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Opinión



Blanca Alcalá, su esencia política

Miércoles, Agosto 9, 2017 - 07:47
 
 
   

Lidia Zarrazaga Molina creó en Puebla la nueva clase política que hoy encabeza Blanca Alcalá Ruiz.

Leer cuentos y novelas nos hace

por fuerza mejores personas.

Jorge Volpi

Lidia fue una mujer inteligente y visionaria. Su actitud y trabajo político dio pie para que sus amigos confirmaran que, en efecto, a veces se invierte aquello de que detrás de un gran hombre hay una extraordinaria mujer. Esto porque su esposo Juan Bonilla Luna —por cierto un ser singular tanto por su inteligencia como por su cultura— la apoyó sin restricciones a sabiendas de que ella tenía una inteligencia brillante y receptiva, misma que combinaba perfecto con su acertada visión de futuro.

En su ejercicio como diputada local, Zarrazaga detectó y organizó a las mujeres poblanas que años después representarían la sensibilidad social y el talento político, características que habrían de impulsarlas al escenario nacional..

A ese grupo, como lo apunté arriba, pertenece la senadora con licencia y desde el pasado martes 8 de agosto embajadora de México en Colombia. Mi aserto se basa en lo que hace años Blanca Alcalá me confió con la satisfacción de haber sido ella una de las colaboradoras cercanas de Lidia. Transcurrían sus últimos meses como presidenta municipal de Puebla. Fue cuando escuchó el canto de las sirenas: “Tú serás gobernadora del estado”, decía la antífona musicalizada.

Le pregunté sobre semejante posibilidad, la de contender para encabezar el poder Ejecutivo de Puebla. Su respuesta reveló alguna de las tantas enseñanzas de su amiga Zarrazaga. Me dijo segura (lo repito de memoria): “Entiendo que está difícil lograrlo debido a las fuerzas antagónicas a mi sector (léase antifeminismo). Sin embargo, lo peor que puede pasar es que este tipo de manejo y menciones me permitan pugnar por uno de los escaños del Senado de la República”. Como el lector sabe la candidatura le llegó a Blanca precisamente por ser senadora (no antes) y figurar como uno de los principales activos de su partido. Perdió aquella contienda debido a que se le atravesó el interés personal y la estructura electoral de Rafael Moreno Valle, el gobernante empeñado en hacer ganar a su candidato: Tony Gali le garantizaba lo que por ética la priista le hubiese negado.

Antes de su trágica muerte, Lidia tuvo a bien confiarme alguna de sus observaciones. Entonces ella era uno de los integrantes del Congreso de la Unión con derecho de picaporte en el despacho de Luis Donaldo Colosio Murrieta, a la sazón presidente nacional del PRI. La conversación giró en torno al hecho de que Melquiades Morales omitiera las instrucciones-condición de Colosio: “Serás el presidente del PRI en Puebla. No le pidas nada al gobernador (Mariano Piña Olaya). El partido te apoyará con lo necesario para fortalecernos en el estado. Es importante que te alejes de esa mala influencia”. Ocurrió lo contrario y Melquiades prácticamente se entregó al gobernador. Coincidí con Lidia en que la disciplina al poder político de su estado pudo más que el compromiso de Melquiades con el liderazgo de su partido. Para fortuna de este ex gobernador, el asesinato de Luis Donaldo le permitió prevalecer en la política nacional hasta llegar a ser embajador en Costa Rica.

Ese tipo de, llamémosle confidencias, nutrieron la “cultura gubernamental” del grupo de mujeres que rodeaba a Lidia, entre ellas Blanca Alcalá Ruiz. Aprendieron a moderar sus ímpetus para seguir siendo parte de los compromisos partidistas. Asimismo abrevaron la disciplina política que hace confiables a los servidores públicos.

En fin, veo a la nueva embajadora como el reluciente ejemplo de ese aprendizaje que necesariamente tendrá que ser aderezado con la experiencia diplomática, además de la cultura que se respira en Colombia. No importa el tiempo que funja como embajadora. Lo trascendente está en la oportunidad que tiene para aspirar el aroma del barro de Macondo, y escuchar el concierto de los turpiales, canarios y petirrojos, y disfrutar los colores, en especial el amarillo que sedujo a Gabriel García Márquez.

Si lo logra, sin duda su vida pública se habrá enriquecido.

acmanjarrez@hotmail.com

@replicaalex


Semblanza

Alejandro C. Manjarrez

Es autor de varios libros, entre ellos: Puebla el rostro olvidado; El choque de las águilas; Crónicas sin censura; Casa Aguayo (Coautor); Retrato hablado; Orgullosamente poblano; Cinco opúsculos de corte histórico; El poder de la sotana; La brigada terminal; Confidencias del poder. Desde hace 18 años escribe la columna Réplica y contrarréplica. Colaboró en la revista Impacto y fue corresponsal en Puebla del periódico Excélsior. Es Presidente fundador y Codirector de la revista mensual Réplica y durante dos años fue articulista de Notimex.

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