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Opinión



El discurso de Cuauhtémoc Cárdenas ante la nave de Eneas

Sábado, Febrero 10, 2018 - 19:16
 
 
   

El prestigio social del orador, la trascendencia del mensaje y la eficacia en su expresión, cuentan.

El pasado 8 de febrero, los integrantes de la plataforma “POR MÉXICO HOY” nos dimos cita en la “Casona de Xicoténcatl”, antigua sede del Senado de la República para dar cuenta a la opinión nacional de las conclusiones, expresadas en 210 propuestas.

Propuestas que fueron el resultado de un año de labores, desplegadas en diversos foros, que, habiéndose iniciado en la ciudad de Puebla fueron llevados a cabo a lo largo y ancho del territorio nacional, recogiendo las inquietudes, las perspectivas y los anhelos de los variados grupos y conglomerados que forman parte de nuestra sociedad.

En la ocasión, Cuauhtémoc Cárdenas Solorzano pronunció un discurso que por su pertinencia ante el panorama político que se nos presenta en el horizonte, pasará a la historia como una memorable pieza del arte retórico, tal y como ésta era entendido por Aristóteles en la antigüedad clásica.

El claro deterioro de la legitimidad que observa el árbitro electoral en la contienda, la formación de coaliciones de endeble entramado dada su escaza congruencia ideológica e incluso programática, la polarización social que y el clima de violencia que padecemos ante una inocultable tendencia a la militarización del país, ofrecen un panorama por demás delicado que para estar destinarnos a la inestabilidad social y política, a la represión y en grado extremo, incluso, a la intervención extranjera encubierta o incluso, dado el extremo de la perspectiva en cuestión, expresada de manera abierta y clara en medio de un mundo cuyas fuerzas de dominación geopolíticas se encuentran por demás  convulsionadas.

En los albores de la civilización helenísticas y en el ocaso de la cultura ateniense, “el búho de Minerva canta tan sólo al anochecer” habría dicho Hegel al respecto; el Estagirita nos habría dado cuenta de las circunstancias que dotan de relevancia e importancia a cualquier discurso; es importante, dijera Aristóteles, por tres causas o motivos fundamentales: por quién lo dice, por lo que dice y por cómo se dice.

A los elementos desentrañados desde la antigüedad habría que adicionar un cuarto que acaso en realidad no sea más que una suma de los ya reseñados y que es la pertinencia social del mensaje, como podría apreciarse en el discurso más famoso de la historia, pronunciado por Menenio Agripa ante la diáspora de los plebeyos en el Monte Aventino y del que diera cuenta Tito Livio.

Pertinencia que, siendo, a fin de cuentas, expresión del prestigio social del orador, la trascendencia del mensaje y la eficacia en su composición idiomática como elementos que se armonizan, se observa también en las piezas de Demóstenes y Cicerón quién complementa, este último, por lo demás los elementos de estudio de la retórica que formulara Aristóteles en su obre “Il Oratore”.

 

El discurso de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, seguramente será rememorado en fechas postreras, y podrá ser equiparable a los discursos pronunciados por Churchill o por Lombardo Toledano o acaso a las célebres palabras del presidente Roosevelt ante el Congreso de los Estados Unidos: “el día de ayer siete de diciembre será una fecha que quedará plasmada en los anales de la infamia.”

Discurso impecablemente bien escrito, aunque sin alcanzar los altos niveles literarios de los ya referidos, en la alocución del pasado 8 de febrero, nuestros conciudadanos fueron públicamente advertidos desde la antigua sede del Senado de la República, respecto a los riegos que habrán que afrontar las generaciones que actualmente habitan el país y del que carecen por completo de algún referente que les sirva de guía en su memoria.

Las palabras pronunciadas en la “Casona de Xicoténcatl” se erigen en consecuencia como brújula, el discurso de Cárdenas debidamente dotado de pertinencia histórico es como la voz de alarma de Palinuro guiando la nave de Eneas.

albertoperalta1963@gmail.com


Semblanza

Atilio Peralta Merino

Nací en ésta ciudad, en la sala de maternidad “Covadonga” de la Beneficencia española, “tal vez un jueves como hoy de otoño”, dijera parafraseando a Cesar Vallejo, y de inmediato me trasladé a las islas del Caribe, entre brumas mi primer esbozo de recuerdo es el vapor de un barco que desembarcó en la Dominicana, Isla a la que jamás he vuelto y que no registro en la memoria consciente, desconozco si habríamos arribado a “Santo Domingo” o si todavía sería “Ciudad Trujillo” acababa de tener verificativo la invasión auspiciada por la OEA y, al decir de mi señora madre, era en ese momento el lugar más triste que habría sobre el planeta tierra. Estudié orgullosamente con los jesuitas hecho que me obliga a solazarme en la lectura de james Joyce, y muy particularmente en “El Retrato del Artista Adolescente”, obra que conocí gracias a mi amigo y compañero de andanzas editoriales juveniles Pedro Ángel Palou García, y asimismo orgulloso me siento de mis estudios en leyes en la Escuela Libre de Derecho pese a los acres adjetivos que le endilga a la escuela José Vasconcelos en su “Breve Historia de México” al referirse a otro egresado de la “Libre” como lo fuera el presidente Emilio Portes Gil. Crecí escuchando los relatos de mi abuelo sobre su incursión en los primeros años de su adolescencia en las filas del ejército constitucionalista, sus estudios de agronomía en “Chapingo” junto a los Merino Fernández, su participación en la “Guerra Cristera” al frente de cuadrillas armadas bajo la indicaciones del General Adrián Castrejón quién años después crearía los servicios de inteligencia militar y se convertiría en el gran cazador de espías nazis durante los años de la conflagración mundial, y por supuesto, de los días aciagos del avilacamchismo de cuyo régimen perdería el favor dadas las intrigas que suscitarían su parentesco con el líder obrero Manuel Rivera Anaya. Mi padre por su parte, llegaría a éste país mitad en vieja de estudios, mitad exiliado, habría corrido a su cargo el discurso que en representación de los jóvenes fuese pronunciado ante la multitud reunida en Caracas el 23 de enero de 1958 con motivo de la caída de la Dictadura de Marcos Pérez Jiménez, suceso al que alude Gabriel García Márquez en “El Otoño del Patriarca, matriculándose en la entonces Escuela Nacional de Economía que, muy pocos después, se transformaría en la “facultad” gracias a la brillante intervención de la maestra Ifigenia Martínez. “Soy todas las cosas por las que voy pasando”, he tenido en suerte el haber colaborado, o convivido de alguna manera con hombres cuya actuación ha resultado clave en la historia reciente del país, mencionaré a manera de ejemplo y obligado por la más elemental de las gratitudes a los senador José Ángel Conchello y Humberto Hernández Haddad así como y mi entrañable maestro el constitucionalista Elisur Artega Nava ; transformación que conduce por un lado , a darle cabal cumplimiento al deber bíblico de dar testimonio de los sucesos que corren en el siglo, y por la otra a convertirse en un hombre sencillo como dijera Borges: “ que aprecia el sabor del agua, el caminar pausado y la conversación con los amigos”.

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