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Opinión



Estrés postraumático mexicano

Lunes, Octubre 2, 2017 - 21:54
 
 
   

El orden de las cosas y su representación en la conciencia. El sismo lo rompió. Eso es estresante.

Me han pedido insistentemente que explique mi versión gestáltica del estrés postraumático, término que no solo se ha vuelto cotidiano y de uso generalizado, sino que está considerado como una de las necesidades de emergencia entre los mexicanos, principalmente aquellos del sur y centro de la república que vivimos esos impactantes momentos que la tierra temblaba, las casas se movían como si fueran de papel y las personas gritaban, lloraban, rezaban e imploraban a Dios que los ayudara –cosa que por cierto, ni el propio Dios alcanzó a hacer-. Comenzaré mi disertación.

Nuestra relación con el mundo, o digamos para ser más concretos, con nuestro entorno, está dado a través de memorias de muchos tipos, sabemos que están ahí las cosas y memorizamos dónde están y cómo están y para qué sirven a través de complejos sistemas de adiestramiento o de inteligencia que nos deja saberlas y ubicarlas. Sin embargo, no solo hablamos de las cosas, también de esta manera nos relacionamos con las personas, con las palabras que estas personas emiten, con sus ideas, con sus formas de ser, con sus formas de vestir, con las órdenes que nos dan, etcétera. Podemos incluir sentimientos y emociones que también nos ayudan a vincularnos con los demás.

A todo esto los gestaltistas le llamamos autorregulación, regulamos de manera personal, propia, individual, son cosas que también decidimos, quizá desde nuestra conveniencia, desde nuestros esquemas de lo que es la vida o de la manera que la entendemos. Autorregular con el entorno significa diariamente y en todo momento un complejo sistema de mecanismos de todo tipo que nos hacen pensar que lo que estamos viviendo se parece a lo que hemos vivido y pensamos que se parecerá a lo que viviremos en el futuro, a esto le llamamos “normalidad”, mayormente en el sentido de que es una experiencia –le llamamos también vida-, que está normalizada, es regular en ese sentido.

Cuando un evento imprevisto e irremediable desorganiza por completo esta relación y las cosas ya no están en su lugar, los sentimientos tampoco, las pérdidas comienzan a ser dolorosísimas y el cuerpo nos duele, cuando el terror de la caída de las casas la hemos vivido como una huida en la que logramos salvar nuestra vida, el impacto de tan tremendo evento se queda instalado en las memorias, no solo de estas formas de autorregulación en un sentido relacional, muchas de estas memorias se instalan en el cuerpo mismo, en los músculos, en el cerebro, es un impacto que nos deja memorias que no teníamos, que incluso no conocíamos.

Nuestros diferentes sistemas particulares de registro –la mente, la inteligencia, la memoria, el cuerpo, las emociones, las ideas, los introyectos, etcétera-, se reorganizan frente al tremendo evento traumático. La conciencia se desacomoda, básicamente por el hecho de que una memoria le dice que algo terrible pudiera volver a suceder como ya sucedió antes -o peor-. Ciertos sistemas se activan y se alertan tremendamente, nos ponemos hipersensibles, un pequeño ruido nos asusta inmediatamente, algo a volumen alto puede provocarnos brincar o incluso gritar también, correr, huir de nuevo, intentar salvarnos nuevamente. Problemas de insomnio, de inapetencia,  sensación de cansancio crónico, abatimiento, tristeza repentina, miedo repentino, etcétera. Mareos, tensión en la cabeza, ganas de no levantarse, depresión declarada, incapacidad de levantar el ánimo, etcétera, estos son los síntomas de lo que ahora llamamos el estrés postraumático.

Existe otro estrés, uno muy nacional por supuesto, el que está relacionado con la incredulidad, con la negación a ultranza de todo lo que se dice y todo lo que se propone, el resultado irremediable de años de noticias relacionadas con la corrupción y el hurto de los erarios públicos, con la sinvergüencería de saber lo que los parásitos de la política ganan al mes y las casas que se construyen, los autos que tienen, los relojes que se compran, las vidas de dispendio que se dan. El cinismos de etiquetar los víveres del pueblo con el rótulo del PRI o del DIF, ese, a pesar de que es un evento que conocemos, nos deja siempre con una tremenda rabia, una vez más nos quieren hacer entender que sus valores son los buenos, los valores que ya todos conocemos cómo son y para qué sirven. La rabia también levanta multitudes, también ayuda a expresar voluntades populares, quizá podemos decir que es rabia postraumática, ira contenida, enojo postergado, encabronamiento procrastinado, son síntomas nacionales que también deberemos adjuntar al ya mencionado. Saludos a todos y todas. 


Semblanza

Abelardo Fernández

Dr. en Psicología. Coordinador de Desarrollo Humano y docente de la Escuela Libre de Derecho de Puebla (ELDP) Psicoterapeuta Gestalt, Musicoterapeuta, autor del libro: Desarrollo Humano para Abogados.

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