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Opinión



El espíritu de participación social

Miércoles, Septiembre 27, 2017 - 22:26
 
 
   

El sismo del 19 de septiembre. La derrota de la clase política mexicana

No asimilamos el golpe de la semana pasada y aflora una percepción generalizada en el país e incluso en el extranjero: la clase política mexicana no está, ni estuvo, a la altura de las circunstancias. No ha sabido responder el infortunio de los desastrosos efectos de los terremotos del 7 y 19 del presente mes.

 No solo quedó atónita. Sin el menor pudor y decencia, se ausentó, desapareció, se esfumó del escenario social. Ha vuelto una semana después para lucrar con el dolor de los damnificados. Poco le importan los deudos y la desesperanza de los miles que perdieron todo.

La clase política; aquella que vive de la administración pública federal, estatal, municipal, la que se encuentra en la burocracia de los partidos políticos, la que detenta los puestos de representación política en todos los niveles, es un espectro. Senadores, diputados federales y locales brillaron por su ausencia. De las declaraciones no han pasado. Ni en la capital del país, ni en las zonas afectadas se han hecho presentes. Eso sí, se aprestan, todos ellos, a subirse al barco de la reconstrucción, como lo hicieron ya algunos con la ayuda generosa de la sociedad, inmediatamente después del sismo.

En la ignominia, obstruyeron labores de rescate, acapararon la ayuda enviada; ocurrió en Chiapas, Oaxaca y Morelos (1) (http://www.eluniversal.com.mx/columna/periodistas-el-universal/nacion/rapina-sismica-en-morelos). En casos documentados por los medios, procedieron a poner el logotipo de diversas dependencias federales en las despensas enviadas. En otros, de modo cínico, se robaron los productos destinados a los afectados.

Mal síntoma. No son hechos aislados, va más allá de la corrupción gubernamental. En el desastre, aparece la ruindad humana.

La mezquindad mostrada no tiene límites. Son síntomas de patologías sociales crónicas de una clase política en descomposición; consecuencia del extraordinario poder discrecional que emana de las instituciones y que manos voraces han aprovechado como si fuera derecho patrimonial, al grado de no distinguir el ejercicio situaciones de catástrofe como la que atravesamos; de la historia del ascenso político de las elites, sujetas a un riguroso periodo de disciplinamiento cuyo vértice, el presidente de la república o cualquier autoridad de cualquier nivel, solo admite lealtades infames provocando resentimiento contra la sociedad, descargando sus patologías en contra de la sociedad y de quienes han encarado, más mal que bien, los excesos de poder, la violencia social y política y la impunidad con que saquean las arcas públicas. A la elite política, al contrario de un aforismo clásico, mostró que todo lo humano le es ajeno. El dolor de las victimas también.

¿Qué se puede esperar de los responsables de tomar decisiones si han puesto en entredicho su condición humana?

Muy poco o nada. Sin conocer datos y la magnitud de la catástrofe, al siguiente día hacían cuentas alegres de cuánto dinero requerirían “su” dependencia para reconstruir.

Sus actos de rapiña hicieron visible en toda su crudeza la avaricia gubernamental. Al momento, los altos mandos no han renunciado a los jugosos bonos de gasolina, medicamentos, viáticos en ninguna dependencia federal, menos hay disposición gubernamental para iniciar, el obligado recorte presupuestal de salarios y prestaciones de la burocracia dorada de los tres poderes de la república, para armar un fondo que permita solventar los más de 200 mil millones de pesos -que arrojan los primeros cálculos-, requeridos para la reconstrucción. Esperan donaciones de ciudadanos, empresas, países, organismos internacionales que, por mucho altruismo no alcanzará. Pesa en contra de dicho espíritu la desconfianza generalizada hacia una clase política rapaz, corrupta, cínica. Las donaciones, el acopio de alimentos preferían hacerlo de modo directo, precisamente por el negro historial de los políticos mexicanos.

Uno de los problemas para que la ayuda internacional fluyera fue el de la desconfianza. Se preguntaron: ¿Cómo hacer para que el material recolectado no pasara por manos gubernamentales? Ahora la pregunta obligada es: ¿Qué hacer para que los fondos de la hacienda pública mexicana y las donaciones privadas e internacionales sean bien empleados?

Al contrario de la estulticia y corrupción infame de la elite política, las labores de rescate en las zonas afectadas corrieron por cuenta y riesgo de un ejército de miles de voluntarios provenientes de todo el país. Viajaron cientos de kilómetros, atendieron a los enfermos, dieron alimento, removieron escombros, rescataron personas. Los medios son prolíficos en las narrativas de heroísmo y generosidad humana, que significó remover escombros para rescatar víctimas del colapso de edificios y viviendas, así como para armar la retaguardia –agua, alimentos, medicamentos- para la acción de los voluntarios. 

A contrapelo de las instituciones, deseosas de “volver a la normalidad”, la sociedad tiene después del 19 de septiembre, nuevas claves de acción social y política no constreñidas al comportamiento de la esfera gubernamental.

Intuye o sabe que nos encontramos en una zona de alto riesgo y que parte de la viabilidad y sobrevivencia, depende de la capacidad que tenga para influir en las decisiones gubernamentales antes, durante y después de eventos sísmicos.

Por ello lo deseable sería, al contrario de la intención de las elites, no disminuir el espíritu de participación social en la reconstrucción, pues esta no será al margen de las instituciones estatales.

Es imperativo transparentar todo el proceso de reconstrucción, posible si y solo si se crean instancias de participación ciudadana que vigilen el uso de los recursos y su correcta aplicación. Una condición de ello es la máxima publicidad de dichos procesos.

El grado positivo de influencia y la capacidad para combatir la corrupción se encuentra, además, asociado al acompañamiento que hagan las instituciones de educación superior, públicas y privadas, con los esfuerzos de la sociedad. La ausencia universitaria, su auto marginación, la complacencia, el silencio, dañan, los ejercicios simulados de armonía pública obstaculizan, retardan y hacen que el buen gobierno siga siendo un sueño. La inteligencia universitaria no debe renunciar a su condición de conciencia crítica

El supuesto de ciudades (y pueblos) sustentables, mantiene como prerrequisito la democracia participativa. Acaso en la tragedia, dimos un paso en esa dirección, resta impedir que las inercias de una clase política descompuesta descarrile y se lleve los atisbos de lo que puede ser una luz en el largo y doloroso trajinar para conquistar una mejor sociedad.  

gnares301@hotmail.com


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Guillermo Nares

Doctor en Derecho/Facultad de Derecho y Ciencias Sociales BUAP Autor de diversos libros Profesor e investigador de distintas instituciones de educación superior

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