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Opinión



Mirémonos al espejo

Lunes, Julio 9, 2018 - 08:54
 
 
   

Hay que mirar a AMLO como hombre, con errores y aciertos. Y con sentido común.

Andrés Manuel López Obrador sigue en el primer plano de la escena. Es lógico, al encabezar un cambio inédito en la correlación de fuerzas políticas en la historia del  México moderno.

Eso mismo implica riesgos para el presidente electo. Riesgos que no le son ajenos. Él, como pocos en el país, se ha acostumbrado a lidiar con adversarios poderosos. Y lo más soprendente: los ha vencido. Con número, con un abultadísimo cargamento de votos.

Pero el vencer trae aparejado el convencer. Esto último digamos que está en su fase inicial. Es un proceso. Requiere tiempo, no es producto de un milagro ni sólo fruto del deseo.

A veces pareciera que, como sucede en tantas otras cosas, pasamos por alto la falibilidad de un hombre. Hace falta el análisis ponderado. Abunda la deificación del personaje tanto como la ironía o la descalificación.

Sano es rehuir de los extremos y acercarse al sentido común. No es fácil en el país, donde un licuado de pasiones, ignorancia, prejuicios, ansias y adversarios ponen bajo lupa a este hombre  todos los días.

A veces pareciera que precisamente  lo que a él se le exige es de lo que carecen sus más feroces críticos. Lo creen o lo quieren perfecto, infalible, impoluto, magnánimo, sobrenatural. Nada de eso es ni será.

Es sólo un hombre radicalmente persistente. Se ha fundido con los anhelos  de mucha gente, más de 30 millones de mexicanos y busca equilibrar la vida para que en el país haya mejor justicia, más seguridad, menos corrupción y freno a la impunidad.

Sólo a partir de la ignorancia y la necedad se puede pensar que esto ocurrirá mañana.

No existe una escuela para presidentes de la república. Se requiere que hayan ido a la escuela, eso sí.  Pero no sólo por títulos, maestrías o doctorados. De estos ha habido muchos, presidentes, aspirantes y secretarios de estado… y ya vemos cómo nos han dejado. Poquito antes de la ruina. Al borde del precipicio.

 Les  ha hecho falta, mucha falta, es  pegar el oído a las voces, sueños y aspiraciones de la gente. Ganarse el título de HOMBRE, sí, con mayúsculas, el que se obtiene con la experiencia del tiempo, con la vinculación honesta con la sociedad y con un estilo de vida lo más congruente posible con lo que se predica.

Esto explica, en buena medida el caso López Obrador.

Pero ganar una elección no es sinónimo de cambio. Aunque haya sido de modo aplastante como es su caso. El cambio se construye todos los días y el camino es largo. Y es un binomio. El gobernante o el líder hace su parte, su importante parte. Y la sociedad obligada está a hacer lo suyo, no menos importante que quien está en el poder.

Todo líder vende sueños. Es parte de su liderazgo. La clave está en fijar bien los pies en el suelo, hablar a la gente con verdad, encabezar la lucha en la consecución de esas aspiraciones y comunicar con franqueza lo que es posible y lo que no.

Y esa construcción de sueños ni es etérea ni tampoco celestial o cosa de ángeles. Es asunto de hombres imperfectos, pero perfectibles. El error es parte natural de ese intento. Las fallas también lo son. Pero también lo es, y muuuy importante, la rectificación.

La corrección, la reorientación, la admisión de tropezones, culpas o caídas, son componentes del proceso de gobernar. Y entre más pronto mejor. Y entre más nutridas estén de las voces y razones de expertos muchísimo mejor.

Y el error y el fracaso, también hay que tenerlo presente, son  parte del empedrado al éxito. Es requisito fundamental para el aprendizaje. Un ejemplo baladí todos traemos en la memoria: ¿Quién por caerse de la bicicleta una vez dejó de usarla para siempre?

Es grave anclarse en el error y convertirlo en necedad o imposición. Y peligroso es cuando emerge de un capricho. Pero es más grave todavía tapiarse con ladrillos ojos y oídos y encerrarse en una burbuja impenetrable.

Eso lo hemos visto tantas veces. Reyezuelos de tepalcate, sátrapas de guarache. Cresos de toda laya, huérfanos de principios, doctorados en cinismo.

El otro polo es aceptar y participar en el debate. Admitir y estudiar la crítica si se sustenta en razones. Generar la autocrítica. Aceptar las ideas de la oposición porque la diversidad es fuente de sabiduría.

Y me parece que hasta ahora, y es poquísimo tiempo, hemos visto al presidente electo más cerca de este polo que del otro.

Pero algo muy importante. En este afán de revisar con microscopio el día a día del presidente electo  y su equipo, ¿tenemos la honestidad para examinar en qué estamos cambiando nosotros…? ¿Lo hacemos realmente desde esa práctica común, primaria y hasta silvestre, de criticar todo sin mirarnos en el espejo diariamente?

Yo sigo viendo, leyendo y escuchando, juicios sustentados en información falsa o incompleta. Críticas más cercanas a la fobia y al prejuicio que a la razón. “Lecciones” de conocedores, expertos u opinadores hechas por encargo, por paga, por servilismo o por egolatría. Y también por ignorancia monumental.

xgt49@yahoo.com.mx


Semblanza

Xavier Gutiérrez

Es periodista desde 1967. Ha sido reportero y director de medios impresos y conductor de programas de radio y televisión. En su trayectoria periodística ha sido articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Es autor del libro “Ideas Para la Vida” y ha desempeñado cargos públicos en áreas de comunicación. Desde hace diez años conduce el programa de televisión “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

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