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Opinión



El fin de la élite postransicional

Martes, Marzo 13, 2018 - 14:33
 
 
   

A final de cuentas el cambio en la presidencia solo sirvió para oxigenar a una elite autoritaria

El carismático liderazgo opositor ejercido por el candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador durante cerca de dos décadas, acabó por desnudar los usos políticos de la transición a la democracia en nuestro país.

A final de cuentas el cambio en la presidencia solo sirvió para oxigenar a una elite autoritaria que no deja de ser obstáculo para afirmar un orden democrático en México. En el lapso la sociedad se  quedó como el chinito, mirando como el panismo en la presidencia de la república sirvió para que el PRI colonizara a sus adversarios y extendiera su poder un sexenio más.

El revolucionario institucional fue el gran referente para usar y abusar del poder público, aniquilando la intención de disminuir los poderes excesivos del titular del ejecutivo federal  y los gobernadores.

Aprovechándose del desencanto de la alternancia y del inducido vendaval de violencia criminal, sepultaron toda iniciativa movilizadora hacia la democratización. Pesó descaradamente el argumento porfirista convertido en andanada mediática de los propagandistas del presidencialismo: la sociedad mexicana no está preparada para imponer controles a la figura presidencial, de hacerlo sobrevendría el caos y la anarquía. No deseable para nadie por los elevados costos que todos pagaríamos.

No fue fácil resistir el  linchamiento mediático: toda pretensión democratizadora fue asociada a la figura del líder opositor. Cualquier ejercicio de libertad de crítica en los medios y en la academia universitaria fue demonizado.  

La alternancia de ida y vuelta, dicen los que saben, incubó condiciones para engendrar una nueva clase política que tomó como epicentro de su existencia, el aplastamiento del candidato presidencial de Morena. En el 2000, el candoroso panismo empoderado se propuso transitar de la etapa tricolor a la etapa azul. Sus sueños avizoraban el 2030. Claro, sus claves para conservarse en el poder no podían ser otras más que aquellas que conoció de su cohabitación con el PRI. La inopia y excesiva ambición por los bienes terrenales los llevaron en el siguiente sexenio, ante la falta de legitimidad de su segundo presidente, a incubar junto con el PRI y el PRD, el programa conservador de la alternancia política.

Nació  una nueva elite cuya dedicación por entero fue, primero, decretar como enemigo público número uno a López Obrador y enseguida, crear condiciones mediáticas para expulsarlo total y definitivamente del escenario público. Se trataba de limpiar toda posibilidad que impidiera llevar a cabo el trasnochado sueño de dar paso a una suerte de bipartidismo hegemónico de PRI y PAN (con “Adendum”: el PRD).

 El reconocido segundo lugar en dos elecciones presidenciales no debería existir en la plaza pública.

 La estrategia fue errada. Si la intención declarada era condenarlo al olvido, hicieron justo lo contrario. A pesar del obstinado silencio o de respuestas tardías ante acontecimientos delicados de abuso de poder, el golpeteo en medios de casi dos décadas, reforzó en el imaginario social la imagen como principal líder opositor del país. Su figura creció paralela a la campaña de hostigamiento. Nunca tan dañina como los nefastos resultados de gobierno de los nuevos empoderados.

Hay que decirlo, la larga e implacable campaña negativa hizo lo suyo en sentido contrario: la influencia del líder de Morena se extendió a nuevas generaciones y penetró en sectores reacios. El tanto mayor fue aportado por los pésimos resultados gubernamentales.

En lo político dominó la obsesiva estrategia de supresión del adversario. Declararon la guerra sin hacer público que los enemigos reales fueron los cientos de líderes locales opositores, potenciales morenistas que en la estadística oficial aparecieron como daños colaterales. Otro medida fue cooptar directamente ofreciendo cuentas de vidrio a cargo del erario público o bien reclutar para la causa oficial, a través de partidos cómodos al régimen político y que fungieron como agencias de colocación burocrática.

En la contención social  predomino la facción militarista. La desmedida violencia estatal se encargó de destrozar las relaciones sociales en amplias zonas. El país fue inundado con cientos de miles de civiles muertos y desaparecidos. El número de víctimas directas y colaterales sobrepasa en mucho las cifras oficiales. Como parte de un juego perverso, el conflicto declarado y no reconocido pretendió disciplinar a la población mexicana a través del terror. La sociedad fue sometida a dos flancos, el de la delincuencia organizada, impune y con capacidad de fuego gracias a la complacencia estatal y el de las instituciones policiales, cuya arbitrariedad, no solo no disminuyó los índices delincuenciales, además nutrió con los desechos policiales (lo siguen haciendo) a las bandas delincuenciales, al  ser inexistente un plan de desmovilización policial.

La elite  pos transicional tampoco se mostró hábil para los asuntos económicos. En la fobia contra todo tipo de oposición solo aprendieron a maquillar números. A pesar de  ocultar cifras, no pudieron evitar la imagen de vergüenza por recibir a una potencia petrolera y destruirla en una década (del lugar cuatro en la clasificación mundial en el 2002, México pasó al lugar decimo en el 2014). En dicho tiempo empobrecieron a la población gracias al ensanchamiento de las elites gubernamentales, las más dispendiosas del planeta. Su irresponsabilidad dejo a México a la deriva e inercias del Tratado de Libre Comercio.

Hoy los saldos saltan a la vista: un país hecho ruinas que ve en la elección de este año y especialmente en López Obrador al próximo presidente de México.

Razones no faltan: hartazgo hacia una elite política por ser incapaz de articular buen gobierno, galopante corrupción gubernamental, consolidación democrática postergada y escenarios de tragedias humanitarias en el país entero.

Es una elite agotada que ni siquiera ha sido capaz de enfrentar con honor a su principal adversario.

El oficialismo se entrampó en todo el proceso. Los cinco candidatos del continuismo conservador -José Antonio Meade Kuribreña, Ricardo Anaya Cortez, Margarita Ester Zavala Gómez del Campo, Jaime Rodríguez Calderón y Armando Ríos Piter- entrarían en el primer mes de campaña, en una suerte de segunda vuelta de los conservadores para hacer declinar a los más débiles, buscando por enésima ocasión hacer crecer al tricolor azulino. Solo que dicha estrategia se convirtió en sueño guajiro. A estas alturas y visto el muro en que se convirtió Anaya Cortés, ninguno de los independientes querrá pasar a la historia como el ultimo comparsa del autoritarismo extendido. Saben que es fin de régimen, de gobierno y que será mayor el honor de marcar precedente como candidato independiente a la presidencia de la república que como comparsa de un partido que está al borde del colapso.

No es difícil advertir que los tres meses por venir serán turbulentos. La desmovilización social no podría ser permanente. Emergieron liderazgos regionales de mayor radicalidad en todo el país, sobre todo en el norte; las escenas de confrontación de la sociedad con la policía ya no son privativas del sur. El tejido social se está reconstituyendo y apunta, a pesar de López Obrador, a defender derechos, libertades políticas, recursos naturales y buen uso de la hacienda pública.

El escenario social es de crispación, a ella debe atender toda la clase política mexicana, especialmente aquellos sectores oscuros que en lo más recóndito de su ser ansiarían reeditar cualquier tipo de locuras “patrióticas”, con tal de detener el camino a la presidencia de la república de Andrés Manuel López Obrador.

gnares301@hotmail.com


Semblanza

Guillermo Nares

Doctor en Derecho/Facultad de Derecho y Ciencias Sociales BUAP Autor de diversos libros Profesor e investigador de distintas instituciones de educación superior

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