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Opinión



Los maestros y las dos caras de la luna

Lunes, Mayo 14, 2018 - 05:53
 
 
   

Entrar en el alma del(a) alumno(a) e incidir en la formación, es el gran privilegio. La cara oscura.

“Creo que ser maestro tiene, como la luna, su cara luminosa y su cara oscura. En la vida casi todo es así: no hay nada tan malo que no tenga algo de bueno y al revés. Lo que importa es ser consciente de todo, luces y sombras, para que nada nos tome desprevenidos y sobre aviso no haya engaño. No abogo por una actitud estoica ante las ambivalencias de la vida ni mucho menos por la resignación; más bien por una actitud realista que relativice lo negativo y valore sin fantasías lo positivo; creo que por ahí va eso que llaman madurez”.

Pablo Latapí Sarre. Porque ya atardece, p. 91.

 

Las grandes celebraciones llaman de pronto a la idealización. Es así que cada vez que llegamos al Día de las madres somos testigos de una inundación de mensajes en todos los medios y en las redes sociales que exaltan la figura de las mamás pintando una imagen prácticamente sobrehumana e imposible de encontrar en la vida real, lo que si se analiza a profundidad más que ser positivo, resulta contraproducente puesto que pone sobre los hombros de quien desea tener hijos, una losa tan pesada que seguramente llevará al desaliento y la frustración.

Esta idealización se reproduce también anualmente con motivo del Día del maestro. Los periódicos, la televisión, la radio y desde hace poco tiempo las redes sociales se llenan de imágenes, frases y versos exaltando la figura de los profesores y presentando una idea tan perfecta y positiva que resulta difícil imaginar que corresponda a la de cualquier docente que conozcamos o hayamos conocido en la vida real.

Me parece que esta idealización de la figura del docente resulta también contraproducente pues coloca a los profesores ante una meta tan alta que resulta inalcanzable y lleva a la frustración, además de que construye un imaginario social respecto al perfil que deben tener los maestros, que pone de entrada en desventaja a cualquier persona real que se dedique a la labor de educar.

Porque los profesores, como todos los seres humanos y todos los profesionales de cualquier disciplina son personas normales, es decir, limitadas e imperfectas, con virtudes y defectos, como dice Latapí, con una cara luminosa y una cara oscura, como las dos caras de la luna.

Lo importante, como afirma el mismo pionero de la investigación educativa en nuestro país, es que cada profesor sea consciente de estas luces y sombras, de sus cualidades y limitaciones para poder ir potenciando progresivamente su cara luminosa y trabajando de manera consistente su cara oscura.

La imagen del profesorado en México ha ido sin duda cambiando y su estatus social se ha ido progresivamente deteriorando por múltiples factores no imputables únicamente, como se ha dicho de manera simplificadora y maniquea, a la reforma educativa del presente sexenio ni a organizaciones que han cuestionado el anquilosado sistema educativo o a las grandes cadenas televisivas y a algunos de sus conductores y periodistas.

El cambio fundamental ha sido de una visión del profesor como apóstol que entregaba su vida a la formación de los niños, desde una vocación cuasi religiosa hacia una idea del docente como profesional que debe buscar el aprendizaje significativo de los niños y jóvenes a partir del conocimiento de las teorías, métodos y técnicas más actuales en el campo de la Educación y de un compromiso con su formación permanente.

Sin embargo, a este cambio de imagen y su consecuente exigencia de profesionalización no ha correspondido la mejora proporcionada del nivel de ingreso y las condiciones laborales de los profesores, que están aún lejos de lo que deberían ser en una sociedad que apuesta de manera consistente por la mejora de la calidad educativa como una de las estrategias fundamentales para el desarrollo económico, social, político y cultural del país.

Estas condiciones laborales deficientes junto con la precariedad de los medios de los que dispone para realizar su tarea –infraestructura escolar, equipamiento, bibliografía, capacitación-, la escasa valoración social a su labor y la poca atención que le merecen a los gobernantes son los componentes del lado oscuro de la realidad docente según Latapí.

A esto debe añadirse las condiciones de pobreza material y bajo capital cultural de los estudiantes que llegan a las aulas en un contexto de desigualdad y exclusión social que no ha cambiado a lo largo de estas décadas de supuestos programas y políticas de mejoramiento del sistema educativo.

También es parte de la cara oscura de la realidad docente la corrupción y el abuso que aún se vive en el ámbito magisterial y el doble discurso de los líderes y autoridades que exaltan esta figura del docente ideal pero no se comprometen con la mejora de las condiciones de trabajo de los profesores reales.

En el lado luminoso, Latapí menciona tres elementos fundamentales a partir de su experiencia –escasa como él mismo señala- como profesor: la experiencia de ver aprender, la influencia en la formación del carácter de los alumnos y el contacto permanente con las nuevas generaciones que hace que los profesores de mantengan jóvenes.

En efecto, la experiencia de ver aprender a los alumnos, de ser testigos de la manera en que se ilumina la mirada y el rostro de cada niño y adolescente al vivir la experiencia de un acto de comprensión es una de las mayores riquezas que puede tener la profesión docente. Ser testigos del deseo desinteresado de conocer que se manifiesta de manera espontánea en los educandos es realmente una de las cosas por las que vale la pena seguir empeñados en ser educadores.

Del mismo modo, la posibilidad de incidir en la formación de la persona, en el desarrollo del autoconocimiento, de la formación emocional, de la educación de la libertad para la toma de decisiones responsables y la vida autónoma, es otra de las grandes aportaciones que proporciona la profesión docente. Como afirma Latapí: “ser maestro o maestra es ser invitado, en ciertos momentos privilegiados, a entrar al alma de un chico o una chica y ayudarle a encontrarse, a afirmar paulatinamente su carácter, a descubrir sus emociones, quizás a superar sus temores y angustias…”

Finalmente, la profesión docente tiene el enorme valor de mantenernos enterados de lo que pasa en el mundo y de las novedades de la cultura y del desarrollo de la humanidad. Este reto mantiene joven a cualquier persona que tome en serio el desafío de educar.

Como afirma Latapí, si las luces son más poderosas que las sombras o no, depende de la vocación, del proyecto de vida y en última instancia, del amor con el que vivan día a día su trabajo.

Felicidades a todos los maestros, a estas personas que más allá de idealizaciones, siguen creyendo cada día en la posibilidad de cambiar el mundo a través de la formación de la humanidad del futuro.


Semblanza

Martín López Calva

Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala, maestro en Educación superior por la misma universidad y en Humanismo universitario por la Universidad Iberoamericana Puebla. Ha sido dos veces “Lonergan Fellow” por el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007). Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación y enlace de la UIA Puebla en el campo estratégico de “Modelos y políticas educativas” del sistema universitario jesuita (SUJ) desde agosto de 2007 hasta marzo de 2012 y académico de tiempo completo en esta universidad desde abril de 1988 hasta marzo de 2012 donde obtuvo el reconocimiento de académico numerario e imparte hasta la fecha cursos de licenciatura y posgrado en el área de Educación. Tiene experiencia docente a nivel de licenciatura, posgrado y formación de profesores en la UIA Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, Universidad de las Américas Puebla, Universidad Anáhuac y otras desde 1988. Actualmente es Director académico de posgrados en Artes y Humanidades de la UPAEP. Ha publicado diecisiete libros sobre temas educativos (los más recientes: Educación humanista –tres tomos- en Ed. Gernika y Gestión curricular por competencias en educación media y superior, en coautoría con Juan Antonio García Fraile), diez capítulos en libros colectivos y alrededor de 45 artículos en revistas de educación.

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