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Opinión



Volver a la mesa

Martes, Julio 10, 2018 - 17:36
 
 
   

La alimentación no es sólo necesidad biológica. Marca una evolución en las formas de sociedad.

Desde el principio de los tiempos, la alimentación ha sido un eje central en la vida del ser humano. A través de la historia, comer, ha pasado de ser un simple acto de supervivencia y doméstico, a tener un rol importante dentro de la sociedad y a abarcar distintos aspectos dentro de la misma.

 

El hombre prehispánico, cazador activo, pasó de la pesca y la recolección en el mesolítico a la agricultura en el neolítico y en las primeras civilizaciones, a la crianza y matanza de ganado. Lo que dio pie a que las personas pudieran compartir y reunirse alrededor de la comida.

 

En Mesopotamia, durante los banquetes se celebraba la solidaridad del grupo; mientras que en la sociedad griega, el banquete o convivium, facilitaba por un lado las alianzas, al tiempo que se excluía a personas.

 

Los romanos eran organizadores de grandes comilonas, el banquete romano o cena reunía grupos sociales bien definidos, en donde se distinguían las clases sociales dependiendo de lo que las personas comían.

 

Durante la Edad Media, al interpretar las costumbres dietéticas de los pueblos como un conglomerado de elementos étnicos, creencias religiosas y símbolos culturales. Las pugnas nacionalistas y los debates de fe, se expresaban a partir de la comida y el comportamiento en la mesa.

 

En el periodo bizantino, se definió a la gastronomía en su sentido social, como un atributo de clase, la conducta en la mesa se traducía en el código idóneo para confirmar y consolidar el nuevo orden, cuyos núcleos familiares estaban dominados por miembros de la aristocracia: caballeros o guerreros profesionales.

 

La Edad Moderna, trajo una reinterpretación de la noción clásica de convivencia, en un extremo se ubicaba a la cortesía y en el otro a los campesinos. La hospitalidad dio origen a los manuales de cortesía que dieron un nuevo significado al “comer con otros”. En esta época nació el concepto de gusto, empezó a ser considerado como un arte y se refinó a partir de innovaciones en torno al mobiliario y utensilios de mesa.

 

En definitiva, muchos de los momentos más importantes de la historia se han definido alrededor de una mesa. Comer es un fenómeno social y cultural. En el acto de la alimentación, el hombre biológico y el hombre social están estrechamente ligados y recíprocamente implicados. La evolución del comportamiento humano se ha realizado mediante interacciones entre los comportamientos alimentarios y las instituciones culturales.

 

La comida es cultura cuando se produce, cuando se prepara y cuando se consume, los alimentos, en relación con la forma como se manifiestan al hombre han ido adquiriendo múltiples significados, de acuerdo con el orden y la calidad que cada grupo les ha conferido; incluso el rechazo a ciertos productos presupone un valor socio-cultural.

 

Comer, además de satisfacer el hambre y nutrir el cuerpo, demuestra la naturaleza y la extensión de las relaciones sociales, pone de manifiesto la capacidad de los comensales para disfrutar, para gozar compartiendo, para saborear juntos sin prisa; expresa amor, cariño y muchas otras emociones, simboliza experiencias y comunica costumbres. Y no es, sino alrededor de la mesa, donde toma lugar todo esto.

 

Una de las graves consecuencias de la posmodernidad, la globalización y el neoliberalismo, es que se ha hecho a un lado la importancia que tiene dedicar tiempo para comer en la mesa con la familia, los amigos o los compañeros. Actualmente, se le da prioridad al trabajo y la productividad.

 

Es momento de volver a la mesa, comer con calma, convivir, compartir, disfrutar, escuchar, conciliar, resolver, discutir, hablar, interactuar, reír, llorar. Este volver a la mesa implica reorganización, estar dispuestos a comprar alimentos, prepararlos y hacer hasta lo imposible para coordinarse con la familia o amigos para llegar a casa y compartir por lo menos una comida al día. Se antoja difícil en esta época lograr algo así, pero el riesgo que se corre como civilización es alto, ya que implica que se pierda una base importante de las relaciones e interacciones humanas y de la cultura de cada región del mundo.

 

Concluyo con una cita de Brillat-Savarin que dice: “La sabiduría andante va más allá del “dime qué comes y te diré quién eres” El acto de comer, además de satisfacer el hambre y nutrir el cuerpo, demuestra la naruraleza y la extensión de las relaciones sociales, expresa amor y cariño, proclama la distintividad de un grupo simboliza experiencias emocionales, comunica costumbres…”

 

[La autora es profesora de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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Semblanza

Claudia Rodríguez Hernández

Profesora de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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