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Opinión



Lo que vi del debate

Martes, Junio 12, 2018 - 11:56
 
 
   

La candidata: el cambio de ser mujer. Barbosa: invocación a la ola amlista. Doger y Chaín: ping-pong

Mi primera impresión del debate de ayer entre los candidatos y la candidata al gobierno del estado fue de que nadie había sido especialmente destacado (o destacada), y en tal sentido, el conductor, Juan Carlos Valerio se llevaba las palmas, si es que alguien debía tenerlas. Pero después de las diversas revisiones, es verdad que el ejercicio nos permitió, a pesar del formato rígido –que a veces amontonaba los momentos-, mirar el talante y el talento de cada uno de los involucrados.

 

La candidata no hizo mal papel, capoteó, mantuvo distancia de la sombra de su marido, planteó sus diversas propuestas y cerró con ese: “reconozco lo que se ha construido pero hace falta más”; y colocó la cereza del pastel: El cambio de ser mujer. Es verdad que planteó los enemigos a vencer: la inseguridad y la desigualdad. Su talón de Aquiles es que buen número de electores está mirando que el verdadero enemigo no es la continuidad sino que su marido está detrás de ella. No sólo eso, sino de que se trata de un enemigo terrible, astuto, que sabe moverse, escurrirse, y en el momento preciso, atacar. Por ello es que quizá sus propuestas, que fueron muchas, no tuvieron en esa prima facie el impacto de dibujar una verdadera Tierra prometida que suscitara un poderoso llamado a seguir su proyecto.

 

De Barbosa, en efecto, hay que decir que fue el gran blanco de ataques y que, en eso, el ejercicio fue inequitativo: le echaron montón. Eso hizo visible, como dijera la ama de llaves de don Quijote, de qué lado cojeaban los candidatos y la candidata. Estaban de acuerdo, sin que lo dijeran, quién era el blanco, y claro, eso aquí y en Singapur es colusión. Y claro, el espectador ve con claridad y nitidez que el sistema, como la Matrix, controla todo, absorbe todo y maneja todo. Los ataques a Barbosa mostraron la fuerza del sistema.

 

Quizá por ello, el candidato de Juntos haremos historia apeló al mesías salvador, al candidato presidencial (y no lo digo en sentido peyorativo, sino en el genuino sentido de las formas simbólicas a las que ya he aludido en otro momento) para salvarse a sí mismo y para plantear una salvación a pueblo, a la sociedad poblana. El discurso contra la corrupción y la impunidad, contra el crimen y los feminicidios. La Tierra prometida que planteó iba asociada a sus atribuciones personales como político: “Creo en la justicia, la paz y la libertad. Seré un gobernante honesto y de buena fe. Quiero un buen entendimiento en la sociedad. Al poder público hay que quitarle la fantochería.” Se perdió, no obstante, en plantear la propia capacidad en esa imagen que la filosofía de los símbolos llama: la ayuda, la salvación, o simplemente, la figura mesiánica: lo que cree uno que lo va a salvar en los momentos de mayor peligro y riesgo. Y claro, el resultado es que no vimos a un Barbosa ducho en responder, en formular con claridad y precisión sus propuestas y planteamientos: escurridizo, sin aclarar, mera retórica.

 

Doger y Chaín hicieron el ping-pong del ataque. Fueron los que mejor manejaron la retórica, los datos, el ritmo, el tono; pero no lograron dibujar realmente la Tierra prometida, esa Puebla que buscamos, queremos y deseamos. Es más, tampoco lograron hacer visible a un enemigo. No hay que olvidar que la gente se mueve básicamente por dos cosas: el miedo y el deseo (o intereses), y ello lo simboliza, el deseo para dibujar la Tierra prometida y el miedo para vislumbrar al Enemigo (al terrible y a veces poderoso Enemigo).

 

Doger se fijó más en otro elemento simbólico, pero en ninguno de los dos principales ya señalados. Su foco fue más el de ayuda o salvador. Me explico; como todo esto es un mundo caótico: crimen, inseguridad, desempleo, yo soy el único que tiene una amplia experiencia y capacidad para resolver los problemas. Y claro, si los electores no ven bien qué Tierra prometida está formulando ni tienen claridad en quién sea el Enemigo, muy difícilmente van a moverse hacia él, aunque tenga capacidad y formación académica. Lo mismo vale para Chaín, que en términos de filosofía de los símbolos no deja de ser parte de un sistema al que sirvió y sigue sirviendo con lealtad y prontitud.

 

En suma, en términos de un ejercicio necesario para la vida democrática, el debate fue útil: vimos de forma directa a los candidatos y a la candidata, cosa que no ocurre en los medios ni en la publicidad. Pero en términos de formulación que suscite los ánimos y deseos más ocultos de los electores, esas grandes adhesiones que, sin duda en el debate presidencial de hoy sí veremos (porque el primer dato que se juega es precisamente la nación, el país), no vimos sino dibujos tenues, sin pasión, sin arrojo y quizá sin convicción.

@Fidens17


Semblanza

Fidencio Aguilar Víquez

Doctor en filosofía, escritor y profesor universitario. Ha escrito, entre otras obras, Orígenes del liberalismo (1992), La comprensión de nuestro tiempo (1998), El hombre y su destino (1999), Mística y política (2000) y La modernidad limitada (2008), así como diversos artículos especializados en varias revistas nacionales y del extranjero, y de opinión editorial, principalmente en este portal electrónico, e-consulta. Ha trabajado la filosofía política de John Locke, la filosofía de la historia de san Agustín y el pensamiento moderno a la luz de la filosofía de Michele Federico Sciacca. Ha realizado también estudios doctorales de literatura hispanoamericana y lleva a cabo una investigación sobre las imágenes antropológicas en la poética de Octavio Paz.

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