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Masas, drones y futuros: cierre de campaña de AMLO en Puebla

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Sergio Mastretta / Mundo Nuestro  |
 Lunes, Junio 25, 2018

En el fin de semana las masas se miden en drones que vuelan por los Fuertes, por el estadio Zaragoza, por el Paseo de la Reforma, por el país entero en el que la política cierra tres meses de crispación y hastío

¡Y si algún día se llegara a comprobar que nosotros -los eternos penitentes del futuro- hemos vivido en el mejor de los tiempos posibles! Elías Canetti

En el fin de semana las masas se miden en drones que vuelan por los Fuertes, por el estadio Zaragoza, por el Paseo de la Reforma, por el país entero en el que la política cierra tres meses de crispación y hastío, de efervescencia e incertidumbre. Vuelan los drones, ofrecen miradas imposibles pero festivas para todos los corazones y sus gallos, sin importar la causa y su futuro.

Subo a los Fuertes con puntería de reportero para encontrar el mitote de la masa morenista y en búsqueda del ánimo por el que suceda lo que suceda el próximo 1 de julio los tiempos por venir sean mejores para todos nosotros. Se vale mirar con optimismo el futuro que se nos viene encima con los contrastes de la tarde del sábado en la ciudad de Puebla, con un verano que se les gasta para pasar del sol fulminante al aguacero más estrepitoso y de nuevo al sol esplendoroso y a la tempestad más iracunda en un término para el que la política simplemente no tiene argumentos.

De las masas del fin de semana he escogido una, la del candidato que promete un cambio histórico para el país soportado en sí mismo, la que ha trepado a los Fuertes para aguantar primero un chaparrón que la moja pero no le quita el entusiasmo por el mitote de escuchar a quien llega al fin de la carrera con un cuerpo entero sobre sus rivales, y para soportar al final, en el regreso anónimo con el que una multitud se disuelve, una borrasca como las que año tras año caen por seguro algún día de junio en la ciudad de Puebla.

He dejado de lado la de Martha Érika. Como pocas veces en mi vida larga de reportero decido no asistir para la crónica del cierre de campaña del grupo que ha dominado el escenario del poder en el estado. Y recuerdo varios cierres y estrépitos y discursos generalmente somníferos: el de Bartlett en 1995, cuando es gobernador y todopoderoso priista e inaugura la primera versión de su caricatura de periférico ecológico, cuando Angelópolis y La Vista y Lomas y liverpooles eran sueños de lustrosas especulaciones inmobiliarias por venir; o la que se organizó Mario Marín en Atlixco para confirmar que le había ganado la carrera al efusivo Melquiades Morales que vio todavía verde a su joven delfín nieto del doctor y general; o la que en el 2016 consagró a Tony Gali en el estadio beisbolero como predicador flamígero y pivote con el que Rafael Moreno Valle pretende sobrevivir en su mujer por seis años como actor entre los principales de la política mexicana, para desgracia de la democracia en Puebla. Paso sin ver entonces el cierre apoteótico en el Estadio Zaragoza de la candidata que de ganar el 1 de julio confirmará la perpetuación del cacicazgo más impune de nuestra historia reciente.

Ella también tiene drones para sus masas:

Subo así a los Fuertes para intentar comprender lo que significa para el país este enredo de alianzas que se han trepado al barco del personaje que convoca esta otra masa a la que poco le importa finalmente si con MORENA reviven personajes cuya huella no desmerece los adjetivos de impresentables, inmemorables, imperdonables. Subo para verlos saludar a esa masa que no deja de gritar presidente, presidente y que no hace mayores aspavientos cuando Andrés Manuel los presenta uno a uno en el templete dispuesto en la explanada en la loma hacia el Fuerte de Guadalupe. Los veo y me pregunto si en el futuro alguno de ellos será recordado por haber sido parte de lo que el más terco de los candidatos en la historia moderna de México ha bautizado como cambio verdadero.

Para los sin futuro

“Por los niños –me dice Gabriel Díaz, un hombre afable que ha ganado una atalaya perfecta al pie del mamotreto de piedra que alguien dispuso para que representara la victoria de la patria--, para las que hoy no tienen futuro, para los que si México no cambia no habrá nada.”

Así define de rápido su voto por AMLO.

Gabriel graba el breve video de arriba. Luego se deja retratar junto a la madre y el niño para el que quiere otro futuro que no sea el que hoy se mira en Puebla.

La masa en la fotografía llena plazas y avenidas. ¿Qué futuros revela? ¿Qué esperanza guardan las miles de personas que llenaron los mítines en el fin de semana? Los seguidores de Andrés Manuel me confirman que se miran como portadores de un cambio que Elías Canetti definiría como aquel que la masa levanta contra sus opresores. ¿Y los de Anaya? ¿Y los de Martha Érika se contemplan portadores del poder que los oprime?

En esas voy por la cuesta hacia la Explanada de la Victoria el sábado en Los Fuertes. Ya la masa ha guardado los paraguas y espera el momento del apretujón del dirigente. Como dijera Canetti aquí la gente se redime en la masa, no expresa temor a ser tocada, y la rebatinga de los cuerpos que se apachurran contra las vallas en busca del líder que ilumina su futuro más bien expone una sabiduría antigua: que todos al fin somos iguales, y el futuro puede ser tocado, si no con las manos, con los ojos, y que en eso consiste la esperanza.

La esperanza de Teodora

Cinco minutos antes de que desde los altavoces anuncien el arribo de AMLO encuentro a Teodora, una mujer de cincuenta años que ha venido con su padre de 87 desde Guadalupe Tecola, y allá han dejado los moscos y los vándalos que asolan el barrio. Dejó también el puesto de paliacates con el que se gana la vida como comerciante, pero no se olvida de que cada vez que va a la compra de la tela el kilo ya vale un peso más, mande quien mande. Ella despliega entonces la más perfecta contradicción del volátil votante mexicano ante la elección del próximo poderoso: “Mire señor –me dice mientras contempla de reojo cómo su padre devora la torta de milanesa que ha caído en sus manos--, Andrés Manuel ya se merece una oportunidad, aunque la verdad todos los políticos son iguales, y ya hasta se parece al doble de Donald Trump, a veces es un poco prepotente.”

¿Entonces por qué ha cruzado desde la otra orilla del lago de Valsequillo la ciudad para venir al cierre de Morena?

“Por los viejitos, mire usté –y me señala a su papá, que termina de engullir la torta--, allá en Guadalupe Tecola hay tres broncas, los moscos, los vándalos y los viejitos abandonados. López Obrador ha dicho que él sí va a trabajar por los viejitos… Eso ponga usté en su nota.”

Los cien mil de Barbosa

Ya estamos en los discursos. Es el momento de Luis Miguel Barbosa. La voz ronca hace repetir a la masa que es un honor estar con Obrador. Yo lo miro desde el balcón que ha encontrado Teodora en el extremo central de la masa frente al templete. Y todavía más atrás alcanzo a ver la loma que trepa al fuerte de Guadalupe casi desaparecido por la construcción modernista que le plantó Moreno Valle, también está repleta de gente. Barbosa tiene su propia cuenta, reclama en cien mil el número de esta masa que ya se volvió mayoría ciudadana, dice, y contempla como porvenir cumplido “esta irrupción que nadie va a detener.”

Diez mil, cien mil, ¿quién los cuenta? ¿Qué dron magnífico le pone número a la masa? ¿Va en el número la fidelidad del discurso prometido?

En Barbosa veo el reflejo del López Obrador más pragmático. El abrazo eclectico. La masa en la que (casi) todo cabe.

Me canso ganso…

Andrés Manuel apacienta a la masa. Hilvana los temas uno tras otro con su estilo entrecortado. “Ya lo he dicho en muchas ocasiones…” Pero la gente ha venido a que se las repita. Esta es la campaña de la alegría, y no, no les voy a fallar, tengan confianza, la corrupción, el gran problema de México, acabaremos con ella desde la cabeza, la democracia, la cárcel contra los que cometan fraude, los privilegios que terminarán, el poder estará para el servicio de los demás, el salario que recortará a los altos funcionarios, a él mismo, Los Pinos que no serán su casa, su casa que seguirá siendo la de Tlalpan, mi imaginación, mi trabajo para atender a los jóvenes, los ninis que tendrán sus becas, los preparatorianos que tendrán asegurada la inscripción en la universidad, los universitarios que tendrán empleo, la reforma educativa que no es tal y que se echará para atrás, las pensiones a los adultos mayores que aumentarán al doble, los impuestos que no subirán en términos reales en todo el sexenio, los gasolinazos que no existirán más, el sueño que se cumplirá y no habrá más mexicanos expulsados al norte, el agua que no se privatizará, los alimentos que aquí se producirán…

Nada sorprende a una masa que todo le aplaude, que todo le corea, que todo le firma ¡presidente, presidente!

Una frase me sorprende a mí: desaparecerá el Estado Mayor Presidencial. “”Ustedes, el pueblo, me cuidarán”.

Sólo un momento enmudece la masa. Andrés Manuel habla del campo, de los programas que vendrán, de los 40 mil empleos que de inmediato se generarán para los pequeños productores. 40 mil empleos. Silencio. No había visto nunca que tres palabras paralizaran el griterío de una multitud enfebrecida. Cuento uno, dos, tres, cuatro cinco… Luego la masa vuelve convertida en un solo grito repetido.

“¡Obrador, Obrador, Obrador!”

Y una última sorpresa, para mí también. AMLO está frente a la masa que lo reconoce como esa inversión de la que habla Canetti, la que implora desde hace tiempo que es hora de que el pueblo se vuelva contra sus opresores:

“¡Arriba los de abajo!”, les grita Andrés Manuel.

   


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