legitimidad y la estructura de un discurso o de una institución, sino que ve lo positivo o lo posibilitante que hay en ella respecto a lo que puede hacerse en un futuro. Para decirlo de forma más concreta una negación abstracta simplemente denuncia mientras que una negación concreta intenta criticar una situación a partir de sus mismos supuestos y superarla desde ella misma, con sus propios recursos. Por ejemplo, Marx no pensaba que la revolución consistiera en demoler el Estado capitalista a martillazos para recomenzar desde cero, no soñaba con un nuevo inicio de las cosas. No se engañó jamás sobre las posibilidades de una sociedad sin clases. Una revolución no debía destruir las máquinas para acceder a una producción casera o local, sino lograr la reapropiación de la técnica por parte de las masas para que ellas las administrarán y decidieran cómo emplearlas, de tal modo que gozaran paritariamente de su usufructo. En otras palabras, el comunismo solamente podría abolir al capitalismo porque lo realizaba más plenamente. Esto quiere decir que la aspiración de igualdad y justicia existe ya de algún modo en el capitalismo, sólo que éste malversa su promesa y hace pasar al mercado como la realización final de igualdad y la justicia, cuando es el mercado la refutación de ello. Se puede o no estar de acuerdo con el juicio de Marx, pero la lección es incontestable: la transformación social y política no puede buscar ni un punto de partida más original, ni un mero perfeccionamiento de lo existente, sino una transformación de lo existente a partir de los recursos de lo existente, pero que vaya más allá de lo existente. Esto tiene el chocante pero sencillo nombre de dialéctica. Esto hace a la política siempre más realista y más concreta, lo cual no quiere decir que la haga menos imaginativa o que la constriña a no sé qué reglas de la historia o de la lógica social, pues lo que más exige la superación de un orden social es la invención, hacer ver las cosas que ya están ahí bajo una luz radicalmente, nueva (re)organizar los elementos presentes en una secuencia inédita. En la filosofía debemos lograr que un pensamiento, aparentemente deslucido y sin promesas, al combinarse con otro, se convierta en una potencia efectiva inaudita.

Sería muy tonto creer que de todo lo dicho se sigue una defensa del autoritarismo y del positivismo propios de la burocracia y de la ciencia en sus versiones más perversas. Debe celebrarse, sin duda, el debilitamiento de la figura de autoridad, lo mismo que ciertos ataques a la hegemonía de la ciencia y, sobre todo, a ciertos modos de hacer ciencia. Pero eso no debe conducirnos a creer que es viable una sociedad sin jerarquías formales o institucionales o que podemos prescindir de la ciencia, pues su sobriedad y su abstracción siguen protegiendo de la superstición y de las dominaciones carismáticas de todo tipo. El problema es siempre cuando la autoridad se convierte en autoritarismo y la ciencia en superstición. La exigencia que hoy se nos impone es la siguiente: por un lado, una defensa de la institución en tanto, y solo en tanto, es el único medio capaz de asegurar de iure la dignidad y la igualdad de sus ciudadanos y sus migrantes, incluso haciendo espacio para la idea de una humanidad por venir; y, por el otro, hacer valer la ciencia con su rigor y su sobriedad en contra de las pseudociencias y la superchería, incluso y especialmente contra la ciencia misma cuando cae por debajo de sus exigencias y su mandato.


Semblanza

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

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