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Seguridad

La noche de la barbarie en la autopista México-Puebla

Seguridad   /   
Juan Norberto Lerma  |
 Sábado, Julio 15, 2017

Ocho sujetos armados se abalanzaron sobre las ventanillas de la camioneta, pero la portezuela no cedió y uno de los sujetos soltó un disparo que mató a un niño de 2 años

La noche en que ocho sujetos mataron al hijo de Hilario Vázquez, violaron a su esposa y a su sobrina, y le robaron la camioneta, fue una pesadilla en la que él bloqueó su mente para no recordar el cuerpo inerte del niño ni los gritos de las dos mujeres en el kilómetro 94 de la autopista México-Puebla.

La realidad le deparó a Hilario Vázquez una desgracia casi tan cruel como la que había vivido. Por lo menos así lo creyó cuando las autoridades repetían las palabras huachicoleros, mafias, bandas, en cada oportunidad que tenían al hablar sobre su caso.

La hipótesis a botepronto que difundieron los funcionarios derivó en la posibilidad de que el ataque a la familia se debiera a un ajuste cuentas entre bandas rivales de ladrones de combustible o a una simple venganza de huachicoleros en contra de Hilario Vázquez, porque tal vez él también era un huachicolero. El rumor cobró fuerza y se convirtió en una presencia ominosa alrededor de Hilario Vázquez: de ser víctima de la barbarie de ocho delincuentes, pasó a ser sospechoso de tener vínculos con ladrones de combustible, aunque al paso de los días ello se descartó.

La tragedia

La madrugada del 2 de mayo, Hilario Vázquez y su familia regresaban a su domicilio en Quecholac, Puebla. Habían visitado a unos parientes en Atizapán, en el Estado de México, y los habían invitado a la fiesta de los tres años de su hijo Luis Daniel. El padre de familia aprovechó para llevar al niño a los juegos del Bosque de Chapultepec.

A las 2:40 de la madrugada del 2 de mayo, en el kilómetro 87 + 950, Hilario Vázquez redujo la velocidad de su camioneta, quería orinar y buscaba un lugar para detenerse en una de las bahías de la autopista México-Puebla.

En noches cerradas, lo único que se distingue sobre la carretera son bloques de oscuridad, bultos amenazantes, construcciones a medias y, a lo lejos, algunas ventanas iluminadas, pero ningún lugar propicio para satisfacer las necesidades fisiológicas. Antes de que Hilario Vázquez pudiera tomar una decisión, por un camino clandestino surgieron dos vehículos que fueron tras de él y su familia. Uno se colocó al frente de la camioneta Ford Ranger y la otra le impidió retroceder. De los dos vehículos bajaron 8 sujetos armados que se abalanzaron sobre las ventanillas e intentaron abrir el vehículo del lado del conductor, pero la portezuela no cedió y los sujetos comenzaron a forcejear con la manija y golpearon los vidrios.

Uno de los sujetos disparó y mató a Luis Daniel.

El escenario

El estampido del balazo sólo lo escucharon quienes participaban en el drama. Ningún automovilista se detuvo para averiguar lo que ocurría, nadie abrió su ventana para mirar a la jauría sobre su presa.

Los sujetos sometieron a Hilario Vázquez y a su familia, a punta de pistola los delincuentes llevaron a sus víctimas hasta el kilómetro 94. Se orillaron y salieron de la autopista por otro camino clandestino. A las mujeres sometidas las llevaron a unos campos de cultivo y las atacaron.

Hilario Vázquez y su familia fueron sorprendidos en el kilómetro 87 + 950, una zona en la que de día se colocan vendedores de dulces y comida. De noche, el lugar está desolado. A cinco metros se ven construcciones en obra negra, unas matas rojizas, secas, la barrera de contención interrumpida.  

En el kilómetro 94, a donde los delincuentes condujeron a la familia, de día se observan rectángulos de hierba y espacios de tierra trabajada. De noche parece un pantano. Algunos árboles circundan los terrenos. Los delincuentes eligieron ese lugar para violar a la esposa de Hilario Vázquez y a su sobrina de 14 años.

Más allá del horror

En cuanto se difundió la noticia del asesinato del niño y de las dos mujeres violadas en la carretera México-Puebla, la ciudadanía pasó del asombro a la protesta contra la inseguridad general. Los medios centraron sus críticas en las autoridades. Los funcionarios encargados de la seguridad reaccionaron de acuerdo con el librito, y ante la falta de investigaciones veraces idearon sobre las rodillas una hipótesis según la cual los ladrones querían robar la camioneta Ford Ranger modelo 1993 de Hilario Vázquez, porque es un vehículo similar al que utilizan los ladrones de combustible.

En el entierro de su hijo, Hilario Vázquez estaba desolado y arrinconado, nervioso eludía las cámaras y a los reporteros, solo se detuvo un instante para despedirse de Luis Daniel. Su hijo yacía sobre una cama de flores y era cubierto por un toldo verde. A su lado decenas de pobladores de Quecholac lo custodiaban con ramos de flores, coronas mortuorias, globos, como en una fiesta de niños. A lo lejos, las campanas de la iglesia repicaban.

En una entrevista que le dio a Imagen Noticias, Hilario Vázquez no quiso dar la cara, temía por su seguridad y la de su familia. Pero parecía que el horror al que fue sometido la noche del 2 de mayo se había disipado y ahora se enfrentaba al terror que le provocaron las autoridades.

“Yo solo fui a México a invitar a mi familia por los tres años de mi hijo. Lo llevé por la fiesta del Día del Niño a Chapultepec. Regresando nos interceptan, nos llevaron y pedimos ayuda. Lo demás... Yo no me he metido con nadie, soy pobre, no tengo dinero. Mi camioneta, era una camioneta viejita. No sé ni por qué lo hicieron ni por qué le hicieron esto a mi hijo. Es todo lo que puedo decir, no tengo nada que ver con nada. Toda la gente sabe quién soy, no me meto con nadie, no tengo ninguna mafia ni nada, soy albañil y punto”.

En las escenas que captó una cámara de televisión se advierte la desesperación del hombre. Se le ve tan acorralado que hasta declaró a favor de los delincuentes. Para bien o para mal o para quedar bien con Dios y con el diablo, Hilario Vázquez dijo que el tiro que mató a su hijo fue accidental, que se les escapó el disparo a los delincuentes.

“Escuché a una de las personas que dijo que se le fue el tiro, y de ahí no me acuerdo de nada.”.

Luego vino su reclamo:

Quiero limpiar mi nombre y el de mi familia, porque no puedo creer que las autoridades digan que soy de algún tipo de mafia, sabiendo que yo traía a mi hijo, a mi esposa, a mi sobrina. Si yo fuera (ese tipo de gente que dicen las autoridades que soy) no me arriesgaría. No sé cómo las autoridades o el gobierno pueden pensar (que soy parte de una mafia de huachicoleros) o quieren limpiarlo con algo que no es verdad”.

Y la denuncia contra la actuación de la policía:

“Que hagan su trabajo. De hecho, yo los llevé a donde estaba el casquillo. La procuraduría nunca llegó a recogerlo ni a sacarle pruebas, y ahorita quieren decir que yo estoy involucrado en alguna mafia. No se vale. Quiero que se haga justicia y punto. Que me entiendan, yo no meto con nadie”.

Comedia de enredos

El 16 de mayo, policías federales capturaron a Orlando Xolapa Sánchez, alias El Chivo, de 37 años de edad, y lo acusaron de haber participado en el asesinato del niño y de la violación de las dos mujeres. Después de haber sido sometido durante 14 días a las presiones sociales y de estar o sentirse en la mira de las autoridades, Hilario Vázquez por fin pudo tener un respiro y hasta es posible que haya creído en el buen trabajo de investigación de los funcionarios encargados de procurar justicia.

Como en una comedia de enredos, el caso volvió a dar un giro inesperado cuando las autoridades poblanas anunciaron que habían detenido a siete personas más por el asesinato del niño y la violación de las mujeres.

El 29 de mayo detuvieron a los integrantes de la banda de Los Güeros y los acusaron de asesinato, violación y asalto. Las autoridades presentaron las fotografías de cinco sujetos identificados como Emmanuel N, alias El Chiapas; Senen N, alias El Flaco; Carlos Giovani N; Fidel N, alias El Fide; y Luisiñoh, alias Clavillazo. Los agentes capturaron a otros dos integrantes de la banda, Pedro N, alias El Sireno y Luis N, alias El M, pero no están relacionados con el asalto a la familia.  Los 7 sujetos fueron detenidos en el municipio de San Martín Texmelucan. La versión oficial es que los sujetos utilizaron los teléfonos celulares que les robaron a la familia de Hilario Vázquez y las llamadas que hicieron les permitieron a las autoridades rastrearlos y capturarlos.

El Chivo fue liberado a mediados de junio, simplemente por falta de pruebas. Apareció en los medios, exigió que las autoridades le ofrecieran una disculpa pública, y que limpiaran su nombre.

Apenas el 7 de julio Orlando murió derivado de una cirrosis hepática que padecía, sin que llegara la disculpa reclamada.

Retrato de familia

En dos de las imágenes que les tomaron a los cuatro miembros de la familia, que incluyen al niño asesinado, se aprecian dos cuadros de total y absoluta desolación, la misma que en ocasiones siente la población en general ante la inseguridad que priva en el país. Las fotografías fueron tomadas instantes después de que la familia caminó tres kilómetros y llegó a un lugar en donde pudiera asimilar la tragedia que acababa de padecer.

En una de las imágenes se ve que la mujer aún sostiene el cadáver del niño entre sus brazos. Entre la cobija anaranjada con un lienzo amarillo, surge la cabeza de la criatura que podría parecerle a alguien que no conozca el contexto que sólo está dormido y no muerto. Ella lo abraza como si lo arrullara. Su esposo le pasa el brazo por los hombros y ella se recarga sobre su pecho.

En la otra toma se ve a la esposa de Hilario Vázquez llorando cara a cara con el niño muerto y a su lado está la niña de 14 años que también fue agredida. La niña se acurruca en uno de los costados de la mujer de Hilario, echa la cabeza completamente hacia atrás, como si ella también quisiera estar muerta.

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