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Opinión



Cuatro voluntades

Jueves, Abril 19, 2018 - 19:47
 
 
   

La historia de David Bonilla. Los inicios del rancho Axopilco. Agua, tierra, semilla y gente.

Su organización no tiene nombre porque “es como antes”, con personas de antes, cuando la gente daba su palabra y la veneraba. Son jóvenes de 50 a 70 años, campesinos de antaño, los únicos que se han quedado en uno de los cinco municipios de alta marginación de Tlaxcala donde no hay nada: ni agua potable, ni drenaje, ni electricidad, ni internet, ni nada… Sus hijos huyeron de la pobreza porque son los jóvenes los que pueden irse y, los viejos, se quedan. Es el punto de quiebre en esas circunstancias: te vas o te quedas, y te vas cuando eres joven.

 

El municipio se llama Altzayanca, Tlaxcala, que en náhuatl significa, “lugar donde rompe el agua”, porque en tiempo de lluvias --julio, agosto y septiembre--, la única época para obtener agua para la población, los animales y la agricultura, donde su caudal rompe la tierra, los bordos, las rocas.

 

Pero un joven fue a la inversa, su nombre, David Bonilla: a los 18 años, hace 21, compró 40 hectáreas del Rancho Axopilco, que es sólo una extensión grande de tierra sin construcción y cuyo nombre significa “agua pequeña verdosa”. Quienes se lo vendieron eran jóvenes amigos que no vieron posibilidades de desarrollo ni subsistencia y querían emigrar; no querían las tierras porque estaban lejos, incomunicadas y era un lugar agreste y seco… aunque él vio montañas, bosques y un arroyo.

 

Los abuelos de David eran campesinos de Xochiapulco, Puebla. Él siempre sintió un vacío interior en la ciudad y se fue a refugiar al campo, siguiendo los pasos de sus antepasados, ahora en Tlaxcala. Seis años después de haber comprado el rancho, hizo un jagüey para captar el agua de lluvia con el propósito de tener el mayor reservorio posible y producir. Esa zona también es de ejidos y David abrió su mente para dejarse ayudar y llevar por los habitantes del lugar y andar el camino de sus antepasados. Ahí sólo llueve cada año, las cosechas son cada año, pero los ciclos vegetativos son eternos, una cadena. Reflexionó que México y el mundo ya están repartidos; que lo fácil ya es de otras personas, es decir, que los grandes y mejores ranchos y planicies las tienen grandes empresas exitosas, se lo heredan entre generaciones; él no tenía tierras que heredar pero sí tenía el conocimiento de generación en generación de la humanidad: las condiciones existían y le apostó a unir cuatro voluntades: la del agua, la de la tierra, la de las semillas y la de la gente.

 

Platicó con los jóvenes de 50 a 70 años y le compartieron el principio que “La razón no requiere fuerza”, y empezaron a amalgamar el sueño de agua que tiene la tierra seca; el sueño de trabajo que tienen sus manos; el sueño de producir que tiene una semilla y el sueño de la tierra de dar todo lo que más puede. Esto nos brindó el sueño que tiene un hombre en la periferia del desarrollo.

 

Descubrieron la Comisión Nacional de Zonas Áridas (Conaza) de las únicas instituciones gubernamentales que todavía apuesta por la gente y los elementos básicos de la producción: la tierra, el agua, la gente, y la semilla, tardaron 8 años donde aprendieron a ser necios, tercos, tenaces, tozudos y constantes; los estafaron  pero nada los detuvo y llegó el momento de cristalizar el proyecto con el Ing. Alberto Zúñiga quien fue la mano que abrió la puerta para traducir su sentimiento, su voluntad y su situación a un lenguaje técnico, racional y financieramente viable. En 2015 lograron el reconocimiento a la mayor obra a nivel nacional en cuanto al componente COUSSA: Conservación y Uso Sustentable del Suelo y Agua: crearon un vaso regulador a más de 2640 metros sobre el nivel del mar con una longitud de 2 canchas de futbol y capacidad de tener riego por aspersión (por gravedad) para 120 hectáreas de cultivo, en diferentes etapas, sin contaminación, produciendo 8 has al mes, sin pagar electricidad.

 

Sólo conciliaron el sueño de sembrar, regar y cultivar. Actualmente esa es la herramienta para pasar de una cultura agricultura de sustento a una de agricultura comercial de hortalizas y aliáceas: ajos, cebollas y chiles, para el sustento digno de 34 familias. Lo que no pudieron darle los padres a sus hijos, ahora se los dan a los nietos.

 

Ahora van a exportar salsa bourguiñón y pasta de ajo, y endulzante de miel de agave a Oviedo y Cantabria, España, en un proyecto conjunto con otros ejidos de diferentes partes del país, con la Doctora en Ciencias Químicas, Laura Romero, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).

 

“Ahora todo mundo quiere lo que producimos, dice David, por nuestras buenas prácticas agrícolas, aprovechando las tierras y aguas de la orilla de lo que no estaba repartido, esas partes del cerril, donde es tepetate, piedra, donde no hay nada, de donde todo mundo huye, porque es una micro cuenca, microclima alejado de la contaminación. Y donde al ser necios al buscar el sueño propio sin imitar el sueño ajeno sin huir y persistir en el sueño propio, encontramos nuestro modo de vida.”

 

alefonse@hotmail.com


Semblanza

Alejandra Fonseca

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