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OPINIÓN

Don Manuel, En Memoria de un Hombre Bueno…

Don Manuel y san Agustín. El Yunque y Pío XII. Sociedades Secretas y Reservadas. Brzezinski.

Juan de Dios Andrade

Politólogo. Analista político y asesor. Especializado en historia y política mexicana, geopolítica y geoestrategia, Historia de las ideas políticas, teoría política y análisis de escenarios. Autor de la columna Confines Políticos

Sábado, Septiembre 8, 2018

Este viernes, poco después de las 9 p.m., partió un hombre bueno. No tengo duda de que se expresarán muchos y muy merecidos elogios. Su enorme capacidad intelectual, su memoria prodigiosa y de análisis, su enfoque histórico que tanto nos enseñó a muchos, sus triunfos y horas luminosas, en fin. Yo me quedo con la persona que conocí. Cuando ya tenía tintes de leyenda, ciertamente. Pero que también se encontraba en un proceso de revisión de su vida y de las cosas que hizo o pensó. Entonces contaba 17 años y él, casi 45. De la mano de su vocación agustiniana, se aferró a la verdad para corregir sus errores y reformular sus convicciones. Tal vez otros se maravillen de sus análisis políticos y las conferencias tan brillantes, donde no faltaban los conocimientos sobre la Historia. Sin embargo, cuando hablaba de San Agustín y de su madre, Santa Mónica, su rostro se iluminaba o, mejor dicho, emergía tal y como era: Un hombre fiel a la voz de Dios y apegado a la verdad. El viernes, acudió al llamado de nuestro Señor y fue en pos de la Verdad Eterna…

 

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De un modo u otro, su vida corrió aparejada con el apogeo y crisis de la Modernidad, sobre lo cual habló mucho. Izquierdas y derechas, mundos bipolares que chocan entre sí, visiones en blanco y negro donde no caben ni matices ni colores, la Guerra Fría que dividió a la Humanidad entre ‘buenos’ y ‘malos’. Tiempos violentos y de pasiones encendidas, donde los entonces jóvenes no dudaban en defender su sistema de creencias y valores por la vía que fuese necesaria. Pese a todo, yo sí les puedo decir que don Manuel no odiaba a sus críticos ni a sus adversarios. Más bien los respetaba, aún en desacuerdo. A pesar de que dos veces trataron de mancharlo con la mentira. Don Manuel no fue un traidor ni cometió crimen alguno. Se equivocó, eso sí y mucho. Como todo ser humano. Pero nada más…

 

 

“Un hijo de su tiempo…”

 

Dicen que nadie puede dejar de ser hijo de su tiempo y así fue él. La Modernidad trajo consigo el submundo de las sociedades secretas que maniobraban para hacerse con el poder y moldear la realidad a imagen y semejanza de las ideologías. El choque con la Iglesia Católica era inevitable, cuestión de tiempo. En lo inmediato, Manuel Díaz Cid se fraguó en la Guerra Fría vista desde la óptica de Pío XII, cuando el nazismo se desplomó y, con él, una versión perversa del totalitarismo, mientras quedaba en pie la otra cara de Jano: El totalitarismo marxista y sus imitaciones. Esto dividió a los adultos, pero también a los jóvenes que tomaron partido según sus convicciones…

 

Don Manuel fue uno de aquellos jóvenes que acudieron al llamado de Pío XII para enfrentar al que parecía ser el enemigo definitivo de la Cristiandad. El Papa estaba inquieto por la efervescencia registrada en Sudamérica por la convergencia entre movimientos revolucionarios de ´línea dura’, evangélicos y espiritistas. Resultó lógico: Los Jesuitas respondieron de inmediato, seguidos por muchos jóvenes que fueron en busca de lo que Unamuno llamó: ‘La tumba del Quijote’. Se batieron con otros jóvenes que también creían en sus ideales. Estaban muy polarizados, pero en el fondo no eran tan distintos. No dudaban en arriesgarse o dar su vida por sus convicciones y creencias. Muy lejos del pragmatismo de la era global…

 

En lo histórico, Manuel Díaz Cid se insertó en la vertiente de las sociedades reservadas, muchas de ellas organizadas por los jesuitas. La Compañía había pasado de una confrontación con la Alemania nazi y con la URSS de Stalin, a un escenario donde se pensaba que un grave peligro se cernía sobre América y el mundo, reinterpretado desde la perspectiva de la persecución religiosa orquestada, primero, por el carrancismo y, luego, por Obregón y Calles. Fue en 1915 cuando se fundó una sociedad reservada, con autorización de Pío XI, ante los excesos antirreligiosos del gobierno en turno. De ahí surgieron otras más, quedando su dirección en manos de los jesuitas. Los jóvenes de antaño tenían sus dudas sobre quién era el ‘verdadero adversario’: el nazismo, el marxismo o todo el totalitarismo en su conjunto. Esto explica ciertas convulsiones en el ámbito católico y los señalamientos que luego se vertieron por parte de sus críticos, que muchas veces faltaron a la verdad. No hay otra forma de decirlo…

 

 

“Pío XII, la hora de decisiva…”

 

Cuando Pío XII hizo el llamado para defender a la Iglesia, Manuel Díaz Cid contaba con casi 12 años y no dudó en asumir el compromiso ni en adentrarse en el territorio de las sociedades reservadas, en compañía de sus amigos (sobre todo con Ramón). El Yunque fue una de las muchas respuestas dada por la Compañía a lo largo y ancho de América y de Europa, hasta llegar a una disyuntiva: Radicalizarse condujo a decidir entre el maniqueísmo y la obediencia al Papa. Católicos de otras sociedades reservadas ‘cruzaron la línea’ y ya no volvieron, pretendiendo justificar sus desatinos con la presunta ‘sede vacante’ con tal de no obedecer al Vicario. Don Manuel no fue de esos. Cuando lo conocí, terminaba el largo proceso de conversión y corrección de sus ideas equivocadas. Como San Agustín, entendió que la vida es un permanente ‘corregir’ y apegarse a la Voluntad de Dios. Ese es el verdadero camino de santidad y no el del mundo bipolar. “Yo no inventé la realidad, sólo vivo en ella”, dijo hace meses y tuvo razón…

 

Con Pío XII arrancó una oleada de jóvenes y maestros que entendieron que terminaba una época que hundía sus raíces en lo ocurrido durante la Guerra Cristera y se iniciaba otra centrada en la educación y en la política. No había ruptura, sino cambio de orientación. Se tenía que actuar en escuelas y universidad, pero también en los partidos políticos. Fue una hoja de ruta no exenta de salidas violentas, cuando las cosas se resolvían en ‘el callejón de las trompadas’…

 

Don Manuel se fue convencido de que decíamos adiós a la era de Pío XII e iniciábamos otra con el signo de Juan Pablo II. Abiertamente dijo que terminaba la etapa de las sociedades reservadas. ¿Tuvo razón? No lo sé. Las voces en desacuerdo eclipsaron análisis más serenos. Es verdad que la tecnología actual pone en jaque a sociedades secretas y reservadas por igual. Pero no es cuestión de tecnología. Una mirada más de conjunto podría indicarnos que, igual que ante la Cristiada, es la hora de un nuevo tipo de sociedades reservadas y cerrar para siempre el capítulo de la Modernidad. Mientas las sociedades secretas viven sus horas más bajas, refugiándose en el mundo del cine y la literatura…

 

Pero un nuevo tipo de sociedad reservada se enfrenta al pragmatismo de la globalidad, donde participan muchos católicos. Hoy, más interesados en criterios administrativos y técnicos, así como en los negocios. No quiero decir que sea malo, sino que se trata de una cosmovisión radicalmente distinta, Casi sin darse cuenta, han dejado de ser ‘católicos’ para convertirse en ‘globalistas’. Cuando ante la globalización hay que proponer la opción del universalismo católico. Es una redundancia, porque exige que el católico sea tal: Universal. Objetivo que rebasa los límites de lo humano, pues sólo se puede ser ‘universal’ asentándose en el Resucitado…

 

 

“Tres hombres, similares y distintos…”

 

En enero pasado, también murió alguien que, en cierto modo, fue un símil de don Manuel: Salvador Borrego. Pero a la vez fueron muy distintos. Eran católicos de convicciones que dieron todo por sus ideales. Pero Salvador nunca terminó de volver sobre sus pasos. Corrigió algunas cosas, pero se aferró a otras. La mayoría de los que le conocieron, coinciden en que fue un buen hombre. Los tiempos habían cambiado y libraba una batalla perdida. No cabe duda de que, a veces, las personas vamos en busca de reinos imaginarios. Como el Quijote, don Manuel prefirió retornar a la realidad y vivificar sus convicciones, antes que terminar fugándose a un mundo que ya no existía. Como sea, la vida y obra de Salvador Borrego es respetable. Equivocado en muchas cosas, pero sincero…

 

En mayo de 2017, Zbigniew Brzezinski pasó a mejor vida. Fue el padre del globalismo trilateral, ese que Donald Trump intenta derribar. A Brzezinski lo conocí hace 18 años en una conferencia que dictó en el Parlamento húngaro. Desde distintos ángulos, los tres estuvieron ligados a la distancia. Cada cual entendió a su modo el desenlace de la Guerra Fría y así se adentraron en el siglo XXI. Salvado Borrego optó por enclaustrarse en el pasado, justo cuando se configura el escenario de una nueva encrucijada con muchas posiciones intermedias. ¿Globalismo trilateral o multilateral? ¿Globalismo ultranacionalista o populismo autoritario, que tienen muchas cosas en común? ¿O universalismo católico? Don Manuel visualizó muchas de estas realidades. Espero que el torrente de elogios no termine igualmente eclipsando al verdadero ser humano que siempre fue…

 

En el recuerdo inspirador quedarán las escaramuzas apoyando a Solidaridad en Polonia y el derrumbe estrepitoso de la Cortina de Hierro y de la URSS. O aquella ocasión en que vinieron a México integrantes de la resistencia afgana y don Manuel se puso a traducir lo que estaban diciendo. No cabe duda de que ‘guardaba muchas joyas en su baúl’. Pero su momento clave fue el movimiento estudiantil del 68. Entonces entendió que no había ninguna ‘conspiración mundial’ y que se trataba de una lucha entre los que se montaron en el movimiento (que no lo iniciaron), para hacerse con la candidatura presidencial del PRI. El resto fue un juego hipócrita por parte de varios líderes estudiantiles, de una ‘lucha democrática’ que nunca existió…

 

Conmigo era como un ‘foco intermitente’. Hablábamos de vez en cuando, me hacía cuestionamientos o preguntas de perspectiva y nos dejábamos de ver por meses o algunos años. Era lógico: Hace tiempo me hizo ver que no debía imitarlo. Por eso los diálogos eran esporádicos. Me expresó sus acuerdos y desacuerdos con sus amigos de muchas batallas y cómo pensaba que iba a terminar esta historia. Me lo dijo a solas y así quedará…

 

Don Manuel siempre guardó un afecto especial por su maestro José Corts Grau e igual que él, entendió que en la vida un ser humano siempre está en vilo: “En vilo ante lo eterno o en vilo ante la nada”. El viernes 7 de septiembre, el Misericordioso decantó a Manuel Antonio Díaz Cid hacia a la eternidad, donde pronto nos veremos…

 

Mientras tanto, la Madre del Señor sabrá dar consuelo a su esposa y a sus hijos. Ahora todo ha quedado en un espera proyectada a “Un Cielo nuevo y a una nueva Tierra” …

 

Hasta entonces…

@confinespol

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