La crisis del sistema presidencialista mexicano tuvo varios damnificados. Uno de ellos, quizás el más vulnerable, fue el Poder Legislativo.

Acostumbrados a recibir línea desde Palacio Nacional, o desde los respectivos Palacios de Gobierno, los legisladores federales y locales no tenían la sana costumbre de pensar y de decidir por sí mismos. Era el solitario de Palacio quien se tomaba esa molestia por ellos.

El crack político que representó la elección de 1997 puso de cabeza a ese sistema. Por primera vez en la vida política contemporánea, el Congreso se convertía en un posible contrapeso al presidencialismo rampante.

Sin embargo, a trece años de distancia no se ha hecho realidad esa promesa. En el plano federal, el Congreso de la Unión ha proyectado una imagen de inestabilidad y de divisionismo. La falta de una mayoría absoluta ha acarreado la concreción de pactos a trasmano, marcados por el oportunismo y la dirección de los vientos políticos.

Como auténticas veletas, las fracciones parlamentarias, e incluso las fracciones de las fracciones, han votado según su conveniencia, o la de los pastores legislativos, que mueven a sus rebaños diputadiles según los intereses del momento.

En la copia al carbón que hicieron los liberales del siglo XIX del sistema político de los Estados Unidos, no previeron la incapacidad del Legislativo y del Judicial para sobreponerse a la fuerza del Ejecutivo. Y hasta ahora seguimos pagando las consecuencias.

Mientras tanto, aquí en Tlx, un rayito más de desesperanza al sol azteca

La rebatiña que volvieron a protagonizar los diputados locales, evidencia el enfrentamiento entre las dos principales minorías: panistas contra perredistas. Pero también patentizó el divisionismo al interior de la bancada del PRD. Un rayito más de desesperanza al sol azteca.

Pero lo peor del caso es ese síndrome que aqueja a la gente del PRD: el canibalismo, aderezado con un nuevo condimento: los caballos de Troya.

Es lugar común afirmar que el peor enemigo de un perredista es otro perredista, y lo que ocurrió ayer en la primera sesión ordinaria del último año de esta legislatura, pone a las claras ese gusto por confirmar que perredista sí come perredista.

La última palabra

El nuevo albazo que sufrieron las huestes legislativas de quienes se dicen parte de una Revolución Democrática, los vuelve a exhibir como un grupo que no acaba de ponerse de acuerdo, ni siquiera para elegir a sus candidatos a puestos de gobierno al interior de la Cámara.

Y eso no se los perdonará Maquiavelo y mucho menos la Divina Tentación.

Y esa es la última palabra.