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Opinión



Las posibilidades de los candidatos independientes

Jueves, Enero 11, 2018 - 16:31
 
 
   

Perder el miedo al posible fin del mundo. Marcar agenda. Hablar con libertad de todo.

Todos los partidos del mundo tienden al centro. Al centro-derecha, claro está, pero lo relevante es que los partidos se parecen cada vez más hasta el punto de volverse indiscernibles. Es la lógica electoral de ganarse el “votante medio”. Este votante medio es el prototipo del ciudadano que todavía tiene algo que perder y, por tanto, apuesta por conservar sus pequeños privilegios. Pero preguntamos aquí: ¿qué papel puede jugar un candidato independiente en este escenario? El candidato independiente puede tener la fantasía de que realmente puede ganar, venciendo heroicamente a las millonarias, corruptas y clientelares estructuras de los partidos. No digo que tal fantasía sea imposible, ni que un candidato independiente no apunte a ganar, pero hay una consideración más importante que debe hacer. El candidato independiente que quiera ganar a toda costa, sin duda moderará su discurso, seguramente se moverá hacia el “centro”, seguramente hará alianzas con los “sospechosos comunes” y así, terminará pareciéndose a sus contendientes oficiales. Pero el candidato que esté dispuesto a perder tendrá la mayor de las libertades, pues podrá colocar los temas y argumentos sobre los que nadie (de arriba) quiere oír nada. Este candidato no querría perder, sino que estaría dispuesto a hacerlo. Él tendría el coraje de decir verdades, porque su enunciación valdría más que el triunfo electoral. Ahora, paradójicamente, justamente ahí se recobraría la legitimidad del espacio electoral. Y quién sabe, quizá este gesto se convierta en un mérito capaz de hacer ganar, pues el triunfo más digno sólo se obtiene cuando ganar no lo es todo.

Una vez un representante del partido alemán La Izquierda (Die Linke) dio en su acto de campaña una lección sobre el poder de los partidos pequeños: no ganaremos una elección nacional, ni tendremos poder para negociar un canciller. En el parlamento no superaremos quizá el cinco por ciento. ¿Para qué molestarse entonces? Porque quien enuncia las preguntas más radicales y los temas más cruciales de la vida pública, necesariamente exige que sus contendientes le respondan. Él pone la agenda y son los candidatos promedio lo que resultan expuestos en su trivialidad. Un partido pequeño tiene la libertad de hablar con coraje y nadie puede guardar silencio frente a eso. Cuando surgen movimientos sociales no-institucionales o acusados de “violentos”, inmediatamente son desautorizados por los medios oficiales. Una clase política segura de sí misma, legítima, no pierde tiempo respondiendo al ruido de minorías infundadas. Pero una clase política sin verdad es inmediatamente agredida por cualquier verdad política que se enuncie en voz alta. Por cierto, que aquella tiene sus insultos estándar para quien le disputa el poder: “populismo”, “irresponsabilidad”, “violento”, “minoría”, “intereses oscuros (externos, extranjeros, anarquistas)”. La tarea del partido pequeño, como del candidato independiente, consiste en ser implacable en su discurso hasta ser oído, hasta que le revienten los oídos a los que no quieren saber nada de ello. 

El recubrimiento ideológico contemporáneo del poder no requiere de legitimidad. No primariamente. Su carta fundamental es afirmar que no existen opciones. Churchill decía: la democracia es el peor sistema … con excepción de todos los demás. Esta fórmula se repite de manera ubicua. El capitalismo, se afirma, es el peor sistema económico … con excepción de todos los demás. Y en estas tierras se dirá: Meade es el peor de los candidatos … con excepción de todos los demás (varíese el candidato si se quiere, aquí se vota por el menos peor). Pero si se pretende discutir el sentido de la palabra democracia por fuera de la estructura electoral, entonces se presagian calles llenas de cuerpos alienados en una sociedad autocrática distópica. Y si se discute concretamente una economía por fuera del capitalismo se alerta contra la inminencia de un terror estalinista-siberiano.

No es difícil ver que detrás de estas afirmaciones, aparentemente tan pragmáticas, se esconde una profunda teología. Carl Schmitt vio siempre en la figura del líder político, un elegido para postergar el apocalipsis. La política no busca, a sus ojos, la justicia, pero tampoco la perpetuación sin más de las relaciones de dominación. El verdadero poder político, instanciado en el líder, reside en su capacidad de darle tiempo al tiempo, de ganarle unos años al fin del mundo. Entonces, no sorprende la frase de Churchill, si se piensa el contexto de una guerra mundial. No sorprende tampoco la misma frase referida al capital cuando un Hayek la enuncia sobre el fondo del nazismo y luego de los gulags (queriendo mañosamente hacer pasar el comunismo por fascismo sin más). Pero el riesgo catastrófico que pretendemos evitar por medio del capitalismo democrático contemporáneo ha dado realidad a muchas otras muchas catástrofes (sociales, ecológicas, políticas, económicas), que coinciden cada vez más con nuestras visiones más apocalípticas.   

Durante las últimas décadas antes de perder la presidencia en el año 2000, el PRI mantenía su poder ideológico sobre el miedo al caos, invocando la estabilidad económica, la paz social y el funcionamiento institucional. Pero esta normalidad económica, ahora “responsable”, gracias a decisiones como la libre flotación del peso, la privatización de instituciones clave como la banca y las telecomunicaciones, o la firma de tratados de libre comercio, evitó, sí, las dramáticas devaluaciones de antaño, pero también las recuperaciones, dejando definitivamente atrás la posibilidad de un nuevo “milagro mexicano” como el de principios del siglo XX. Su verdadera herencia fue, en cambio, una muy estable y constante inflación, un estancamiento económico (la temible combinación de ambas, llamada stagflation), una caída del poder adquisitivo y la concentración de la riqueza, o sea, generando mayor desigualdad. La paz significó una muy estable guerra de baja intensidad en Chiapas, Oaxaca y Guerrero, que no hacía sino continuar la guerra sucia de los 70’s. Y las famosas instituciones, ya carcomidas, no eran sino el cadáver de un proyecto de Estado en declive. El candidato independiente debe perder el miedo al posible fin del mundo.

Hoy, que en todo el mundo se protesta contra el capitalismo neoliberal y contra la democracia electoral, las potencias advierten del apocalipsis que nos aguarda si cualquiera de los dos colapsa. Ahora, claro, la derecha tendrá razón si al capitalismo se opone una variante del fracasado socialismo soviético y a la democracia electoral, la figura de un líder carismático o, su reverso, una supuesta y feliz democracia directa. Lo que debe pelearse hoy es la definición de un proyecto que reclame su herencia de izquierda, pero que reconozca las posibilidades y actualidades del capitalismo (su dinamismo, su capacidad creativa, sus libertades, su carácter revolucionario, su fuerza destructora de poderes arcaicos). En cuanto a la democracia, debe pelearse el nombre mismo y no limitar su significación a un sistema electoral. Pero aclaremos: la tarea no consiste, en absoluto, en suspender la democracia electoral. El voto, las elecciones y las cámaras de representantes son un mecanismo efectivo y razonable, incluso imprescindible, para la vida social de un país. Se trata más bien de hacer dichos mecanismos permeables a todos los sectores de la población, de generar diferentes modos de participación, es decir, de democratizar el acceso al poder (político y económico), lo cual exige, sí, intervenir instituciones electorales, pero también producir mecanismos nuevos de decisión y participación en universidades, empresas o en el campo.

El poder es una relación de fuerzas, no un sitio que pueda ser tomado. El mercado es el nombre del escenario del intercambio económico. La política, el del intercambio social no-mercantil. Por ello se puede suprimirlos, ni subordinar uno al otro. El objetivo deberá consistir en alcanzar una organización social y erigir las instituciones que regulen el flujo de poder en el mercado y en lo político. El problema no es el mercado, sino el monopolio, la captura de plusvalor, la privatización de la ganancia y la socialización de los costos (en eso el capitalismo fue 99% socialista). El problema no es “la democracia”, sino la partidocracia, las prácticas clientelares, la monopolización de las instancias de toma de decisión que competen a toda la sociedad. Y en este punto es preciso no dejar lugar a dudas: el problema no se resuelve controlado política y economía, ni tampoco dejando hacer, como si las instituciones simplemente obstruyeran un supuesto flujo primario y libre. La pregunta no es regular o no regular, sino qué, cómo, cuándo y dónde.         

La gran posibilidad de los candidatos independientes consiste hoy, de manera muy decidida, en hablar de todo esto. En discutir el capitalismo y la justicia social en cuanto tales (renunciando a invocar todos los lugares comunes de la clase política) y en disipar las amenazas, ya interiorizadas por tantos, de que fuera de aquel se esconde el fin del mundo. Será tarea de los candidatos independientes poner en juego otro sentido de la palabra democracia: no ganar a toda costa y tener el coraje de enunciar verdades políticas, aunque sea dentro de los confines de una elección, porque, si lo hacen, entonces irán justamente más allá del estrecho contexto electoral.

Quisiera terminar con una famosa frase de E.P. Thompson, el historiador y escritor inglés socialista, que reza así: “Aprendemos, ni por primera ni por última vez, que resulta una tarea desagradecida y terriblemente larga intentar influir en el curso de la historia por medio de pequeños movimientos desde abajo. Con todo, tales posiciones minoritarias, a lo largo de gran parte de la historia humana registrada, han sido los únicos lugares honorables donde estar; tampoco fracasan siempre a largo plazo.”

        

Twitter: @arturoromerofil


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Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

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