Jueves, 16 de Agosto de 2018     |     Puebla.
Suscríbete


Opinión



Primavera en la milpa

Jueves, Agosto 9, 2018 - 20:23
 
 
   

La verdadera historia de dos pollos y un guajolote.

A inicios del mes de marzo en el campo, las jacarandas aún soñolientas del invierno, tienden una alfombra morada a su alrededor. Los amaneceres en las arboledas se llenan del bullicio de los pajarillos que, emocionados, se cuentan lo que cada uno soñó. ¿Cómo lo sé? Yo entiendo lo que dicen, porque soy un guajolote. Aquí en el rancho era el más viejo y me conocían como el Changorgo. Vivía con mis pipilitos y sus mamás, una pareja de patos, las gallinas, sus pollitos, y como jefe de todos, el campeón, un gallo de pelea que había ganado todas sus batallas hasta quedar tuerto y retirarse.

 

Este año llegaron un par de pollos machos de otro gallinero, uno colorado y el otro giro. Era un par de chiquillos que ya no dependen de su madre, así que podían andar solos. A diario desde temprano jugaban a pelearse hasta que uno de ellos salía chillando por cualquier motivo, menos el de hacerse daño, pues sus espolones son inofensivos.

 

            Todas las mañanas el dueño del rancho salía a alimentar a sus animalitos: De un costal de mazorcas, sacaba algunas y las desgranaba ayudándose de olotes amarrados en círculo. Ya que tenía los granos, metía un puñado de ellos en su molino y los sacaba en trocitos para que comieran los pollitos. Todos esperamos atentos el momento en que aventaba la comida, pero nos quedamos quietos. Estando los granos en la tierra, el campeón nos miraba con su único ojo en señal de advertencia, primero a un lado, luego para el otro y nadie se movía ni para respirar. Primero comía él, luego las gallinas y los animales chicos, luego el resto de nosotros.

 

Como los recién llegados dejaron de entrarle al maíz quebrado, quisieron del entero. Al ver los granos sueltos en el piso, se les hizo agua la boca y empujando a medio mundo, se colaron hasta el frente para comer a sus anchas, pero al verlos el campeón, se volteó hacia ellos y enseguida les dio una santa arrastrada en medio de una nube de polvo donde se veía un par de caras muertas de miedo. Salieron corriendo y cuando volvieron, ya no había nada, si acaso uno que otro grano extraviado, insuficiente para llenarse. Después de ese día, los pobres muchachos se acercaban cuando ya no había nada y terminan con hambre.

 

            Todos los años por estas fechas, el ranchero prepara el terreno alrededor de su casa. Con ayuda de yunta, barbecha, cruza y surca la tierra. Le cuesta mucho trabajo y varios días en los que el par de bueyes terminan la jornada bañados en sudor y tan cansados que se quedan quitecitos después de que se les quita el yugo.

 

Un día, los muchachillos vieron que el ranchero hacía un agujero en la tierra y echaba dentro dos granos de sabroso maíz, luego de dar un paso, otro agujero y lo mismo hasta terminar el surco. A uno de ellos le brillaron los ojitos y le dijo a su compañero “¿Ya vites, mano? Están dejando comida pa’ nosotros solitos, naiden se ha dado cuenta y sólo es cosa de rascar un poquito en la tierra”. Yo lo escuché y me acerqué para prevenirlos “No piensen tarugadas, hay dos buenas razones para dejar ese maíz en paz”. El giro volteó a verme y me dijo: “Se me hace que te quieres jambar los maíces tú solito ¿verdá?”, “No sean tontos, como están muy chiquillos, ustedes no saben qué cosa pasa ahí, en el barbecho, les digo que hay dos razones muy buenas para no meterse a los surcos, la primera es…” y sin darme tiempo de decir más, solitos descubrieron la primera razón, apenas si habían pisado la orilla del barbecho, cuando un perro del ranchero les pegó semejante corretiza que Dios guarde la hora. Huían con los ojos saliéndoseles de la cara y el pico tan abierto que se hubieran tragado una sandía entera. Salieron más asustados que el día que el campeón los picoteó. Pobrecillos.

Más del autor

 

            Todos los días era lo mismo, al repartir el maíz, se quedaban los muchachillos a medio comer, así que volvieron a la idea de sacar los granos de los surcos. Se juntaron a planear cómo distraer al perro. El colorado le dijo al giro: “Te metes por esta orilla y cuando salga el perro, corres pa’ dentro, yo me voy detrás de ustedes, así el perro no me verá y podré sacar los maíces, me los meto al pico los que pueda y me salgo, luego los repartimos ¿qué tal?”. “Ta gueno, mano, así le hacemos”. La idea hubiera funcionado de no ser que el ranchero tenía otro perro y los dos fueron finalmente correteados.

 

            En las tardes el ranchero miraba hacia el cielo y juntando las manos murmuraba una súplica. Yo sabía bien lo que pedía y por el bien del rancho esperaba que fuera escuchado. Eso me recordó que tenía que decirle algo a los pollos traviesos. Me acerqué a ellos, estaban tan cansados de ser correteados por enésima vez, que no quisieron escucharme. Pasaron los días y los pollos estaban flacos y desnutridos, así que me dieron lástima. Cuando avientan el maíz, para comer lo más que se pueda, necesitas moverte y no dejar de picotear el suelo, si te quedas parado no alcanzas nada. Para hacer algo por ellos, me quedé en el mismo lugar pisando un par de granos a fin de que pudieran comer algo más de lo poco que les dejaban. Me lo agradecieron, pero como estaban creciendo, tampoco eso fue suficiente.

 

            Una tarde sentí que las patas me dolían y eso significaba que por fin las oraciones del ranchero habían sido escuchadas. Comenzó a llover. Nos metimos al gallinero para acurrucarnos. A pesar de que era la primera vez en ese año que llovía, cayó un buen chubasco y refrescó la tierra. Mirábamos las cortinas de agua caer una tras otra y provocar ese rico olor a barro mojado que desprende la tierra seca recién empapada. La vida volvería al rancho.

 

Después de una semana lo muchachos andaban dentro del gallinero con el pico caído por traer el buche vacío, les dije que se animaran porque su sufrimiento se acabaría. Me echaron la mirada de quien no cree en los milagros. A empujones los saqué de nuestra casa y los llevé al camino. Sin ponerme mucha atención les dije: “La lluvia hace que crezcan las plantas y salgan las lombrices, ya podrán comer algo más”. Como seguían sin hacer caso le acerqué un par de raíces tiernas para que probaran. Después de comerlas, el giro dijo: “Saben rebuenas, mano”, así que los seguí animando: “Pues a darle a la escarbada y si tienen suerte, tendrán un gusanito para saborear”. A los muchachillos les cambió el humor y hasta sonreían, así que aproveché para decirles: “Ahora verán la segunda razón para no desenterrar los granos que cuidan los perros”. Les pedí que se acercaran a prudentemente a la tierra prohibida No se me olvidarán los ojotes que pelaron al ver que en la parte baja de cada surco había una hilera de pequeñas plantitas a un paso de distancia.

 

Después de explicarles comprendieron que de los granos habían salido esas hojitas verdes y que al crecer darían muchos más granos de los que se habían sembrado.

 

Eso, les dije, se le llama milpa.


Semblanza

Ignacio Esquivel Valdéz

Nací en el verano de 1966, en la ciudad de México, aunque crecí en Tultitlán, Estado de México. Estudié la carrera de ingeniero en computación en la UNAM. Soy aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Toda mi vida he hecho intentos literarios, pero desde el 2004 tengo como pasatiempo regular escribir relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas. He participado durante cuatro años consecutivos en los Juegos Bancarios dentro de la categoría de Cuento, con una medalla de oro y una de bronce, pero más que nada,  gustoso de ser modesto partícipe en el oficio de plasmar las ideas, emociones  y sueños con la pluma.

Ver más +

Encuesta