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Opinión



Algo nuevo sobre el debate

Miércoles, Junio 13, 2018 - 12:41
 
 
   

El más allá de las palabras que genera credibilidad. Filosofía de las formas simbólicas.

Desde hace varias semanas, Víctor Reynoso [ver aquí artículo] ya había escrito que, si bien los debates eran un punto medular de la democracia, porque permitían contrastar propuestas, no incidían mayormente en las preferencias electorales, y así ha ocurrido, añadía, en las elecciones presidenciales desde 1994.

 

¿Cuál es entonces el valor de los debates en los procesos electorales y en los regímenes democráticos? En elecciones altamente competidas, y cuando la diferencia entre el primero y segundo lugares es menor a un dígito, tienen incidencia porque suelen mover esas preferencias a favor de quien realiza un buen ejercicio de ideas y propuestas. O por el contrario, si el que va adelante hace un mal papel puede costarle el primer lugar.

 

Puede no ser el caso el tercer debate que vimos anoche entre los candidatos presidenciales, con todo y los resultados de algunas encuestas, entre ellas la del Reforma, que dieron por ganador a Ricardo Anaya. ¿Le abonarán 4 o 5 puntos en las preferencias electorales? Puede que sí. Los humores ciudadanos son hartamente perceptibles pero pocas veces mostrables.

 

Insistimos, ¿cuál es entonces el valor de los debates? Y creo que aquí está la clave y lo que se dio anoche en el debate: Desde tiempos de Cicerón, la clave de los debates y de un buen orador es salir de la zona de las meras palabras y lograr establecer que éstas –las palabras- se transformen en hechos visibles, patentes, demostrables o razonables. Mostrar y demostrar que las palabras sólo son hechos que se hacen visibles o que pueden hacerse visibles. En otros términos, que quien habla se vuelva creíble, convincente, confiable, alguien digno a quien hacer caso o seguir.

 

Por eso, una misma respuesta para diversas y variadas preguntas se vuelve poco creíble en un debate, incluso sospechosa. Fue lo que de algún modo pasó con AMLO y sus recurrentes respuestas todas con el fondo común de la misma respuesta: acabar con la corrupción. Ejemplo, ayer, ante la pregunta de Curzio sobre el TLCAN en el sentido de que si éste se cancelara, cuál sería otra alternativa, y la respuesta fue, sí, amable lector, lectora: acabar con la corrupción. En el tema Desigualdad y pobreza volvió a recetar la misma medicina. Puig le preguntó al candidato del MORENA de dónde sacaría el dinero para programas de jóvenes y para duplicar el de los adultos mayores, y la respuesta fue: “acabando con la corrupción se impulsa el desarrollo”.

 

Otro momento polémico y hasta cuestionable fue el tema de los maestros y la reforma educativa. Palabras más, palabras menos, la postura de AMLO fue de que los maestros no venden plazas y de que han sido agredidos por el gobierno. Si nos vamos a los hechos, y el hecho, por ejemplo, en este momento, es que algunas zonas de la CDMX están estranguladas por grupos magisteriales ligados a la CNTE de Oaxaca. Este hecho literalmente contradice las palabras del candidato. No en vano, los que estuvieron valorando el debate, en la encuesta del Reforma ya aludida, en un porcentaje alto (52%) señalaron que López Obrador perdió el debate, y el 45% dijo que decepcionó.

 

Eso es lo que nos enseña al menos la referencia básica de un buen debatiente. Hay otros elementos que podemos añadir desde una filosofía de las formas simbólicas y es lo que me gustaría aportar, para no repetir lo mismo que han dicho analistas y comentaristas sobre el debate. Lo primero es señalar un horizonte al cual llegar, lo que he llamado Tierra prometida: el país al que aspiramos, el país que queremos, deseamos y buscamos. El otro elemento relevante es el señalamiento del Enemigo. En este tercer debate, esto lo vimos en el posicionamiento final de los candidatos.

 

López Obrador volvió a hablar de la historia, de una cuarta transformación (que en los anteriores debates también manifestó) en el curso histórico del pueblo mexicano. Y luego vino la referencia del Enemigo, ante el cual, dijo, no hay que tener miedo. En resumen: la historia está de nuestro lado y no hay que tener miedo.

 

Anaya, por su parte, de igual manera señaló esos dos elementos pero de otra forma: “México va a cambiar” (Tierra prometida), y también: “La gran mayoría ya no quiere saber de López Obrador” (el Enemigo).

 

Meade trató de señalar los dos, pero sólo pudo trazar el primero: Un país de retos (de esfuerzos). Y luego, más que el Enemigo, la apelación a una ayuda, mejor dicho autoayuda: el voto de confianza. La Tierra prometida fue trazada tenuemente, casi desdibujada.

 

Y el Bronco no planteó Tierra prometida, no trazó proyecto claro y visible. Pero sí trató de señalar un Enemigo: los partidos políticos. Solamente que aquí sus palabras resultan tenues no porque no tenga razón, sino porque está denotando una paradoja: nadie quiere a los partidos políticos pero en las decisiones son éstos los que definen quiénes son los candidatos y, por lo tanto, quiénes llegarán a los diversos cargos de elección popular.

 

Conclusión, el ejercicio nos ayuda a mirar el talante y el talento de los involucrados. En el tercero que vimos, creo yo, miramos algo que no hubo en los otros dos: la capacidad de generar confianza a partir de las palabras. Creo que estos ejercicios se irán haciendo más comunes, más relevantes y más valiosos. Claro, hablamos a nivel federal. A nivel local estamos en otra dinámica, todavía sin la visión de una cultura democrática y sin el talante de una buena educación cívica.

@Fidens17


Semblanza

Fidencio Aguilar Víquez

Doctor en filosofía, escritor y profesor universitario. Ha escrito, entre otras obras, Orígenes del liberalismo (1992), La comprensión de nuestro tiempo (1998), El hombre y su destino (1999), Mística y política (2000) y La modernidad limitada (2008), así como diversos artículos especializados en varias revistas nacionales y del extranjero, y de opinión editorial, principalmente en este portal electrónico, e-consulta. Ha trabajado la filosofía política de John Locke, la filosofía de la historia de san Agustín y el pensamiento moderno a la luz de la filosofía de Michele Federico Sciacca. Ha realizado también estudios doctorales de literatura hispanoamericana y lleva a cabo una investigación sobre las imágenes antropológicas en la poética de Octavio Paz.

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