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Opinión



De la aldea a la comunicación global

Domingo, Agosto 7, 2016 - 09:21
 
 
   

Hay más que reflejan una amplia variedad; podría decirse, que cada medio tiene su propio tema

Lo que los medios ofrecen

Hace algunos años había un fenómeno curioso e interesante de los medios de comunicación, sobre todo se podía observarlo en los medios nacionales –aunque también en los locales-, que era el siguiente: con leer la cabeza y la nota de uno, bastaba para saber cuál era la cabeza y la nota de los otros. Era tan homogénea la cosa que la conclusión era esta: todos dicen lo mismo.

Hoy se puede observar el fenómeno del otro lado; si bien hay notas homogéneas, todos hablan de Nochixtlán, de la discrepancia de datos del INEGI con sus propios registros y con el CONEVAL, de la ciclovía del boulevard Hermanos Serdán, del desalojo violento de vendedores ambulantes en el Centro histórico de Puebla, las hay más que reflejan una amplia variedad; podría incluso decirse, que cada medio tiene su propio tema.

Lo anterior sólo lo comento porque es un punto de partida para valorar el corazón de un medio –no sólo eso, sino también su inteligencia-, ver si, como antes o como siempre, repite lo mismo que todos o, bien, por el contrario, tiene algo nuevo que decir, que mostrar. Y esto es lo que resulta relevante. Que hoy un medio se salga de la media, de la estandarización, de la homogeneidad –sin dejar de tener los rasgos comunes de todo medio-, resulta significativo, relevante y valioso. Qué es lo que un medio puede ofrecer a un público cada vez más disperso, más heterogéneo, de diversos gustos y sensibilidades, viene a ser el meollo del asunto, el quid que caracterizará el modus essendi de dicho medio. ¿Qué nos ofrece? ¿Qué nos aporta? Y, quizá lo más relevante: que a todos deje satisfechos. Que al joven, al universitario, a quien busca entretenimiento, a quien busca seriedad y hasta reflexión, los deje con el buen sabor de boca de haber acudido al lugar exacto. Un medio en el que, por la puerta que se entre, lleve al lector a lo que busca y a lo que, sin buscarlo, le resulte interesante, agradable, provocador, seductor e irresistible.

Ese reto lo han buscado todos, lo han intentado todos, pero muy pocos lo han logrado. No hace falta mencionarlos ni escribir su nombre. Ahí están los que son referencia mundial, los que son de envergadura en América latina, los nacionales y los locales. Muy pocos, como lo es e-consulta, son la referencia obligada. Y no por obligación que somete voluntades, sino que si se quiere algo de veras serio es preciso acudir a ese medio como fuente de primera mano para enterarse, conocer, verificar, convalidar y, acaso también ahora venga a ser un plus, reflexionar acompañado de los articulistas y columnistas.

Es bueno que haya varios medios, muchos incluso, como también es bueno que haya muchos articulistas y columnistas, lo importante es que los lectores puedan encontrar puntos de referencia, elementos de juicio, a veces no eso -pues cada vez más los lectores tienen sus propios y fundados criterios- sino el estilo de quien escribe, su forma de narrar y de contar lo que ve, lo que mira, lo que vive. De esa suerte, no sería raro que, entre quienes escriben, el lector encontrara un buen narrador, un buen analista, un buen confeccionista del lenguaje, algo así como si el lector se dijese a sí mismo: me gusta leer a fulano, porque independientemente de lo que diga, o de lo que analice, lo dice de forma tal que por sí mismo vale la pena. No pierdo al leerlo, y siempre gano algo, el mero gusto de recorrer el lenguaje.

Columnistas, articulistas, editorialistas. El oficio de escritor

Los lectores, como los electores, son exigentes, si algo no les gusta inmediatamente buscan otro autor, otro articulista, otro columnista, otros textos, son también caprichosos, a veces les gusta una columna por el mero hecho de lo que dice o de quien lo dice, tienen su columnista favorito, son igualmente oscilatorios, a veces les gusta un articulista y a veces, al día siguiente, otro y no vuelven con el anterior. Estos humores sutiles, cambiantes, arrebatados, hablan de la dinámica de una generación en continuo movimiento: aunque somos de diversas generaciones, vivimos en medio de la generación móvil. Y ello nos mete en grandes e importantes retos.

Quiero proponer en este número inicial un fragmento de un texto de Octavio Paz sobre el cual podemos discurrir sobre ese oficio que, de una o de otra manera, ejercemos.

“He escrito y escribo movido por impulsos contrarios: para penetrar en mí y para huir de mí, por amor a la vida y para vengarme de ella, por ansia de comunión y para ganarme unos centavos, para preservar el gesto de una persona amada y para conversar con un desconocido, Por deseo de perfección y para desahogarme, para detener al instante y para echarlo a volar. En suma, para vivir y sobrevivir. Por esto, porque estoy vivo todavía, escribo ahora estas líneas. ¿Sobreviviré? Ni lo sé ni me importa: el ansia de supervivencia es, tal vez, una locura pero es una locura ingénita, común, inextinguible.” (“La casa de la presencia” en Obras completas, 15 tomos, Círculo de lectores/FCE, tomo 1: 15).

No somos distintos de los lectores, también nosotros oscilamos, escribimos “movidos por impulsos contrarios”, para entrar o para salir de nosotros, porque amamos la vida o, por el contrario, porque no nos gusta y deseamos vengarnos de ella, por deseos de proponer ciertos valores que suponemos pueden aportar mejor a la sociedad o para ganarnos unos centavos. Podemos, como Paz, preguntarnos si esa “ansia de supervivencia” es lo que nos anima y nos impulsa a sentarnos –calmada y sosegadamente o de prisa y arrebatadamente- y redactar nuestros artículos periodísticos. No lo sabemos, quizá, no podemos saberlo ahora. Lo que sí sabemos es que hay un no sé qué (que qué sé yo) que nos mueve y nos conmueve cada tercer día, o cada semana, o cada jueves de Corpus, a redactar unas páginas y compartir algunas ideas o imágenes.

Igualmente deseo aludir a una pequeña historia que narra Vaclav Havel en un libro publicado hace poco en ediciones Encuentro, El poder de los sin poder; comenta el ejemplo de un tendero en la Checoslovaquia comunista en los años sesenta o setenta, que tenía que colocar, junto a los productos que vendía, un letrero de sintonía con el régimen (“¡Proletarios de todo el mundo, uníos!”), y el inspector pasaba cada determinado tiempo para checar que estuviera el letrero y que el tendero le mostrara su adhesión. Hasta que éste se cansó de esa simulación y, un buen día, decidió quitar ese letrero: se sintió liberado. Sufrió la consecuencia, fue encarcelado, pero aun así se sintió libre: ya no simulaba más. Y su ejemplo cundió pronto. La historia es harto conocida, fueron los cimientos de la liberación de la república Checa y de Eslovaquia que culminó con la caída del comunismo en Europa oriental. La propuesta de Havel siempre fue que el escritor (en su caso el poeta también) debe dejar de simular, no puede simular, como la experiencia del tendero, complaciendo o complaciéndose con el poder, menos con el poder autoritario. En ese sentido, el escritor tiene un horizonte abierto siempre a la verdad, lejos del oficialismo, y más enfocado consigo mismo, con su época, con su generación, con la sociedad en que vive.

Una tercera referencia que traigo a colación es a Vargas Llosa. Como sabemos bien, en los noventa, en un programa de televisión, no sólo señaló que en México vivíamos en la dictadura perfecta, sino que lo ilustró con el papel que habían asumido los intelectuales mexicanos ante el régimen priísta (gobernaba entonces aún el PRI y Carlos Salinas era el Presidente). Decía que los intelectuales en México se han acomodado a algún tipo de estímulo –ya sea económico o de alguna función burocrática- de los que detentan el poder, y aunque han hecho la crítica, la han formulado desde ciertos márgenes que no cuestionan seriamente al poder.  Desde luego, es una provocación, pero en el buen sentido del término: esta tesis constantemente provoca –invoca, mejor dicho- a que pensemos y repensemos las relaciones de quienes escriben (y por lo tanto producen dinámica intelectual) con el poder.

No anterior no se comprende en su justa dimensión sin aludir a una de las tesis centrales de Vargas Llosa respecto al oficio de escribir, en particular, dice, se refiere al novelista. En La verdad de las mentiras (Punto de lectura, 2007), sostiene que la función del novelista es suscitar la imaginación de los lectores para que, en tiempos de paz, tranquilidad y sosiego, cuestionen los fundamentos que sostienen a una sociedad que vive así, y en tiempos convulsos y de crisis, aspiren a un mundo mejor. Creo que, guardando las proporciones, en cierto sentido, quienes redactamos y compartimos artículos periodísticos o columnas políticas, hacemos eso en mayor o en menor medida.

Los retos

Como quiera que sea, ya sea por la vía que señala Paz, o a la que invita Havel, o la que incorpora Vargas Llosa, o una mezcla de las tres, quien escribe, recorre ese horizonte de vida, de existencia, de libertad, de deseos y aspiraciones, mediante la imaginación, a veces la inteligencia, que los lectores –también buscadores de algo- encuentran, miran y degustan. No más, pero no menos. Y eso, como las gotas del mar, se pierde en el horizonte, pero sumados a lo largo del tiempo, forman ese espacio abierto del mundo de la palabra escrita que convence, que suscita un humor, un ánimo, un sentimiento, un pensamiento, que conforma la argamasa para construir nuevos espacios de humanidad. A final de cuentas nuestra humanidad –y nuestra humanización- brota de la palabra y, de diversos modos y por variados caminos, culmina en la palabra.


Semblanza

Fidencio Aguilar Víquez

Doctor en filosofía, escritor y profesor universitario. Ha escrito, entre otras obras, Orígenes del liberalismo (1992), La comprensión de nuestro tiempo (1998), El hombre y su destino (1999), Mística y política (2000) y La modernidad limitada (2008), así como diversos artículos especializados en varias revistas nacionales y del extranjero, y de opinión editorial, principalmente en este portal electrónico, e-consulta. Ha trabajado la filosofía política de John Locke, la filosofía de la historia de san Agustín y el pensamiento moderno a la luz de la filosofía de Michele Federico Sciacca. Ha realizado también estudios doctorales de literatura hispanoamericana y lleva a cabo una investigación sobre las imágenes antropológicas en la poética de Octavio Paz.

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