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Opinión



Utilidad de la historia para la formación política

Miércoles, Abril 19, 2017 - 15:34
 
 
   

La historia magistra vitae. La reflexión de Maquiavelo. Los aportes de Voltaire y Vico. Siglo XXI.

La política tiene una connotación variada y diversa, a veces es esa cosa fastidiosa, chocante, pesada, llena de cinismo, corrupción, impunidad, búsqueda obsesionada del poder, por el poder y para el poder. Además de fastidiosa es algo que no despierta el mínimo interés. Pero a veces también es –lo veamos o no- la forma más eficaz de resolver problemas de diversa índole que tienen que ver con acceso a la salud, a la educación y a las posibilidades de cierto bienestar. De hecho, si revisamos la historia en sus generalidades, el paso de la barbarie, de la ley de la selva, del garrote vil, al espacio civilizado (largo trecho pero al final tránsito), lo que ha permitido ese gran paso ha sido precisamente la política: esa capacidad de sentarse, dialogar, reflexionar para resolver conflictos sin emplear, en primera instancia, el garrote.

El proceso histórico en general puede verse como ese intento, deseo y búsqueda de mejores condiciones de humanidad: paso del estado salvaje y bárbaro al de leyes y de convivencia civilizada, con instituciones que permitan lograr el bien común, es decir, todo aquello que suscite, desarrolle y logre la realización de la humanidad que hay en cada ser humano mediante la convivencia pacífica. Ha sido un largo camino, difícil, arduo y no siempre exitoso pero muestra que hay cambios cualitativos relevantes. La filosofía, el arte, la ciencia, las humanidades en general muestran también ese rostro de los seres humanos a lo largo del tiempo de querer realizar su humanidad, su esencia y su condición humanas.

Claro, está la otra cara de la moneda: la historia también ha sido el escenario de las guerras, del nacimiento, desarrollo y decadencia de los imperios, de las luchas por el poder. Toda la historia humana está acompañada de conflictos de diversa dimensión. Hoy mismo en las regiones de Medio Oriente se viven como lugares sin ley o, mejor dicho, bajo la ley del más fuerte, del que tiene armas, dinero, poder, tecnología. Curioso, con elementos de civilización, de logros civilizados, o de objetos e instrumentos de la civilización (la tecnología en especial), con ellos mismos, se masacra a la gente, a los pueblos, a las personas.

Pero eso mismo muestra lo que quiero decir: que la historia nos ilustra lo que han sido las cosas humanas, las decisiones de los dirigentes políticos, sociales, económicos y religiosos. En tal sentido es magistra vitae; inclusive, eso mismo es lo que hace notar el propio Maquiavelo: frente a los problemas políticos, ante los conflictos presentes –para resolverlos-, es preciso mirar la historia para ver cómo los resolvieron los hombres del pasado. No es que el florentino haya descubierto la enseñanza de la historia, sino que le dio un tono pragmático y de utilidad para las decisiones políticas. Casi como si dijera: Tú, político, que debes atender determinados asuntos, que tienes que resolver tales y cuales problemas, ante este asunto o problema, puedes resolverlo como lo hicieron en el pasado fulano de tal, o zutano de tal. La clave, por tanto, está en la historia. El político, por eso mismo, ha de estar empapado de conocimiento histórico.

En el siglo XVIII, poco más de dos siglos después de que Maquiavelo escribiera El príncipe, Voltaire acuñaba un término que llegaría para quedarse: filosofía de la historia. En un siglo en que estaba de moda y tenía un cierto encanto la ciencia, se introdujo por parte de varios pensadores el interés por la historia y su nuevo enfoque: la utilidad, su sentido práctico. La historia es sobre todo la experiencia humana. Y para atender los problemas presentes, hay que acudir a esa experiencia acumulada, ahí, y no en la teoría o las abstracciones, encontraremos la clave de solución de los mismos. Incluso, con un toque de genialidad, a inicios de ese siglo XVIII, Giambattista Vico formuló una nueva premisa para la validez del conocimiento: sólo se conoce -con certeza- lo que se hace. Dios, por ejemplo, que hizo la naturaleza, la conoce a la perfección. El ser humano que hace la historia, la conoce a la perfección. Por tanto, el auténtico conocimiento, más allá de las ciencias naturales, es el histórico: conocemos lo que hemos hecho, esa es nuestra experiencia. Y de ahí nutrimos y alimentamos nuestro conocimiento. Con ello, la historia adquiere un nuevo status: es la nueva ciencia (el libro de Vico se llamaba precisamente así: La Scienza Nouva, de 1725).

Desde luego, no hacen falta grandes conocimientos teóricos (Voltaire, Turgot, Condorcet, Montesquieu dixerunt), sino una mirada hacia nuestro pasado para ver cómo han marchado los asuntos humanos y cómo se han resuelto, experiencia en el sentido más exacto. Eso es también lo que hoy, en el primer quinto de este incierto siglo XXI, puede ilustrarnos: los asuntos humanos marchan en medio de la incertidumbre (quizá esa sea una gran diferencia con el siglo XVIII, sus mentes pensaban que era el momento del progreso llano, indefinido pero galopante; hoy estamos convencidos de que el progreso no es algo ni cierto ni garantizado; menos con los grandes problemas que han en el mundo pero también en nuestra calle, en nuestras casas y en todos lados por donde pasamos).

Si miramos con atención, la historia se nos vuelve un horizonte para la reflexión, la incursión, el estudio y la meditación. Precisamente, este enfoque no puede ser sino filosófico, penetrante, riguroso, atento. Voltaire en eso también inauguró un valor que hoy podemos retomar: que nuestro acercamiento sea sin fanatismo, sin intolerancia, sin ideologías que –al no ser sino posicionamientos políticos- nos impidan mirar con objetividad. La historia nos ayuda para conocernos, no para disfrazarnos ni para simular; nos ayuda para conocer lo que hemos sido, que es una forma de conocer quiénes somos y por qué somos así. Y si logramos eso es más sencillo y congruente mirar también lo que queremos ser. Y en eso, la historia es útil, debe ser útil, al político en ejercicio –al político profesional-, pero también al ciudadano, porque también éste sabrá cuándo –y cómo- echar a los políticos corruptos o deficientes: mirando su historia, precisamente, para protagonizarla.


Semblanza

Fidencio Aguilar Víquez

Doctor en filosofía, escritor y profesor-investigador en la UPAEP

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