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Opinión



El triunfo de AMLO (II)

Martes, Agosto 7, 2018 - 11:58
 
 
   

Reflexiones sobre la izquierda. Pasar entre la demagogia y el cinismo. El "eso" del anhelo.

VIII. Durante el siglo XX se libró una batalla entre poetas y políticos: revolucionarios de la palabra y revolucionarios de los medios de producción: hermeneutas vs materialistas dialécticos. Para unos habría que vencer la última ilusión que representaba la política, para lograr penetrar en el pensamiento fundamental y abismal de la poesía. Para otros, habría que destruir la poesía, ese mundo burgués de profundidad aparente, para dejar ver que el mundo se forja a golpes de propiedad privada. Pero ambos fueron adolescentes, fueron poetas de la praxis y poetas de la palabra: inventores del mundo nuevo: mensajeros de la nueva era: apóstoles del porvenir: fin del hombre, comienzo de lo nuevo tras el relámpago del acontecimiento. Y nosotros, ¿qué somos? ¿Niños (insectos), adolescentes (leones), adultos (camellos)?  Nuestra condición actual consiste en vivir en múltiples edades. Simultáneamente. En un sistema de los tiempos. Llamamos a vivir como niños, pero con conciencia de serlo, como sólo puede hacerlo un adulto. Llamamos a una revolución que no se engañe como el adolescente. Pedimos no engañarnos, como el adulto, sin renunciar a la infancia, de donde proviene siempre lo más querido. Y así vivimos, en el juego: viejo-niño, niño-adolescente, adolescente-viejo.

 

IX. Para quien nació bajo el gobierno del PRI la alternancia era impensable. Y un triunfo de la izquierda era ya un imposible de segundo grado: lo más remoto. El triunfo de AMLO opera en un sistema de los tiempos o de las generaciones. No significa lo mismo para quienes vivieron casi toda su vida bajo la sombra del priísmo, que para quienes presenciaron como jóvenes, el nacimiento del PRD y luego la fallida alternancia con la coronación del PAN, o para quienes nacieron tras la alternancia y que hoy, a 18 años de aquella, votaron por primera vez. Más que hablar de la diferencia generacional, que se añade a la diferencia sexual, como una suerte asincronía, debería hablarse de policronía, como se habla de policromía.  

 

X. Por memoria histórica entendemos usualmente el esfuerzo por no olvidar la catástrofe política. Significa seguir el clamor de justicia por cada nombre y apellido debajo de la tierra, en el fondo del mar o como cenizas en el aire. Significa no olvidar quiénes fueron secuestrados, torturados, desaparecidos. Significa no olvidar quiénes fueron culpables: por acto, palabra u omisión. Y también: exigencia de justicia, reparación y no-repetición. Exige estar alertas porque todo lo que pasó una vez, puede volver a hacerlo. Pero como nada se repite exactamente igual, habrá que afinar el oído, prestar una atención flotante para reaccionar ante los signos de nuevas catástrofes humanas. La repetición es inseparable de la variación, casi hasta el grado de lo irreconocible, como lo saben los matemáticos que estudian la teoría de grupos.  

 

Sin embargo, hay otra memoria histórica que recuerda de dónde han surgido las instituciones. La frase suena conservadora. Y lo es, en el mejor sentido de la palabra, aproximándose a lo que Chesterton dijera al respecto: “La gente ha caído en la tonta costumbre de hablar de la ortodoxia como de algo pesado, monótono y seguro. Y nunca hubo nada tan peligroso y apasionante como la ortodoxia. Era sensatez; y ser sensato es más dramático que ser loco […]. Es fácil ser un loco; es fácil ser un hereje. Siempre es fácil dejar que el mundo se salga con la suya; lo difícil es salirse con la de uno mismo”. Sin la bruma de la religión, habría que entender por ortodoxia la defensa en perspectiva de los logros humanos. ¡Sí, por anticlimático que suene para nuestro pathos milenarista! Es fácil, siendo adolescente, reírse del voto. Es fácil reírse de la democracia representativa y denunciarla como un fraude. Ser ortodoxo, en cambio, implica hacer memoria: acordarse de que alguna vez no hubo voto, sino monarquía. De que el pueblo no tenía potestad intelectual sobre sí de ninguna clase. Hay que recordar cuando el voto era sólo para los príncipes electores y otras camarillas. El voto universal, libre y secreto coloca en el cielo de la maltrecha humanidad una dignidad (no una efectividad, que es otro asunto) con la que no se transige: universalidad, libertad, secrecía. Estas tres palabras operan como un escudo de armas de una política particular que se vincula con un poder instituyente y popular a la vez.

 

Del dicho al hecho siempre sale uno maltrecho, pero diremos, al menos, que todo lo instituido implica un acuerdo común (consciente o inconsciente) se puede invocar en las emergencias del mundo, en los casos de excepción moral y de catástrofe humana. Como ha resaltado Efraín Lazos, del liberalismo (especialmente de raigambre kantiana) se recuerda siempre la libertad, pero no su hermana, la dignidad. Es dolorosa la estupidez de la izquierda que critica los derechos humanos como mero mecanismo de dominación. No entiende la diferencia entre un pronunciamiento instituyente y el uso meramente ideológico de una institución. Toda palabra noble puede ser usada en nombre de la mentira política, pero eso no anula la verdad de aquella. Libre, secreto y universal; libertad, igualdad y fraternidad; democracia, libertad y justicia: son escudos de armas de la política instituyente que busca fundar un modo más justo del lazo social. Hay que acordarse cuántos cañonazos y cuánta pólvora costó el voto. Hay que acordarse de cuando la mujer no tenía acceso a él, hace apenas setenta años. Es verdad: no porque haya costado sangre hay que salvarlo, pero siempre hay que hacer memoria para comprender lo que en cada coyuntura se juega.

 

A propósito de ello recordamos la advertencia que Rosa Luxemburgo dirige a Lenin: la revolución debe conservar y radicalizar las instituciones burguesas, no abolirlas sin más. No debe suprimir la libertad de prensa porque ella funcione como mecanismo de control ideológico burgués: la prensa debe ampliarse hasta convertirse en un terreno de disputa y discusión para todos. No debe abolirse el Estado porque esté en manos de la burguesía: debe convertirse en un sitio para dirimir la controversia de todos los ciudadanos. La burguesía no se equivoca al apelar a la universalidad del ciudadano; es que no ha ido suficientemente lejos. De la misma forma, la democracia representativa no se critica aboliéndola, ni con un llamado a una democracia supuestamente directa (sueño peligroso porque vive de la fantasía de la posibilidad de la inmediatez y la plenitud social, semillero de líderes carismáticos y autoritarios, de izquierda y derecha), sino llevando aquella más lejos. Esto es también un asunto de generaciones. Hay quienes recordamos la época en la que en las elecciones no había fraudes, sino que ellas constituían el fraude mismo. Sin esta perspectiva es imposible entender el triunfo de AMLO.

 

XI. Aceptémoslo: no nada más in que estar outside. No existe hoy nada más conservador que invocar el cambio en abstracto. Constituye un signo seguro de conformismo aplaudir la imagen de la insurrección. La irrupción de lo nuevo, sin mayores cualificaciones, es la punta de lanza ideológica del capitalismo imperante. El vocabulario que gobierna la esfera discursiva pública incluye términos como: acción, cambio, movimiento, exceso, irrupción e innovación, diversidad, “think-out-of-the-box”, etc., que se oponen a la “teoría” (inútil porque no sabe “pasar a la acción), a la “conservación” (porque todo debe reinventarse), a la “igualdad” (que aplana la diversidad) o a la “razón” (por aburrida, predecible e incluso represora de la locura y “lo otro”). El problema, claro, no son los valores que se elijan (identidad o diferencia, interioridad o exterioridad), siempre cambiantes por lo demás, sino su estructura y su dinámica. Hay quienes se sorprenden de la “capacidad del capitalismo” de hacer suyas o de utilizar en su favor todas las invenciones utilizadas en su contra. No es ninguna sorpresa, si se repara en que la contradicción aparece y reaparece dentro y fuera del capitalismo en las más diversas dinámicas sociales. Importante es comprender cómo diversas instituciones “hacen nudo” para constituir el capitalismo actual. El capitalismo hace nudo, por cierto, con regímenes muy dispares: se llevó bien con los Junkers (propietarios medievales de la tierra) alemanes y con los comerciantes franceses e ingleses; hoy se lleva bien con los liberales europeos, con los conservadores en Norteamérica lo mismo que con el autoritarismo ruso o la economía planificada de China. Comprender los nudos y las dinámicas del capitalismo resulta mucho más importante que andar celebrando la “excepción”, la “resistencia”, el “exceso” o la “exterioridad” de forma aislada y abstracta.

 

XII. La izquierda acomodada en el mundo neoliberal se precia de su pluralidad. Más específicamente, se vanagloria de su apertura al diálogo y su carácter de razonable. En ella florecen, supuestamente, las sociedades de la información y de discusión racional. Su opuesto lo representarían los autoritarismos (o autocracias) como el comunismo. El comunismo, se dice, era intolerante (e.d. “ideológico”) porque no aceptaba ninguna crítica, ni a su teoría, ni a su práctica, menos al modo de pasar de la primera a la segunda. Vivía de una petición de principio performativa: cuestionar una decisión tomada sobre el destino de la revolución significaba, ipso facto, un acto antirevolucionario y burgués. La crítica era un arma de la revolución contra la burguesía, pero no el elemento de la revolución, mucho menos de su implementación, ya no se diga de su existencia diaria. Los críticos del comunismo afirmaban entonces: hacer del ejercicio de la crítica un modus vivendi es posible solo en una sociedad liberal y además capitalista y además parlamentaria.

 

A la izquierda se le olvidó que tenía que luchar con dos frentes: el autoritarismo y el capitalismo que pueden aproximarse o alejarse según los vientos. Ahora, ¿qué nos ofrece nuestra sociedad plural, nuestra izquierda neoliberal? Respuesta: la generalización de la actitud comunista en un escenario atomizado. Me explico: existe una multitud de luchas que no quieren saber nada de las demás y que se convierten en pequeños autoritarismos (atomo-autoritarismos). Suele suceder ya con frecuencia que quien critica un argumento del feminismo, es señalado como un machista proto-patriarcado. Quien critica la política israelí contra los palestinos, deviene un antisemita. Quien critica las organizaciones populares es un colonialista. Todas las luchas sociales que reivindican derechos de minorías han presenciado la formación de grupos impermeables a cualquier impugnación. La razón es que privilegian su ser (manado de la supuesta verdad misma de su condición) sobre su posición subjetiva (que debe defenderse frente a los otros en un juego de interpelación); o que privilegian un subjetivismo (sus identificaciones de grupo) por sobre su condición de sujeto (que siempre es incompleta y paradójica).

 

Lo más digno que hay en la política: feminismo, LBGTTTI, combate contra el antisemitismo y otras tantas variantes xenófobas, reivindicación de los pueblos originarios y sus modos de vida, etc., se convierte, en el paraguas del neoliberalismo cultural, en un conjunto de guetos conceptuales intocables. Y peor aun es ver cómo minorías organizadas vuelcan su ira contra otras minorías, de modo que vemos grupos de homosexuales anti-migrantes, migrantes antifeministas, afroamericanos anti-latinos, etc. Al menos el comunismo reconocía en cada lucha un componente común de opresión y era capaz de invocar un espíritu internacionalista y solidario.

                   

Es así que, frente al comunismo que denunciaba, la izquierda liberal ofreció la multiplicación de los centros de referencia (ya no considerar solamente a los obreros como portadores de la liberación, sino toda lucha de reivindicación posible) y repetir, dentro de esa atomización de luchas, una pluralidad interna inmanente, para consolidar así la esfera misma de lo abierto. El resultado, lo repito, fue que las luchas se convirtieron en islotes, pequeñas versiones del comunismo: cada una reproduciendo para sí un universo cerrado y dicotómico (a favor o en contra, amigo-enemigo, como bien lo captara Schmitt a propósito de las luchas comunistas). Y entre dichos islotes o átomos se establecieron relaciones de competencia de mercado por la conquista de los financiamientos como ONG o con miras a la visibilidad mediática. Entiéndase bien, se trata de la versión liberal-capitalista-posmoderna de luchas sociales imprescindibles que, paradójicamente, repitieron el esquema argumental comunista que tanto criticaron. Dar la voz al negro, a la mujer, al latinoamericano, al indígena, al judío se quiso hacer pasar por la verdad en sí de la voz negra, la verdad en sí de la voz de la mujer, la verdad en sí de la voz del latinoamericano, sin ver que esos nombres forman parte de la matriz entera que se pretende criticar. Así como no hay “esencia” de la voz del hombre blanco heterosexual, sino usos estratégicos de ella en un juego de poder, la voz del latinoamericano, por ejemplo, no podría consistir en invocar la pureza de su discurso sólo por su condición geográfica o cultural. El término “originario” significa antes que los españoles, pero no el primero absolutamente, como si el mundo precolombino no tuviese también una historia de opresiones que contar. Ni la minoría oprimida, ni la mayoría opresora (o al revés, pues en el capitalismo es una minoría la que oprime y una mayoría la oprimida) poseen verdad política alguna fuera de la relación que establecen en un campo social determinado.   

 

XIII. En el contexto de la contienda política nos debemos preguntar entones: ¿existe el buen gobierno? Unos dirán: todo gobierno es malo. Sólo hay buen autogobierno. Y otros, yendo más lejos, responderán: el autogobierno es autoengaño. Guerra entre los hombres (derivado de su narcisismo) y desconocimiento en sus cabezas (ignorancia de sí). Hay algo de imprescindible en este pesimismo, que debemos en buena medida al psicoanálisis (sin confundirse con él) y de donde surge este callejón sin salida: toda empresa humana vive de la ilusión de plenitud (reino de Dios en la tierra, fin de las contradicciones sociales, fin de la guerra, paz perpetua), pero por ello mismo se dirige siempre al fracaso (pues no se reconoce la imposibilidad de ese álbum de ilusiones y buenos deseos). Sin embargo, también se invoca la insurrección contra la normalización y contra los poderes cotidianos sobre la vida. Pregunta: ¿esta insurrección no se nutre de la misma ilusión? Hay mal gobierno, no cabe duda. Hay ilusiones imposibles de cumplir. No cabe duda. Pero entre uno y otro extremos, ¿hay todavía algo por hacer? Hay que estar alertas: un gobierno no está para hacer feliz a la gente, o para complacer cualquier demanda y necesidad identitarias, especialmente cuando no se quiere saber nada de nadie más, lo que transforma la reivindicación de lo singular en un capricho particular. No todo lo que se desea es legítimo en el campo social. No toda exigencia tiene cabida en un marco legal justo. Y no toda demanda debe ser cumplida solo por ser demanda. Hace falta un fondo de composibilidad universal: un para todos y una idea, por móvil y problemática que sea (y esto es inevitable), de justicia. Pero he aquí la trampa mortal: el político que intenta cumplir directamente con estas dos exigencias es un demagogo; el que renuncia a ello, en cambio, un cínico. Quien promete el reino de Dios en la tierra es un mentiroso y un tirano en potencia. El que renuncia a ello y se ocupa de meras reformas, es un cínico. La política del gobernante, si es posible, debe pasar en medio del cinismo y la demagogia. El lado reconocido del cinismo se llama ser pragmático. El lado reconocido de la demagogia es el idealismo político. Así que sí: por un lado, hay que saber que toda política está condenada a fracasar, porque hay una ilusión moral trascendental que anhela siempre una plenitud imposible. Pero, por el otro, hay que rebelarse contra toda naturalización de la “condición humana”, especialmente aquella que lo condena a un ser finito que debe conformarse con muy poco. La política surge de ese borde, indecidible, entre lo que debe ser cambiado contra todo pronóstico (principio de rebeldía) y lo que debe ser aceptado (principio de valentía frente a lo real). 

 

Quisiera hacer referencia a un artículo de un amigo y colaborador también de e-consulta, Fidencio Aguilar: "¿Felicidad o libertad?" Una de las cuestiones fundamentales que se exponen es ésta: las cosas están privadas de “eso” que constituye el objeto infinito del deseo. Todo objeto decepciona. Lo mismo sucede con la política: ella es siempre indigente, incapaz de hacerle justicia a lo que de incondicionado y absoluto tiene el vínculo humano, incluso desde una posición atea como la que defendemos. Sin embargo, “eso” que se persigue vanamente en política, no es tampoco nada sin ella. Quizá algo de estas reflexiones sirva para apreciar el nudo que se trenza y le espera al gobierno de AMLO que, por un lado, lo sabemos a priori, será decepcionante pero, por el otro, si se logra meditar sobre el alcance de lo político, es posible que el suyo sea un buen gobierno.


Semblanza

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

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