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Retratos de la reconstrucción en Tochimilco

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Sergio Mastretta / Mundo Nuestro  |
 Lunes, Octubre 16, 2017

Los maestros no han hecho ceremonia alguna, pues todas las escuelas están cerradas. Los niños hacen cola con sus madres cuando alguna camioneta aparece con ropa y bastimentos

Jueves 12 de octubre en la falda sur del Popo. Es la tierra del amaranto antiguo. Aquí el temblor se llevó entre el 70 y el 90 por ciento de las viviendas en sus diecisiete comunidades, todas sus escuelas y sus templos nuevos y viejos. Veintitrés días después mucho puede y debe contarse del esfuerzo de reconstrucción que se hace lejos ya del ruido de la prensa tras el terremoto. Sociedad civil organizada que llega desde la ciudad, oficinas de gobierno reconvertidas en operadoras de contingencias, pobladores que hacen acopio de fuerzas locales, internacionales, religiosas.

¿Qué pesará más en los próximos días? ¿La inercia burocrática natural las instituciones públicas o la conciencia de que la acción de gobierno puede tener sentido? ¿El desapego propio de los civiles frente a la tragedia ajena, un vez que la distancia pesa lo suficiente para convertirse en olvido, o la compasión original que se transforma en acciones orgánicas y sistemáticas de verdadero largo plazo? ¿Y el mundo rural de los pueblos del sur regresará a la parsimonia y aislamiento que identifican su vida cotidiana?

Santa Cruz Cuautemotitla, Santiago Tochimizolco, San Miguel Tecuanipan. Pueblos antiguos, prehispánicos, y nadie aquí me habla de razas y conquistas. Los maestros no han hecho ceremonia alguna, pues todas las escuelas están cerradas. Los niños hacen cola con sus madres cuando alguna camioneta aparece con ropa y bastimentos. Sus mamás preguntan si de casualidad traen pañales, y entre todas se arrebatan las colchonetas. Los jóvenes demuelen sus casas a golpe de marro y tal vez se pregunten por el sentido de la vida. Los hombres debaten sobre la habilidad del maquinista del trascabo para terminar de desbaratar lo que quedó de una primaria, y eso es mejor que conversar por el bajo precio de la carga de amaranto. Una mujer ha plantado flores de plástico en la tierra y las alinea en macetas para alegrar la caseta de lámina de cartón que por lo pronto sustituye a su vivienda de adobe que los voluntarios han demolido.

El volcán al fondo se esconde a mediodía. "Viene gente de fuera y mejor se esconde", me dice la mujer de las flores. Y sonríe.

Aquí nada se celebra hoy 12 de octubre.

En Santiago Tochimizolco descubro un lienzo colgado en la presidencia auxiliar que de milagro ha sobrevivido al terremoto. Ahí están los pueblos delimitados por los ríos. Y la fecha, 1609. Entenderé que es una copia, que el original lo tienen en resguardo los viejos, pero asumo que la memoria no se pierde ni se achica aunque la tierra reviente en tremores sus discordias geológicas.

Los manantiales segados

Un terremoto tumba iglesias, casas y edificios, desgaja montes, quiebra carreteras, pero poco puede hacer contra los usos y costumbres. En la región de Tochimilco sirve escuchar los nombres de sus pueblos para entender que su historia es originaria, batida ya por las guerras floridas de los aztecas desde su bastión en Huaquechula, y que pasaron por la conquista con el propio Cortés, y por las encomiendas y el control por una lejana Corona, y por las bendiciones y los infiernos desde el convento franciscano que no pudo impedir que estos pueblos cultivaran el amaranto fundamental para los ritos paganos, y por el desprecio histórico de la ciudad criolla a los pueblos indios, y por el concepto de progreso impulsado por un Estado que un siglo después de la revolución y el indigenismo no entiende el mundo rural de los pueblos campesinos: San Lucas Tulcingo, San Martín Zacatempan, Santa Catarina Tepanapa, San Miguel Tecuanipan, San Francisco Huilango, Santacruz Cuautemotitla, San Antonio Alpanocan, La Magdalena Yancuitlalpan. Y nueve o diez comunidades más.


Nada de eso es asunto de un terremoto. A quienes debe importarle entender lo que ocultan los nombres de estos pueblos es a todos aquellos que se acercan con ánimo de auxilio tras una catástrofe. La mayor parte de esos pueblos perdieron en un minuto sus sistemas de agua potable. Sus manantiales. Su enredo de mangueras, por miles, que se descuelgan desde los ameyales y tanques hacia cada una de las casas. Hasta allá llegó el equipo de funcionarios del SOAPAP al día siguiente, pues de todos los municipios afectados por el sismo, Tochimilco perdió además de centenares de casas, completitos, sus abigarrados sistemas de agua potable. Gustavo Gaytán, su director –un abogado queretano con más de treinta años de experiencia operativa en la administración pública--, lo entiende así:

“Es un asunto cultural –dice--. Si no lo ves, fracasas. Está el caso de Tecuanipa, donde se perdió por completo el manantial tapado por rocas y tierra. Es imposible recuperarlo. De inmediato estudiamos la alternativa de un pozo y la encontramos: agua a 200 metros de profundidad, una inversión de 3.5 millones de pesos. La gente se opuso, ¡ellos quieren un manantial!, y mejor quisieron arreglarse con la comunidad de Santa Cruz Cuautemotitla: una vena de su manantial a cambio de permitirles la construcción de un camino por sus terrenos. Ya lo acordaron. Muy bien, ¿y de dónde van a salir los recursos para construir ese camino? Por lo pronto: si no quieren el pozo, pues no tendrán pozo. Y en n Cuilotepec y Tepanapa la población rechazó la construcción de dos líneas nuevas y un tanque. ¡No hay ninguna razón aceptable para su negativa! Ellos dicen que la asamblea rechazó la obra. Como quiera ya se reparó la línea vieja y tienen agua desde el 23 de septiembre. Y en Santa Cruz no quisieron una bomba que tomar el agua del arroyo, porque ahí quieren conservar su mangueras que manejan por grupos de familias, pero sólo lo entiendes cuando escuchas que por lo menos diez personas han muerto desbarrancadas al cruzar las mangueras por las barrancas. Qué hicimos: reparar las manqueras dañadas. Es un asunto cultural. Si no lo entendemos, estamos fritos.”

Aquí la nota completa

   


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