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Opinión



Letras y números

Jueves, Enero 11, 2018 - 19:34
 
 
   

La historia del complemento necesario para construir el mundo y comprenderlo.

Hace mucho tiempo las letras y los números habitaban dos países distintos con una cordillera entre ambos. La razón de esta separación era la irreconciliable manera de ser de unos y otros.

 

            En el país de las letras solamente había dos clasificaciones: las vocales y las consonantes. No tenían problemas para su convivencia y les importaba un bledo quién era el gobernante en turno, simplemente se dedicaban a construir palabras, párrafos o textos enteros. Por su parte los números tenían una sociedad jerárquica que partía de los números reales y luego los irracionales, los racionales, los fraccionarios, los enteros, y  ¡Uff! todavía más divisiones.

 

            Cada país vivía bien a su modo siempre y cuando no se les mencionada la existencia del otro, en especial,  a los números, que eran más férreos en sus decisiones.

 

            Un día, el gobernante del país de los números se dirigió al pueblo diciendo que se había llegado a un acuerdo de buena voluntad y se permitiría la interacción con las letras. Eligieron una montaña en la frontera de ambos territorios, donde se podría subir y en el trayecto habría lugares para convivir con los otros. Se construyeron escaleras, trabajando alternadamente para no tener contacto con los demás hasta que no llegara la fecha  del inicio oficial del acercamiento.

 

            El día esperado llegó, el gobernante de los números dio un largo discurso que todo mundo escuchó en silencio, mientras que “Ü”, quien era el presidente de la nación de las letras, simplemente dijo: “Queda inaugurado este evento”. Los números comenzaron a subir las escaleras en grupos bien definidos,  formados, con paso casi marcial. Las letras, por su parte, iban en desorden,  cada quien por su lado, buscando la manera de subir esquivando a los números, pero al ver que les obstruían el paso, avanzaron por fuera escalando la montaña. Un número primo pidió tolerancia ante los irritados ánimos del representante de los irracionales, quien temblaba de rabia mientras decía: “¿para qué demonios pusimos escaleras si estos se suben por las piedras?”.

 

            Al llegar a una terraza, los números permanecían formados mientras las letras se dispersaban tratando de hacer amigos: “Hola número 3, soy una O y suelo  hacer muchos diptongos ¿Cuál es tu pasatiempo favorito?”.  Los números contestaban lacónicamente, pero eso no les importaba a las letras quienes, inquietas, subían barandales, se tiraban en el pasto, trepaban árboles o cambiaban de interlocutor constantemente.

 

            Al final del día, ya de regreso en sus respectivos países,  los números se reunieron para preguntarse si repetir la experiencia era buena idea, pero al estar deliberando, alguien alertó que en la casa del número 3.14, estaba una letra  A, que no había regresado a su patria. De inmediato se presentó la autoridad para saber qué pasaba y con un megáfono gritaron: “Letra A, sabemos que estás ahí, sal y regresa a tu país”. Para sorpresa de todos quien contestó fue 3.14, diciendo: “Deben saber que esta letra A y yo nos amamos en secreto desde hace mucho tiempo y fuimos nosotros quienes promovieron la convivencia para poder vernos”. Todos los números quedaron atónitos ante la sorpresiva respuesta, decían que era inusitado  que un número sintiera algo por una letra.  Los reales mandaron una nota diplomática al otro país para acordar qué hacer y finalmente decidieron mandarlos al exilio, puesto que ya no tendrían lugar en ninguno de los dos territorios.

 

            3.14 y A partieron hacia el lugar definido tristes, pero a la vez contentos de que no los hubieran separado. Parientes y amigos de los exiliados obsequiaron víveres y utensilios para sobrevivir en el lugar al que habían sido enviados. Se sintieron solos al principio, pero nuevas parejas de letras y números llegaron y en poco tiempo formaron una villa. Cuando veían que su población amentaba, se preguntaban por qué las letras y los números hacían tan buenas parejas si habían estado distantes tanto tiempo. 3.14, que era el líder, se autonombró “Pi” y sirvió de inspiración para que todas las constantes recibieran un nuevo nombre en honor a las letras, como el 2.7182 que se llamó “e”. Más tarde descubrieron que al interactuar con los textos formados por las letras podían dar métrica a los versos y con estos hacer tercetos y cuartetos. Los números negativos, que leían al revés, descubrieron los palíndromos. El valor indeterminado de algo podía representarse con una “x”, “y”, o una “z” y les llamaron variables. Desarrollaron juntos fórmulas y ecuaciones para describir a la naturaleza al mismo tiempo que lo hacían con los más hermosos poemas.

 

            Al final, letras y números  entendieron que encontrar a alguien distinto a uno, no es malo, sino es la oportunidad de tener un complemento en la vida.


Semblanza

Ignacio Esquivel Valdéz

Nací en el verano de 1966, en la ciudad de México, aunque crecí en Tultitlán, Estado de México. Estudié la carrera de ingeniero en computación en la UNAM. Soy aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Toda mi vida he hecho intentos literarios, pero desde el 2004 tengo como pasatiempo regular escribir relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas. He participado durante cuatro años consecutivos en los Juegos Bancarios dentro de la categoría de Cuento, con una medalla de oro y una de bronce, pero más que nada,  gustoso de ser modesto partícipe en el oficio de plasmar las ideas, emociones  y sueños con la pluma.

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