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Opinión



El regalo del Señor de la sombra

Miércoles, Abril 19, 2017 - 16:32
 
 
   

Nos convertimos en promotores del mundo que no nos gusta, que “deseamos” que sea diferente

Salvatore Maroni está acorralado. Como jefe de la mafia y durante un tiempo el primer corruptor de toda Ciudad Gótica no puede concebir que finalmente haya sido atrapado y ahora esté irremediablemente en camino a juicio.

El fiscal responsable: Harvey Dent, un prometedor abogado de la ciudad que ha dedicado su vida a defender la ley, lo que en una ciudad oscura y tan podrida es un verdadero acto de heroísmo. Caracterizado por su inquebrantable rectitud y honestidad, Dent se ha convertido en un símbolo de transformación y esperanza que durante mucho tiempo Gótica ha buscado, pues para la mayoría la pasión, el valor y la audacia con la que ha enfrentado al crimen representa la posibilidad de un futuro que se creía imposible. Se espera mucho de él, y él lo sabe.

Pero Dent esconde un secreto, uno del que ni siquiera él es consciente. Durante el juicio a Maroni, éste –sabiendo que en esta ocasión ni con todo su poder ni con todo su dinero podría eludir la cárcel– arroja una gran cantidad de ácido sulfúrico al litigante desfigurándole horriblemente la mitad del rostro (Batman annual n° 14, 1990), hecho que disparó una psicopatía asesina latente que Dent tenía escondida en el fondo de su inconsciente. De este desorden de personalidad múltiple nace Dos Caras, el criminal que decidía el destino de sus víctimas de acuerdo a su moneda de plata.

En la versión fílmica de Christopher Nolan (Batman: el caballero de la noche, 2008), Dos Caras muere al intentar asesinar al hijo de Gordon. Batman –entendiendo el impacto que tendrá en la opinión y el ánimo público la revelación de la personalidad oculta y los crímenes de Dent– deciden culparse por la muerte del fiscal y mantener su recuerdo intacto para que la ciudad no caiga en el desánimo y la desesperanza. Como un símbolo oscuro, el Murciélago asume la sombra –lo indeseable, lo vergonzoso, lo oculto– de la ciudad para salvarla de sí misma, después de todo, es un héroe sin rostro…

Es interesante cómo la cultura popular nos refleja verdades siempre válidas y profundas. En esta historia casi Jungiana, Bruce Wayne utiliza al animal que más detesta como símbolo de su sombra, como la representación de su propia oscuridad (soledad, violencia, agresión, miedo) que enfrenta e integra tratando de salvar a los otros. Pero Batman es un paria. Los ciudadanos de Gótica lo conciben como un vengador fuera de la ley, un ser que infunde miedo, un fraude; un sujeto malvado que, paradójicamente, trabaja para la justicia; unos lo odian, otros le temen, otros lo persiguen; unos lo imitan, otros lo admiran, y él lo sabe, en eso consiste su extraño heroísmo: en representar un símbolo en el que la sociedad proyecte lo peor de sí misma y, desde ese símbolo sin rostro, el Murciélago muestra compasión, solidaridad y el profundo amor por la ciudad que su padre le enseñó a venerar.

El mito de Batman es útil, porque nos recuerda que hay un ámbito oscuro y reprimido que se mueve dentro de todos nosotros, ámbito que, si no es observado, reconocido e integrado, se termina proyectando fuera. Y así, sin darnos cuenta, nos convertimos en promotores del mundo que no nos gusta, que “deseamos” que sea diferente, que intentamos cambiar.

Esta reflexión tiene, al menos dos vertientes. Por un lado, en su aspecto cercano e inmediato, el adulto suele proyectar sus miedos y creencias sobre los menores, jóvenes o niños, los cuales asumen, principalmente por medio de la comunicación no verbal, esas creencias, miedos y expectativas. Existe una amplia investigación y bibliografía sobre lo que en educación escolar se conoce como el Efecto Pigmalión, o profecías de auto cumplimiento, en el que el docente modela positiva o negativamente las capacidades de aprendizaje de sus estudiantes con las sutilezas inconscientes de su trato y su actitud, la cual se basa indiscutiblemente en creencias (¿heridas?) adoptadas desde su juventud.

La otra vertiente tiene que ver con el comportamiento social. Este ámbito es más complejo, pues se trata de proyecciones generalizadas, dinámicas y autoalimentadas de una masa inconsciente que busca continuamente identificación con valores o referentes culturales que le den seguridad y certeza, referentes para eludir su propia sombra y proyectarla en los demás, identidades que normalmente sirven como puntos de división y juicio sumario al otro. Esto es especialmente notable en las personalidades políticas, las cuales –independientemente de los aciertos o errores de su gestión– son el blanco preferido de una masa implacable que las señala culpables de todos los males y desagracias sociales sin el más mínimo ejercicio crítico. Un ejemplo lo ofrecen las redes virtuales respecto a figuras públicas como Trump o Peña Nieto.

A diferencias de Batman, los personajes citados anteriormente sí tienen rostro. Y si bien hay aspectos criticables en su actuación pública, la sociedad los convierte en el blanco de su repudio reaccionario porque ellos nos recuerdan y nos evocan lo que más despreciamos y ocultamos de nosotros mismos, lo que nos avergüenza. Así, es más fácil criticarlos que hacernos responsable de nuestra propia sombra.

El regalo de Batman es que podemos hacer mucho por salvar nuestro mundo si comenzamos por reconocer, honrar y reconciliarnos con la propia sombra, no puede haber paz si no hacemos paz con nosotros mismos.

El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.

Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com

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Mauricio López Figueroa

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