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Opinión



Presente-pasado-futuro y educación

Lunes, Octubre 8, 2018 - 07:24
 
 
   

Es preciso en consecuencia una revitalización de esa relación que respete las tres instancias

“En todas partes, la relación viviente pasado/presente/futuro se halla seca, atrofiada o bloqueada. Es preciso en consecuencia una revitalización de esa relación que respete las tres instancias sin la hipertrofia de ninguna de ellas.

La renovación y el aumento de la complejidad de la relación pasado/presente/futuro debería entonces inscribirse como una de las finalidades de la educación”.

Edgar Morin. Educar en la era planetaria, p. 94.

http://programa4x4-cchsur.com/wp-content/uploads/2016/11/64291196.Morin-Ciurana-Educar-en-La-Era-Planetaria-1.pdf

La semana pasada se conmemoró en México el trágico y reprobable episodio de Tlatelolco en el que una manifestación pacífica de estudiantes fue reprimida violentamente con el resultado de varias decenas de muertos y heridos, además de la detención arbitraria de los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga, que era el órgano que encabezaba el movimiento estudiantil.

A propósito de este hecho se suscitó en las redes sociales y en los medios de comunicación una polémica intensa causada por la decisión del gobierno de la Ciudad de México encabezado por José Ramón Amieva  de retirar varias placas ubicadas en estaciones del metro y otros espacios públicos, que contenían el nombre del ex presidente Gustavo Díaz Ordaz, responsable como jefe del ejecutivo federal en ese momento, de la matanza de los estudiantes en el 68.

Las placas contenían su nombre porque fue él quien inauguró las obras del metro de la ciudad capital del país que se realizaron durante su administración en el sexenio 1964-1970.

Por una parte hubo manifestaciones sociales de apoyo a esta decisión y por otra, críticas fuertes no por defender la figura de Díaz Ordaz sino por el hecho de que no se puede o no se debería intentar borrar la historia nacional y que quitando estas placas no solamente no desaparece lo ocurrido en el 68 sino que se deja a las generaciones actuales y futuras sin signos de su pasado, que son indispensables para tener una conciencia histórica sana.

En lo personal me ubico claramente en esta segunda postura, porque pienso que es indispensable para toda sociedad tener registro de su historia y contar con las huellas de las distintas etapas y hechos de su pasado -sean estas etapas o hechos positivos o negativos, dignos de celebrarse o vergonzosos- para poder construir un imaginario sano de su presente y un proyecto realista de futuro.

Hechos como este no son privativos de nuestro país. Recientemente un familiar que reside en Boston me contaba que la escuela de su hijo ha cambiado de nombre provisionalmente –mientras buscan un nombre definitivo políticamente correcto- para borrar el nombre anterior que remitía a la época de la esclavitud en los Estados Unidos. En Europa han sucedido cosas similares en países o ciudades que se asumen como progresistas y tienen gobiernos con esta orientación supuestamente crítica e incluyente.

Un rasgo de nuestros tiempos parece ser el de borrar toda huella que tenga connotaciones que desde nuestros significados del presente son negativos por haber causado muerte, maltrato, exclusión o discriminación a determinados grupos sociales, como si borrando el pasado este dejara de existir.

Sin embargo, como digo líneas arriba, este intento de desaparecer todo lo desagradable o negativo del pasado deja a la sociedad sin registro de su historia y sin posibilidad de recordar todo aquello que siendo deshumanizante, pudo superarse y dejarse atrás y debe ser recordado para evitar que se repita.

Como bien dice Morin en el epígrafe del artículo de hoy, en todas partes la relación viviente entre pasado-presente y futuro se halla seca, atrofiada o bloqueada y es necesario por ello trabajar para revitalizarla.

En efecto, resulta indispensable desarrollar acciones sociales que revitalicen esta relación de manera que se respeten estas tres instancias sin propiciar la hipertrofia de ninguna de ellas.

Revitalizar la relación entre el presente y el pasado para tratar de conocer la historia con sus luces y sus sombras buscando desmitificarla y conocer lo que en realidad pasó –por ejemplo en el caso de Tlatelolco existe mucho de mito y deformación que no ayuda a entender este proceso tan relevante de nuestro pasado reciente- con el fin de alimentar nuestro presente. Conocer lo que en realidad pasó y tratar de comprenderlo desde el propio horizonte que se vivía y no de descalificarlo desde nuestros significados y valores actuales.

Revitalizar la relación entre el presente y el futuro para generar –partiendo de nuestro pasado- una visión realista, viable y plural que se traduzca en un proyecto de país sólido, justo, pacífico y democrático en el que quepan todas las visiones.

Revitalizar la relación entre el pasado y el futuro para comprender como sociedad que no podemos aspirar a un mañana mejor si intentamos cimentarlo en la negación, la evasión o incluso la destrucción de alguna parte, ángulo o episodio de nuestro pasado.

Como afirma Morin, esta revitalización de la relación pasado-presente-futuro debería inscribirse como una de las finalidades de la educación. El sistema educativo tiene como una de sus tareas la revitalización de esta relación y la formación de una sana conciencia social, auténticamente crítica y responsable en las futuras generaciones de mexicanos.

Ojalá esta finalidad se asuma y se trabaje en la propuesta de política educativa del nuevo gobierno en cuanto asuma el poder después de esta eterna etapa de transición. Ojalá el nuevo titular de la Secretaría de Educación Púbica, su equipo cercano de trabajo y los legisladores entiendan que no se puede aspirar a construir el futuro de nuestra educación dinamitando –y borrando “hasta la última coma”- el presente e ignorando las muy ricas –desagradables y negativas en su mayoría, pero también positivas en alguna medida- lecciones del pasado.


Semblanza

Martín López Calva

Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala, maestro en Educación superior por la misma universidad y en Humanismo universitario por la Universidad Iberoamericana Puebla. Ha sido dos veces “Lonergan Fellow” por el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007). Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación y enlace de la UIA Puebla en el campo estratégico de “Modelos y políticas educativas” del sistema universitario jesuita (SUJ) desde agosto de 2007 hasta marzo de 2012 y académico de tiempo completo en esta universidad desde abril de 1988 hasta marzo de 2012 donde obtuvo el reconocimiento de académico numerario e imparte hasta la fecha cursos de licenciatura y posgrado en el área de Educación. Tiene experiencia docente a nivel de licenciatura, posgrado y formación de profesores en la UIA Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, Universidad de las Américas Puebla, Universidad Anáhuac y otras desde 1988. Actualmente es Director académico de posgrados en Artes y Humanidades de la UPAEP. Ha publicado diecisiete libros sobre temas educativos (los más recientes: Educación humanista –tres tomos- en Ed. Gernika y Gestión curricular por competencias en educación media y superior, en coautoría con Juan Antonio García Fraile), diez capítulos en libros colectivos y alrededor de 45 artículos en revistas de educación.

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