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Opinión



Geometría del deseo y la intencionalidad II

Viernes, Junio 16, 2017 - 09:26
 
 
   

Deseo y pulsión, dinámica de lo natural y lo cultural. Los “agujeros” en torno al objeto

En el artículo anterior hablamos de la geometría de la intencionalidad y del paisaje del deseo. Pero aquí surgen dos preguntas: a) cómo entender la historicidad del deseo, es decir, no sólo su forma, sino también su dinámica; y b) ¿cómo entender la discontinuidad de nuestra experiencia, que nos ofrece objetos parciales? Me explico. En la metáfora del paisaje del deseo, podría parecer que los valles, las montañas y las planicies constituyen una geografía fija. Y parece también que, en la imagen de la geometría de la intencionalidad, tenemos un continuum sin cortes, que no haría justicia a nuestra experiencia fragmentaria o discontinua.

Para abordar este problema tenemos que pensar, en primer lugar, en la consistencia del material del paisaje. Determinar algo como fluido o como fijo es una cuestión de escala de tiempo. El planeta tierra es, para nosotros, una gran roca inmóvil, que de vez en cuando se sacude y escupe fuego, pero que permanece esencialmente quieta. Ella es nuestro soporte duradero, la eternidad por antonomasia. No hay experiencia del gran movimiento de la tierra, es únicamente el análisis geológico el que nos hace ver la fluidez de los continentes, sus movimientos. Y es la astronomía la que nos revela la historia del planeta a partir también de un proceso cósmico fluido. Resulta entonces que lo fijo es fijo para algo más, lo mismo que lo fluido. Y esto implica, que hay diferentes velocidades (o viscosidades). La temporalidad de nuestra vida es más veloz y menos viscosa que el planeta, el cual tomamos como nuestro mudo testigo.

Chillida decía brillantemente que la materia es un espacio más lento (aquí una imagen de su magnífico peine de los vientos: http://fotos.diariovasco.com/201101/dsc_0665-copia-640x640x80.jpg). Nosotros podríamos decir que el espacio es un tiempo más lento y viscoso, tomando forma. De la misma manera, lo continuo y lo discontinuo son atribuciones que dependen de una escala. El agua es, para nosotros, la figura por antonomasia de la continuidad. Heráclito hizo de ella la metáfora del devenir continuo. Pero si cambiamos a la escala molecular, el agua abandonará su calidad continua para mostrarnos un conjunto discreto de partículas H2O. Lo fijo o lo movible, lo continuo o lo discontinuo, todo ello es cuestión de escala o de punto de vista. Lo mismo podríamos decir de lo secuencial y lo simultáneo, de lo simple y lo compuesto, de lo uno y de lo múltiple. Es ocioso querer colocar a uno de estos términos como más originario que los otros, sólo importa el juego de relaciones entre ellos y las escalas en las que los ponemos en juego.

Diremos entonces que el deseo tiene su viscosidad, que para nosotros se presenta como algo duradero, pero que por momentos puede acelerarse para transformarse y así producir una nueva topología. No es tan fluido como el mar, pues aunque nuestro talante se agite como él, nuestros objetos de deseo, aquello hacia lo cual nos orientamos y nuestros patrones, son repetitivos hasta el aburrimiento. Y sin embargo, el deseo es también fluido: no hay nada natural en él, se puede modificar. De eso se trata toda revolución: de reconstituir un paisaje y un espacio, ahí donde los lugares, las relaciones y los elementos se parten y se reparten (o distribuyen). El deseo es a veces necio, inamovible en su propia dinámica, como si girara en torno a una roca invisible. Pero a veces se vuelve más suave, y, sin que se deje modelar bajo las manos de un artesano, permite, sin embargo, una redistribución de sus lugares.

Introduzcamos ahora una nueva distinción. Lacan diferencia en su psicoanálisis al deseo de la pulsión. Mientras que el deseo se orienta por una falta (persigue lo que no puede alcanzar), la pulsión gira en torno a un agujero (es decir, alrededor de su objeto imposible, alcanzando la satisfacción sin tocar dicho objeto por el mero hecho de circular en torno a él). La figura topológica correspondientes es un “toro”:

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/e/ec/Torus2.png/220px-Torus2.png

Así, la idea de un paisaje de deseo es una primera aproximación, que será más justa si introducimos agujeros en aquel, propios de la noción de pulsión. Ahondemos un poco en esta imagen. Un agujero en un espacio, es un vacío por donde no se puede pasar, algo que obliga a desviar nuestro camino, a dar un rodeo. Es verdad que el deseo pinta sobre el mundo una especie de paisaje, pero al mismo tiempo, la pulsión, esa otra fuerza que nos impulsa hacia algo (que sin embargo no nos satisface directamente) y que se encuentra entre el cuerpo y lo psíquico, parece moverse en círculo, rodeando su objeto sin querer alcanzarlo directamente. Los picos del paisaje no están para subirse como un monte Sinaí donde uno pueda estar más cerca del objeto de deseo, ni para contemplar desde las alturas. Los picos pueden ser a veces “infinitos” (como si restáramos un punto del espacio) y convertirse entonces en agujeros que nos atraen, pero que solo podemos rodear. Así, sobre el espacio de deseo, se trazaría la topología de la pulsión, es decir, aquellas “regiones” que no podemos acceder (en tanto agujeros), pero alrededor de las cuales circulamos constante y neciamente y que, siguiendo otra metáfora, podrían constituir algo así como “atractores extraños”(Atractor de Lorenz:

http://1.bp.blogspot.com/_d042CW4fZzk/SyiIVXYRItI/AAAAAAAAAZU/TTQXzZDL64w/w1200-h630-p-k-no-nu/LorenzAttractor.jpg).

Así pues, “sobre” el espacio simplemente continuo del deseo, se trazaría el espacio agujerado de la pulsión. Dichos agujeros son positivos, constituyen la forma del espacio, que nos obliga a desviar la necesidad natural y a hacerla pasar por la cultura.

Una distinción fundamental del psicoanálisis es aquella entre la necesidad y la pulsión. La necesidad siempre puede ser satisfecha, como el hambre. Pero, como dice Marx en los Grundrisse: “El hambre siempre es el hambre, pero la que se aplaca con carne condimentada y es ingerida mediante cuchillo y tenedor es diferente al hambre de quienes comen carne cruda con la ayuda de las manos, las uñas y los dientes”. Para nosotros no existe el hambre “pura”, el cuerpo puro, sin intervención de la fantasía, las expectativas y los símbolos. Cuando Freud habla de la sexualidad como el campo donde se dirime el deseo, no habla del coito sin más, sino del desencuentro de la carne cargada de palabras, de demandas y de expectativas. Concentrémonos en el hecho de que tenemos hambre de carne con sal, que en el hambre habita el encono por la privación premeditada de comida que genera un sistema económico, que en la cama, desnudos, vamos a intercambiar malentendidos, que la electricidad y el agua no son meros servicios (que provee el Estado o en tiempos más recientes alguna ominosa empresa) sino que forman parte de un entorno de disponibilidad de las cosas que produce la ilusión de que ejercemos una potencia sobre la naturaleza. Lo que esto quiere decir es que no nos relacionamos con ningún objeto sin relacionarnos, al mismo tiempo, con los otros y no directamente, sino a través del lenguaje. Lo que esto produce es una relación tripartita entre uno, el otro y la cosa. En el ejemplo de la carne, un lujo absoluto para la mayoría de la humanidad, no tenemos una mera relación entre un cuerpo y un alimento (o entre un sujeto y un objeto), sino entre un productor, un producto y un consumidor, que a su vez supone un mercado de circulación de mercancías, trabajo, valores y palabras.

El concepto de pulsión “resuelve” (o cambia al menos los términos de) un viejo problema relativo al deseo, que es el siguiente. La vida no es nada sin deseo, sin anhelo, sin apuntar a algo que no posee a una falta. Pero al mismo tiempo, si la vida no puede alcanzar nunca lo que desea, entonces, existe en perpetua frustración. En la vida misma, parece que alcanzar lo que se desea no solo produce una decepción (siempre se quiere “algo más”), sino que la idea misma de satisfacción parece contradecir el movimiento constante de aquella. Lo que quiere la vida, la satisfacción, en realidad la mataría, pues la vida es anhelo y el anhelo supone falta y desequilibrio constantes, no satisfacción. Toda finalidad de la vida parece darle una justificación, pero si este fin se alcanzara, la vida acabaría. Por la misma razón parecería que el fracaso es única forma de vivir, es decir, no alcanzando lo que se anhela.

Pero la pulsión no quiere ser satisfecha en un objeto, en realidad, no existe ningún objeto que pueda satisfacerla. La pulsión gira en torno de un agujero. Pero ese agujero no es una falta, sino que es aquello que da forma al espacio. Para ser más exactos, lo que hace la pulsión es trazar un espacio en torno a un agujero (que representa el objeto “imposible” o la falta convertido en algo positivo, es decir, un agujero, que Lacan llama objeto a).   Pensemos un ejemplo: en el trabajo, nunca se puede llegar suficientemente alto, nunca se puede acabar con los pendientes, nunca existe el reconocimiento merecido, los aumentos nunca arriban y la cantidad siempre es insuficiente. Pareciera que la meta del trabajo es ganar dinero, obtener reconocimiento, triunfar, blah, blah. Pero de hecho, nada de eso sucede nunca, pues incluso donde hay triunfo, subsiste la insatisfacción, el objeto que se aleja y que se desvanece. Lo que no se aprecia, es que este girar en torno al “reconocimiento”, por ejemplo, es suficientemente fuerte como para capturarnos en su órbita. No importa si se obtiene o no, el juego mismo es lo que sostiene al deseo. No es solo la necesidad de comer lo que nos mantiene en un trabajo, es todo el entramado de objetos y juegos lo que nos captura y nos retiene ahí, incluso a pesar de la insatisfacción e incluso cuando la insistencia va contra la propia vida. Lo que hay que resaltar es el hecho de que la pulsión, en su movimiento en torno a un objeto imposible, traza un espacio de posibilidades y en ese sentido, es constructiva. Y yendo un poco más lejos, el espacio por donde circula la pulsión o que ella traza en su recorrido, no provenga de ella misma, sino de eso que llamamos institución en sentido amplio.

Podríamos decir entonces, que la pulsión surge en el espacio de la cultura en el cual debe de moverse un impulso nacido de la naturaleza (como el hambre, en nuestro ejemplo). Se trata de la geometría social que impone posibilidades y restricciones a ese impulso natural, obligándolo a tomar trayectos “indirectos” o “curvos” que han de pasar por el lenguaje. Si mantenemos la idea de espacio topológico para hablar de la pulsión, podríamos decir que el lenguaje introduce un agujero en la experiencia del cuerpo vivo. No tenemos experiencia plena de las cosas, de hecho, las cosas, o mejor, lo objetos de deseo son inconsistentes, contradictorios, desaparecen, se multiplican o se concentran. Ahí donde el cuerpo vivo nos llevaría por un camino recto, el espacio cultural introduce el desvío, la postergación y un camino particular que hace pasar (y traducir o trasponer) a la sensación por los espacios del lenguaje, produciendo una topología llena de agujeros. Ahora, esos agujeros que estructuran el espacio y que modifican los caminos posibles en él, también lo podríamos ver desde el punto de vista de la geometría no-euclidiana. El espacio de la cultura introduce su “curvatura”, desviando las trayectorias “naturales”. O bien, introduce agujeros en el continuum de la experiencia. O bien, introduce atractores extraños que, por un lado, hacen impredecible la conducta en cierta escala de tiempo, pero en otra, la muestran como empecinada en torno a ciertos “imposibles”.

@arturoromerofil


Semblanza

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

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