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Opinión



La Presidencia, cetro diabólico

Lunes, Diciembre 3, 2018 - 06:53
 
 
   

Le llama a los cosas por su nombre. Impone su estilo. Y encanta a la gente

Este hombre derrumba murallas, dinamita mitos. En menos de 24 horas trastoca rituales y liturgias. Un jurado de académicos  lo habría reprobado en oratoria. Se sale del guión solemnísimo, sagrado casi,  de una toma de posesión..

Es asertivo en grado superlativo. Le llama a los cosas por su nombre. Impone su estilo. Y encanta a la gente. Logra una comunicación extraordinaria. No es la ortodoxia de Díaz Ordáz, ni  la elegancia de López Mateos, ni el porte de  catedrático de López Portillo.

Sepultó  todo eso junto. Expresiones, modos y maneras seducen a la gente común. Irritan a sus adversarios, Acapara espacios y tiempos en los medios. Se roba la escena una y otra vez. Hace añicos a sus críticos. A veces pontifica, sermonea, fustiga. Pero por encima de todo, habla como habla la gente.

Les dice lo que quieren oír. Los mira de frente, les da la mano, no se rodea de la coraza implacable y apabullante del Estado Mayor.

Cosechó en una elección un fructífero sembradío que trabajó en sexenios. Sus adversarios le dieron la materia prima. Ellos pusieron la hojarasca. Le colmaron el plato a la gente con una montaña de abusos, impunidad, negocios, corrupción y violencia. Él, como hortelano oriental, pacientemente espero el tiempo de recoger los frutos.

Antes, astutamente, acercó la antorcha. Encendió la pradera. No con violencia sino con la palabra. Con esa comunicación sencilla, ingeniosa, pícara también, hiriente a veces. Él, que sabe de filos de navaja verbal, con rajaduras de apodos, motes, memes y burlas que le han aplicado  durante sexenios.

Lo hizo con paciencia, pero con una perseverancia endemoniada. Un modelo de emprendedor. Los venció a todos. Convirtió en realidad su sueño, el sueño de muchos, el sueño de millones que se metió en la buchaca un día primero de julio. Un sueño en el subconsciente de miles, que parece haber arrancado en 1968.

Es hombre de pelea. Cincuenta veces ha caído y ochenta se ha levantado.

Es de una naturaleza lejos, muy lejos de la perfección. No encarna el liderazgo ortodoxo. No le queda el modelo de líder que describen los libros sobre la materia. No es el rudo comunista, ni el ortodoxo izquierdista, ni el viejo priista, ni el revolucionario iconoclasta.

Es acaso un reformador al que siguen millones y torpedean severos adversarios.

Es un líder pendiente de ser clasificado.

No se arredra ante los retos ni ante el tamaño de sus juzgadores o críticos. A veces, incluso, parece gozar en sus paraísos de resiliencia que crea o provoca.

Hace poco, impensable un hombre con esa catadura asumiendo la presidencia del país. Descartado siempre para estar como figura central en eso que se llamaba “la tribuna más alta de la patria”.

Pocas veces un sujeto ha sido tan férreamente combatido por tantos tan poderosos durante tanto tiempo y a través de tantos medios.

Cuatro veces lo he visto de cerca en escenarios masivos y posee un imán extraordinario.

No es el suyo un estilo de vocabulario fino, pulidas las formas del lenguaje corporal y mucho menos un dandy en la figura. Es la sencillez que encanta a sus seguidores, es el gesto como de Juan Pueblo, es el mexicano que le planta cara al poderoso que está al otro lado de la mesa de los que tienen sueños, anhelos y aspiraciones…

Así de fácil. Las elecciones son de ganar votos. Él se los llevó todos en un cargamento que pasó por encima de sus detractores. Como en  un rebaño de elefantes,  como aquél que nos  decía la poesía de “Margarita, está linda la mar…”

Tiene razones para el sitio que conquistó. Nadie le regaló nada.

Viene la hora de verdad. Ya se sabe, las campañas son poesía, el gobernar es prosa.

Sus adversarios no le dan tregua. No le conceden un respiro tranquilo. Lo fustigan de buenas y malas maneras. Con razones y sin ellas. Él arma equipos, suma aliados, articula estrategias. De palabra y de hecho contemporiza con todos. Incurre en contradicciones, recula en dichos y hechos.

A la luz de los analistas no le cuadran los números, verbo y realidad no embonan, le dicen.

Hay quienes le temen más por lo que ellos se imaginan  que por lo que hace. Le cargan sambenitos, le hacen augurios negros, inflan hipótesis, le conjeturan fracasos. Él marcha impertérrito. Pareciera hacer magia con el poder y desde el poder.

Él se ha acostumbrado a todo esto. Tanto ha escuchado, tanto ha vivido. Como Garrik, el de “Reir Llorando”.

Lo único cierto es que está en la presidencia del país. Tiene el poder pleno. Un sitio nada fácil, un cetro casi diabólico.

El reto empieza ahora. Tiene un pedestal muy extenso, muy sólido, muy cálido también. Eso le da soltura. Eso también trae amarguras, envejece, encanece. A López Obrador le gusta todo eso, sabe que la democracia es así…

Que implica éxitos y caídas, hiel y miel, tropiezos y elevaciones; que un día puede tocar el cielo y el otro poner un pie en el infierno. Así es el poder, aquí, allá y acullá…

Parece que está curado de espanto. Finalmente, no está solo. Posee un grado de autoridad moral personal del que carece buena parte de sus adversarios.

El gran reto, el enorme reto es que las expectativas que ha creado son descomunales.

Ahí pareciera estar el ángulo que deberá cuidar con maestría y tacto. Calibrar perfectamente las metas de lo posible con los recursos disponibles. Y así decirlo. Con la franqueza que el poder enseña. Ni más, ni menos…

xgt49@yahoo.com.mx


Semblanza

Xavier Gutiérrez

Es periodista desde 1967. Ha sido reportero y director de medios impresos y conductor de programas de radio y televisión. En su trayectoria periodística ha sido articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Es autor del libro “Ideas Para la Vida” y ha desempeñado cargos públicos en áreas de comunicación. Desde hace diez años conduce el programa de televisión “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

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